“Tenía cuerpo de camionero y bailaba como una vedete”

El transformista mallorquín Jimmy Showman repasa más de medio siglo de espectáculo y una vida hecha siempre a su manera

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Jaime Horrach, Jimmy, en el sofá de su casa, en Palma con un retrato suyo de fondo.
13/10/2026 - 21:14 h

PalmaJimmy Showman, nacido Jaime Horrach Lillo, sostiene en la palma de la mano una pieza de pedrería. “Esto no es de plástico, es azabache”, aclara mientras busca con los ojos una percha llena de vestidos de fiesta. Los colores brillantes se mezclan con plumas y lentejuelas. La planta baja de Palma donde se ha trasladado está llena de cuadros, retratos y restos de una vida escénica que no cabe dentro de una casa. Parte del vestuario y de sus recuerdos duermen en dos trasteros. Pasados los 80 años, Jimmy habla de los escenarios como si acabara de salir del camerino. Durante más de medio siglo se vistió de mujer para actuar, sin considerar nunca que aquello expresara una identidad escondida. “Yo siempre he sido yo. Acababa de actuar, me lo quitaba todo y salía con la cara limpia. De tacones, casi nunca llevaba, porque no me iban bien. Pechos, tampoco, salvo que el número lo exigiera, y a veces salía sin ellos porque me los había olvidado. Decía al público: ‘¡Ay, ya me he vuelto a dejar las tetas en el camerino!’. Y era verdad”.

Hijo de una familia humilde del barrio de Santa Catalina, creció arropado por sus padres; ella, ama de casa; él, patrón de barco. Cuando tenía nueve años se trasladaron a Tánger en busca de progreso. “Vivíamos frente al puerto, cerca del hotel Continental. Estudiábamos en la academia Cervantes y empecé a hablar francés, un poco de inglés y árabe. Me relacionaba con hindúes, un vecino era judío y otro, español. Todo el mundo se llevaba muy bien. La ciudad era maravillosa”. Seis años después volvió a Palma, y a Tánger ya solo fue de visita a mediados de los años 70. “Cuando vi en qué se había convertido, volví al barco llorando. Habían desaparecido las casas de cambio, las oficinas de Correos y los grandes almacenes franceses. Donde había joyerías, vi gallinas”. El mundo colonial se había desvanecido, pero le quedó el nombre de Jimmy, por el capitán inglés del barco que patronaba su padre.

Jimmy Showman con su amiga Sara Montiel.

La adolescente que volvió a Mallorca quería estudiar arqueología. Le gustaba pintar, modelar y hacer cosas con las manos, una rareza en su entorno. Se escapaba a escondidas para recibir clases de canto. Hasta que le descubrieron las partituras. “En aquella España, si una chica quería ser modelo, bailarina o artista, o un chico se quería dedicar a ello, enseguida eran de mala vida. Te colgaban una reputación, pero a mí siempre me ha dado igual. He hecho lo que he querido, muy educadamente y trabajando mucho. Mi familia me dijo que no a cantar y punto. No hubo drama. Cuando lo pude hacer, lo hice”.

La peluquería

La puerta de entrada a la actividad artística fue la peluquería de una prima, a la cual ayudaba los sábados por la mañana. Jimmy se formó y abrió una, pequeña, en la sala de casa de su madre. A los 21 años ya se había trasladado a un local más grande. Aprendió maquillaje, estética, el trato con las mujeres, disciplina empresarial y a relacionarse con artistas. “Llegué a ser campeón de España de peluquería de señoras. En la mía había aire acondicionado y un ambiente avanzado para la época”. Por sus manos pasaban Sara Montiel, las bailarinas de las mejores salas de Palma y clientas extranjeras bien relacionadas. “Se preguntaban las unas a las otras ‘oye, ¿tú dónde vas?’. El año 67 ya trabajaba con un archivo donde apuntaba el nombre, el teléfono y el tono del tinte”.

Con la peluquería Jimmy –Jaime ya era historia– a pleno rendimiento, abrió con un socio El Desván, “el único bar con cafetera” del Jonquet; un lugar de paso –también para el rey Juan Carlos– antes de ir a parar a Jack El Negro y a las discotecas de la zona. “La noche de aquel entonces no era el lugar sórdido que la gente se imagina. En mi local no estaba todo permitido. Si veía que alguien se estaba pasando tocándose o con los besos, iba y le decía ‘por favor, un poco de decoro’. Aquellos años salías con 5.000 pesetas, cogías un taxi, ibas a los bares y las discotecas de Gomila, acababas comiéndote un bocadillo en La Tortillería y volvías a casa con dinero. Ahora no haces nada con 50 euros”.

El artista Jimmy Showman.

Durante las noches de hospital en las que cuidaba a su padre, Jimmy escribió El ocaso de virtudes, una tragicomedia en clave de vodevil, una obra de café-teatro en la que incluyó números musicales de Cabaret, Núria Feliu y Guillermina Mota. Como no encontraba una actriz que interpretara a la protagonista, decidió que lo haría él. La estrenó en la sala Tiffany’s y tuvo tanto éxito que la representó durante más de un año solo en Palma, antes de iniciar una gira. “Salía maquillado con pestañas de cartón, colorete, boquita de piñón, sin pechos y con unos zapatos ortopédicos de plataforma”.

En la sala Tagomago lo bautizaron como Jimmy Showman. “Lo que yo hacía no era improvisar cuatro pasos con una peluca”, reivindica antes de repartir el mérito entre coreógrafos, modistas y cuerpos de baile. Jimmy viajaba a París y Londres para comprar música, telas, plumas y bordados de cristal. “La ropa tenía que estar bien hecha; el número, bien pensado, y el movimiento, muy bien ensayado”. Después, todo encajaba y ofrecía al público su versión “con picardía y sin grosería gratuita” de Mae West, Montserrat Caballé, Sara Montiel, Rocío Jurado y Divine, entre otras.

Bailó El lago de los cisnes con un tutú que se iluminaba. “Podía cantar, bailar can-can, hacer el espagat y cargar mucho peso. Por eso ahora tengo las rodillas como las tengo. La gente gritaba cuando me veía moverme con aquella agilidad. Yo bailaba como una vedete con un cuerpo de camionero. Ahí estaba la gracia. La gente se reía conmigo, no de mí. No me definiría solo como transformista o actor cómico. Era todo un todoterreno. Y no solo por los kilos”.

Cuando Jimmy debutó, faltaban meses para que muriera Franco. Trabajar en la farándula implicaba obtener el carnet de artista y pagar una licencia que costaba 1.100 pesetas al año. “No tuve grandes problemas con la policía ni con la censura, pero la libertad no era una cosa abstracta: dependía del trabajo, del lugar, de la gente que te protegía y de cómo te comportabas. Yo nunca monté ningún escándalo. Mis padres eran personas correctas y avanzadas que siempre me apoyaron y me defendieron. Profesionalmente, siempre cumplí mis contratos. Nunca te tienes que ir de un local enfadado o quedando mal”.

Vestido como Divine.
Jimmy, listo para actuar.

Jimmy salpica la conversación de nombres y lugares, en un relato río que le lleva a un número haciendo de María Antonieta, a anécdotas con Javier Gurruchaga, Camilo José Cela, Marifé de Triana, Carmen Sevilla y al momento en que su amiga Sara Montiel, “que sabía muchísimo de espectáculo”, le giró los pendientes, para que, cuando les diera la luz de los focos, “parecieran diamantes”.

Para él, el transformismo era un oficio riguroso basado en el talento cómico y la espectacularidad, que choca con su análisis del panorama contemporáneo: “Yo he ido al Orgullo a las carrozas de Madrid contratado por discotecas que me pagaban el viaje, el apartamento y una semana de trabajo. Cuando acabé el último, decidí que no era mi manera de reivindicar. No critico que cada cual haga lo que quiera, pero por eso tampoco me gusta que ahora a todo se le llame drag queen. Un transformista, una actriz cómica y una drag queen no son exactamente lo mismo, y que una palabra esté de moda no obliga a borrar las otras; yo fui transformista y showman. Mi manera de exigir respeto puede parecer antigua, pero yo no quería que se rieran de mí ni que me convirtieran en una caricatura fuera del escenario. Si quieres que la gente te respete, tú también te tienes que respetar. Eso lo he tenido claro siempre”.

Rechazo a las drogas

La disciplina de Jimmy incluyó siempre un rechazo a las drogas, en ambientes donde circulaban con naturalidad. “Lo veía y no me molestaba. Nunca quise ni una raya. No necesitaba nada para actuar. Pedía un whisky con Coca-Cola y me duraba las dos horas del espectáculo”. En los 80 llegó la amenaza del sida, de la cual supo por el aviso de una expareja. “Lo leyó en revistas alemanas y me pidió que fuera alerta y que me cuidara. Lo tuve presente y se lo agradecí. Siempre he sido de parejas estables y largas; clásico y fiel”. El gran amor de su vida llegó en la primera juventud. Alemán, de buena familia, 11 años mayor que él. Duró seis. Mantuvimos el contacto hasta que murió, hace unos meses, a los 92 años, en Ibiza. Fue una historia muy bonita y triste a la vez. Nunca lo olvidé”.

Siempre vivió bien del espectáculo y pudo ayudar a su familia. “He viajado mucho, me he comprado lo que he querido y he disfrutado, siempre trabajando”. Pero detrás de las plumas también estaba el engaño y la precariedad a la hora de solicitar la jubilación. “Descubrí que por giras de 6 meses me habían contabilizado 20 días”.

Se despidió del gran público con una actuación en el Auditòrium de Palma, donde le dedicaron “16 minutos de aplausos”. “Tuve que hacer un gesto para que parasen, porque me iba a poner a llorar”, revela. Un grupo de antiguas bailarinas de sus espectáculos, hoy ya abuelas, subieron al escenario con el cabello blanco y ropa de ensayo para bailar una última vez juntos. “Ver aquellos cuerpecitos todavía capaces de levantar la pierna... La gente se volvió loca”, rememora con orgullo: “Esto era la prueba de que no habíamos sido una ocurrencia: éramos profesionales y habíamos construido una escuela de escenario”.

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