En pleno debate sobre la masificación, el prelado de Mallorca Sebastià Taltavull reivindica en el ARA Balears la carta pastoral en defensa del territorio que en 1990, cuando era vicario general de Menorca, ayudó a redactar. De manera insólita, el documento, todo un alegato contra el capitalismo, llevaba la firma conjunta de los tres obispos del Archipiélago
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El obispo de Mallorca en la Catedral la tarde de Maitines.ISAAC BUJ
PalmaEn 1990 el actual obispo de Mallorca, el ciudadelano Sebastià Taltavull, de 78 años, era vicario general de Menorca y un gran activista del movimiento ecologista. “Como delegado de los jóvenes de la diócesis –asegura– ayudé a organizar muchas manifestaciones en defensa del territorio. También escribí artículos de denuncia en los diarios. Tenía claro que defender el territorio era defender a las personas, su identidad y su lengua”. A finales de 1973, Menorca lideró en el Archipiélago la lucha verde reclamando la protección de la Albufera del Grau, al norte de Mahón, donde se había proyectado una macrourbanización de nombre exótico, Sahngri-La. No fue hasta 1995, casi dos décadas después, que el lugar fue declarado Parque Natural.
En el resto de las Baleares, en julio de 1977, tuvo lugar la histórica ocupación de la Dragonera (Andratx); y en octubre, 2.000 personas se manifestaron en Ibiza al grito de ‘Salvemos las Salinas’. Con la restitución de la democracia, se sucedieron las conocidas luchas toponímicas lideradas por el GOB, nacido en 1973: ‘Salvemos el Trenc’, ‘Salvemos la Canova’, ‘Salvemos Cala Mondragó’, ‘Salvemos Cabrera’... Eran lugares virginales amenazados por la conocida balearización. El término había surgido a finales de los 50 para aludir a la depredación desbocada de la costa que fomentó el franquismo para asegurarse unas buenas divisas tras el fracaso de la autarquía. La llegada masiva de turistas hizo necesaria la construcción de autopistas que acabarían convirtiendo la isla en un auténtico escalextric. Poco a poco se fue olvidando el pasado agrícola de unas Islas que se desfigurarían todavía más a partir de 1986 con la integración de España en la Unión Europea. La medida posibilitó la libre circulación de capitales y de personas dentro del espacio europeo.
Pastoral pionera
En 1990 la Iglesia puso el grito en el cielo ante el malestar social que generaban más de tres décadas de boom turístico. Era una realidad que conocía de cerca. En 1964 el sacerdote felanitxer Bartomeu Bennàssar había realizado una tesis doctoral pionera sobre las consecuencias que tendría la industria de sol y playa en las Baleares. Se tituló Turismo y pastoral. Síntesis de teologia de las vacaciones. Aquellos años también habría una serie de sacerdotes obreros como Jaume Santandreu y Francesc Obrador que ayudaron a los trabajadores más vulnerables de la hostelería.
“La preocupante evolución de la industria turística –asegura Taltavull– pedía la respuesta de la Iglesia. Fue en forma de una carta pastoral. Fue la primera conjunta en la historia que firmaron los representantes de las tres diócesis de las Baleares, que no están fusionadas en una provincial”. Entonces, Teodor Úbeda era el obispo de Mallorca; Manuel Ureña, de Ibiza-Formentera; y Antoni Deig ejercía de administrador diocesano de Menorca. “Yo, como vicario general de Menorca, les ayudé a elaborar el documento basado en la opinión de unas 800 personas encuestadas de diversos ámbitos profesionales: hoteleros, trabajadores del sector, políticos, ciudadanos...”.
El obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull M.À. Cañellas (UH)
La carta pastoral se publicó en abril de 1990, el día de la Pascua de Resurrección, con el título Ecología y turismo en nuestras Islas. Pautas para una actuación cristiana. “Hoy, 36 años después –lamenta Taltavull–, estremece constatar su vigencia”. El escrito, de 23 páginas, comenzaba reivindicando la etimología de la palabra ‘ecología’, que proviene del griego ‘oikos’ (‘casa’). Así recordaba que la naturaleza es ‘la casa’ de la humanidad. La reflexión remitía a un pasaje de la Biblia (Génesis, 1:28) asociado a la idea de progreso. Es el pasaje en el que Dios bendice al ser humano recién creado y le da el siguiente mandato: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la Tierra y dominadla; someted a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los animales que se arrastran sobre la tierra”.
“A lo largo de las tres últimas décadas –denunciaban los tres obispos– ha habido una especie de fiebre constructora en las zonas turísticas y urbanas, aprovechando la falta de planificación territorial y urbanística. Se han hecho grandes conjuntos de apartamentos y establecimientos hoteleros en abierta contradicción con nuestro estilo y cultura propios, incluso sin el gusto y la calidad mínimos exigibles y sin respetar las exigencias naturales del paisaje. Nuestras ciudades y muchos pueblos han crecido de manera anárquica y deshumanizada, con criterios meramente practicistas y de abusivo aprovechamiento del suelo, sin la atención correspondiente a los espacios públicos y, en general, con un gusto lamentable”.
Los prelados responsabilizaban al “hombre” del “desastre ecológico”. Le acusaban de moverse “por un afán desmesurado de lucro inmediato, con una especie de improvisación suicida que quiere ignorar las consecuencias futuras de las actuaciones de cada día”. La carta pastoral también hacía un listado de aspectos negativos del turismo. Hablaba de “la erosión continuada de los signos de identidad de nuestros pueblos”, de “una bajada considerable en ciertos valores religiosos y morales de tipo personal y familiar”, de “la imposición de criterios puramente mercantilistas”, del “desequilibrio del reparto de beneficios entre capital y trabajo”, de una clase trabajadora que vive en un mundo “abrumado de trabajo y de limitaciones económicas”, del “crecimiento continuado del materialismo, del consumismo y del hedonismo” y del “abandono de alternativas económicas al turismo”.
Aparte de estas críticas, los obispos también supieron resaltar la cara positiva de la conocida gallina de los huevos de oro: “El turismo, hoy por hoy, podemos decir que es el pan de nuestras Islas. Es obligado reconocerlo y trabajar para salvaguardar y perfeccionar esta primera y compleja fuente de ingresos para nuestra sociedad [...]. Ha favorecido contactos de amistad y comprensión entre nuestros pueblos y una gran diversidad de personas y comunidades. Ha sido para nosotros un verdadero y privilegiado medio de comunicación social y de apertura al mundo”.
La radiografía episcopal, sin embargo, terminaba con una petición urgente: “Sería bueno que todos empezáramos a hacer un verdadero examen de conciencia de nuestras culpas ecológicas”. Eran unas palabras que estaban en sintonía con el pensamiento del papa del momento, Juan Pablo II. “La sociedad actual –escribió el sumo pontífice– no encontrará solución al problema ecológico si no revisa seriamente su estilo de vida. Esta sociedad se inclina al hedonismo y al consumismo, pero permanece indiferente a los daños que producen. Si falta el sentido del valor de la persona y de la vida humana, aumenta el desinterés por los demás y por la Tierra. La austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida de cada día”.
Manifestación de la Dragonera en octubre de 1979.BIEL PERELLÓ i EDUARD MIRALLES
Descomposición social
“La carta pastoral de 1990 –afirma Taltavull– tuvo una gran repercusión tanto en la sociedad civil como en la política. Muy pronto, sin embargo, cayó en el olvido”. En 1991, en la sesión de investidura de su tercer mandato como presidente de la Comunidad Autónoma, el popular Gabriel Cañellas proclamó: “Queremos convertir las Baleares en la segunda residencia de Europa”. En 1993, Menorca se protegió de la nueva fiebre constructora con la declaración de Reserva de Biosfera de la Unesco. Sin embargo, a principios del siglo XXI el empuje de la globalización económica fue imparable. En 2002 el primer Pacto de Progreso del socialista Francesc Antich intentó mitigar sus efectos con la ecotasa. La pionera medida tuvo la oposición del sector hotelero y fue derogada en 2003 por el nuevo ejecutivo del conservador Jaume Matas, exministro de Medio Ambiente con José María Aznar.
Hoy, a la derrota ecológica denunciada hace 36 años por los obispos isleños se añade la derrota social. Hemos pasado de recibir 6,3 millones de turistas en 1990 a 20 millones. En los últimos 25 años, la población en el Archipiélago se ha duplicado hasta superar los 1,2 millones de habitantes. No hay ninguna región de Europa que haya experimentado un crecimiento demográfico tan espectacular. Cerca del 50% de los residentes han nacido fuera. Además, según datos del Instituto Nacional de Estadística de 2021, solo un 27% habla catalán con la familia, mientras que más de la mitad (54%) utiliza siempre el castellano. El turismo ya ha dejado de ser una fuente de riqueza. Cada vez hay más trabajadores pobres que no se pueden pagar una vivienda en condiciones. Los inmigrantes, sin embargo, prefieren esta precariedad que la de sus países de origen. “El sistema capitalista –apunta el presbítero– se debe regular para que las personas no sufran tanto”. Desde que en 2017 fue nombrado obispo de Mallorca, Taltavull se ha convertido en una voz que clama en el desierto. Sus convicciones son férreas. “El pasado mes de junio –dice– tuve la oportunidad de acompañar al papa León XIII en su viaje por España. Recuerdo el mensaje que lanzó durante su visita a las Canarias. Pidió a los inmigrantes que hicieran el esfuerzo de aprender y de respetar la lengua de la tierra de acogida”. El prelado apela a sus feligreses a mantener su identidad. Lo hace citando unos versos de La Balanguera, el himno oficial de Mallorca: “Sabe que la cepa más se enfila cuanto más adentro puede arraigar”.
Pastoral de Turismo
En 1964, en pleno boom turístico, tuvo lugar en Málaga la primera Asamblea de Pastoral de Turismo. Las ponencias que allí se presentaron estaban en sintonía con los aires renovadores del Concilio Vaticano II (1962-1965). Insistían en la necesidad de atender a los sectores más frágiles de la industria de sol y playa, particularmente a los obreros. En las Baleares, entre 1960 y 1970, llegaron cerca de 130.000 trabajadores procedentes de las regiones más empobrecidas de la Península. Muchos eran analfabetos y vivían en condiciones infrahumanas en los sótanos de los hoteles, en las conocidas madrigueras. Curas obreros como Jaume Santandreu y Francesc Obrador se remangaron con valentía para enseñarles a leer y a escribir y para ofrecerles asistencia jurídica que les permitiera defender mejor sus derechos.
En 1961, tres años antes de la Pastoral de Turismo, el obispo de Mallorca Jesús Enciso había impulsado la creación de Cáritas Diocesana. La matriz, Cáritas Española, se constituyó en 1947 dentro del marco de Acción Católica, que fue uno de los principales pilares ideológicos del franquismo. Alrededor de Cáritas convergerían diversos colectivos cristianos que ya hacía tiempo que trabajaban con el submundo turístico. Una de sus iniciativas pioneras fue el programa Acogidas, que se convirtió en la cuna del sindicalismo en Mallorca. Ubicados en el Arenal, Magaluf y la plaza del Progreso de Palma, eran puntos de encuentro del personal de la hostelería. Ofrecían servicios de atención social e incluso guarderías para hijos de madres trabajadoras.
Entre los colectivos cristianos, una activista destacada fue Maena Juan (1932-2019). Hija de una de las familias más pudientes de Mallorca, desde muy joven se puso a trabajar en hoteles, al lado de los más desfavorecidos. Invirtió gran parte de su herencia en la creación en Palma de un centro cooperativo para trabajadores de la hostelería. Popularmente, se conoció como Mar 6, por la calle donde estaba ubicado. Dentro de la Iglesia, el felanitxer Bartomeu Bennàssar también se implicó en la nueva realidad social de las Baleares. Fue delegado diocesano de turismo (1971-1976) y miembro del Departamento de Pastoral y Turismo de la Conferencia Episcopal Española (1971-1974). En 1974, junto con Carmel Bonnín, escribió Guía del trabajador de hostelería, todo un alegato contra la explotación laboral del sector.
En 1973 Teodor Úbeda asumió el cargo de obispo de Mallorca hasta su muerte, en 2003. Una de sus prioridades fue el tercer sector. Aquel mismo año, la crisis internacional del petróleo dejó en la calle a miles de trabajadores de la hostelería. Hubo quienes volvieron a la Península. Otros cayeron en el alcohol y las drogas. En aquel contexto, en 1976 Jaume Santandreu inauguró en la Sapiencia de Palma un albergue para marginados. En 1978 puso en marcha la finca rústica Can Gazà, en el Secar de la Real; y en 1981, el hospital de noche, en la Misericòrdia. En paralelo, en 1979 el obispado creó la Delegación Diocesana de Acción Social. Bartomeu Bennàssar fue su primer director.