Las lecciones morales de La Rochefoucauld
De las pasiones dice que no dependen de nosotros, que gobiernan el carácter y transforman los hombres en persuasivos y elocuentes
PalmaEn la misma época que Pascal, el duque François de La Rochefoucauld escribe las reflexiones o máximas morales, pero con un carácter muy diferente, ya que mientras los pensamientos de Pascal tratan de religión y teología, las máximas de La Rochefoucauld expresan una visión descreída sobre la naturaleza humana con una fuerte carga moral, pero sin ninguna intención aleccionadora.
La edición gerundense de las máximas morales de La Rochefoucauld incluye las 504 máximas de la edición original de 1678, pero también las máximas suprimidas después de las cuatro primeras ediciones, y otras máximas que el autor descartó por alguna razón desconocida, además de un apéndice final con la advertencia al lector en la primera edición de 1665, unas reflexiones sobre la conversación, el retrato sobre el autor escrito por el cardenal de Retz y una cronología.
Las palabras del cardenal de Retz, uno de sus enemigos, nos sirven para introducir el perfil de La Rochefoucauld. Retz retrata al filósofo como una persona indecisa, sociable, simpática y seductora, de viva imaginación, vergonzosa y tímida en la vida civil, pero apologeta en los negocios. Especifica biográficamente la indecisión, con estas palabras: “Nunca fue guerrero, a pesar de que fuera siempre muy soldado, nunca fue un buen cortesano, a pesar de que siempre tuvo intención de serlo; nunca fue un buen hombre de partido, a pesar de que toda la vida se mezcló en política”.
Visión irónica y escéptica
Sea como fuere, lo cierto es que La Rochefoucauld elige expresarse literariamente a través de máximas, definidas como frases simples y breves, ingeniosas, lapidarias y cortantes, y a menudo antitéticas, con un contenido más o menos punzante, con un tono de burla y juego. Los temas que trata son morales, especialmente las pasiones humanas y las costumbres, que son discutidos y comentados en los salones aristocráticos de la época. La visión que ofrece es irónica y escéptica. De las pasiones dice que no dependen de nosotros, que rigen el carácter y transforman a los hombres en persuasivos y elocuentes, siempre se notan, son casi irresistibles, y a menudo generan contrarias. Diferencia las pasiones violentas, como el amor, la ambición y la vanidad, de las que no lo son, como la pereza. Y defiende que debemos dejar aparecer.
En relación a los filósofos y a la filosofía dice que los males presentes triunfan sobre ella y que la actitud de los filósofos ante la vida depende de su amor propio. También dice que los filósofos desprecian las riquezas para proteger los méritos de los caprichos de la fortuna, lo cual es una justificación que suena a excusa ante la incapacidad de alcanzarlas. Contradice la concepción ética nicomáquea de Aristóteles que define la virtud como el término medio entre un exceso y un defecto a través de una reflexión sobre el valor y la cobardía, dos extremos que se encuentran muy separados con un espacio intermedio que contiene una gran diversidad de corajes encarnados humanamente. Piensa la relación del espíritu con el cuerpo desde un punto de vista materialista similar al de Julien Offray de la Mettrie.
El amor es la pasión que más interés le despierta. De ahí que le dedique al menos 70 máximas, seguido a mucha distancia de las reflexiones sobre la amistad, con 33. Del amor dice que es difícil de definir, pero que tiene relación con la simpatía y el deseo de poseer lo que se ama, que el verdadero amor es difícil de conseguir, que amar da placer y felicidad. Piensa que las mujeres confunden amor y coquetería, pero que el amor la cura. Defiende que el paso del amor al odio es corto. No cree que del desamor pueda volver a surgir de nuevo el amor. Habla de sus cualidades, como la inconstancia, de la capacidad que tiene de despertar los celos, y cree que amar facilita el perdón y “hace dudar de aquello que más se cree”. En la máxima 441, pone en relación el amor y la amistad a través de la ignorancia: “En la amistad como en el amor, a menudo se es más feliz por las cosas que se ignoran que por las que se saben”. Anteriormente ya había dicho que la amistad es una comunidad de intereses condicionada por el amor propio. También dedica aforismos a la virtud y los méritos, los vicios y los defectos, la vanidad, la verdad, la sabiduría, la felicidad y el orgullo, entre otros.
Está convencido de que hay una determinación natural hacia las virtudes y los vicios. Vincula las virtudes auténticas con el desinterés, aunque, según la máxima 253, “el interés hace mover toda clase de virtudes y vicios”. Piensa que a menudo confundimos los vicios con virtudes, porque detrás de una conducta virtuosa se esconden ciertos vicios y a la inversa. Esta confusión permite decir que “hi hay heróes del mal como del bien” (máxima 185), y se concreta, por ejemplo, en el hecho de que la clemencia que se practica por vanidad, pereza o miedo es vicio y no virtud. Y los celos, que pueden parecer un vicio, los califica de “justos y razonables”, porque contribuyen a conservar un bien que poseemos (sentencia 28). A la vez que dice que la sinceridad es una virtud escasa que es falsa cuando se utiliza “para atraer la confianza de los demás” (sentencia 62). En cambio, reconoce que la prudencia es buena, pero inútil para protegernos de los acontecimientos y observa que los vicios se ocultan bajo la máscara de la virtud a través de la hipocresía, aunque atribuye a la prudencia la virtud de atemperar los vicios que se mezclan con las virtudes. Por otra parte, no considera que la perseverancia sea una virtud digna de alabanza, porque “solamente consiste en la duración de los gustos y de los sentimientos” (máxima 177). Dice que el deseo merecido de alabanzas fortalece la virtud y que el valor perfecto al que raramente se llega es aquel que se pone en práctica sin testigos. La humildad es una virtud cristiana. La amistad es otra virtud muy vinculada al amor propio. Define el agradecimiento como la capacidad de no presumir de ser agradecidos, y la virtud de la cortesía, como la capacidad de “pensar cosas honestas y delicadas” (máxima 99).
La debilidad no tiene remedio
En cuanto a los vicios, cree que a menudo tenemos bastantes. Desconfía que la experiencia sea útil para evitarlos. Parece decir que no podemos huir de los vicios de manera voluntaria, y que los defectos, además, son males incurables, porque dejan cicatrices que en cualquier momento se pueden volver a abrir. Por eso, la debilidad no tiene remedio y es causa de traiciones. Asimismo no cree que la razón pueda corregir todos nuestros defectos, que allí donde no llega la razón interviene la fortuna. Se refiere a la pereza como un vicio que destruye la virtud. Otras pasiones identificadas por el autor como vicios, defectos o males, son la debilidad, la vanidad, la envidia, aunque, según el filósofo francés, la vanidad es inseparable de la virtud. Precisamente, la gente honesta es aquella capaz de confesar públicamente sus defectos, y "quiere estar siempre expuesto a la vista de gente honesta" (máxima 206). Curiosamente, dice que hay defectos que agradan. Es una idea que está expresada de manera paradójica en la máxima 90, cuando dice que "agradamos más a menudo por nuestros defectos que por nuestras buenas cualidades". De acuerdo con esta inversión de los valores, cree que la sociedad recompensa más las apariencias que los méritos, y que "hay ciertos defectos que, bien administrados, brillan más que la virtud" (máxima 354).
El moralismo de La Rochefoucauld es descreído y fatalista, descriptivo, ambiguo y nada moralizante, y se puede resumir citando la máxima 110, donde dice que "nada se da tan gratuitamente como los consejos". Y sus máximas morales no se pueden circunscribir a un siglo determinado, porque resuenan en el estilo aforístico de Nietzsche y en la transvaloración de los valores heredados, y han llamado la atención de autores contemporáneos, como Roland Barthes.