Los hoteles, los grandes monumentos de la sociedad de consumo, fueron los protagonistas indiscutibles de las postales turísticas, que los visitantes solían comprar en la recepción de los mismos establecimientos. Eran construcciones que representaban el sueño cumplido de las clases medias de poder disfrutar de unas vacaciones en un entorno idílico. En una época en la que no había Instagram, era una manera de decir “yo he estado aquí”. Poco importaba que el deseado destino fuera un país con una dictadura que continuaba firmando penas de muerte. En 1963 fue fusilado el dirigente comunista Julián Grimau, mientras que los anarquistas Francisco Granados y Julián Delgado fueron ejecutados mediante garrote vil. Aquel mismo año el cineasta valenciano Luís Garía Berlanga se atrevió a denunciar la doble cara del franquismo en la película El Verdugo, ambientada en la rutilante Mallorca de sol y playa.Las postales con imágenes nacieron a finales del siglo XIX con la industria turística. Inmortalizaban diferentes lugares del país que se visitaba. La España franquista del boom turístico no dudó en utilizarlas como gran herramienta publicitaria para proyectar una imagen benévola y moderna del régimen, muchas veces bajo el epígrafe Spain is different –las instantáneas de toreros y de bailaoras de flamenco se alternaban con las de playas paradisíacas, piscinas en los hoteles y edificios históricos como palacios, iglesias y catedrales. En Mallorca, el catalán Josep Planas fue el mayor suministrador de estos souvenirs de cartulina de 10,5 x 15 cm a todo color. En 1948 inauguró en la calle de Colom de Palma Casa Planas, que tendría sucursales en El Terreno, Son Alegre, Can Pastilla y la avenida de Antoni Maura. Los encargos llegaron de todas partes, desde medios de comunicación y hoteles hasta instituciones como Fomento del Turismo y el Ministerio de Información y Turismo. La empresa, que cerró en 2002, llegó a tener más de 200 trabajadores. Planas se acabaría asociando con las editoriales FISA y Escudo de Oro, responsables de guías y postales de ámbito estatal.Aunque en aquella época no había photoshop, algunas postales turísticas eran manipuladas. Se podían cambiar los colores de algunos bañadores y hacer que el azul del cielo fuera más intenso. También se cogían imágenes de otros destinos turísticos. Así, una puesta de sol del Caribe podía servir para promocionar Formentera y Mallorca a la vez. La estampa se completaba con una palmera (símbolo de exotismo) y una pareja enamorada paseando a la orilla de un mar sereno (la imagen de la felicidad absoluta). Otro tema recurrente de las postales turísticas fueron las fotografías de mujeres en bikini y, ya en democracia, directamente desnudas. Eran un reclamo sexista que presentaba las Baleares como un parque temático de la carnalidad bajo la óptica del heteropatriarcado. El resultado de todo ello fue la banalización del paisaje al servicio de la industria del deseo y de la felicidad que el capitalismo ideó para poder seguir explotando a la clase trabajadora.
Hoteles, los ‘monumentos’ del ‘boom’ turístico
Muchas postales turísticas estaban protagonizadas por las grandes masas de hormigón que se levantaron en Baleares como símbolo de prosperidad después de los conocidos 'años del hambre'. El archivo Casa Planas acaba de hacer una exposición a la Fundació Toni Catany.
PalmaEl cambio de paradigma que provocó el boom turístico en la sociedad agraria española queda reflejada en la película El turismo es un gran invento (1968). Su protagonista (Paco Martínez Soria) es un alcalde de un pueblecito de Aragón que quiere convertir el municipio en un gran centro turístico moderno. Su modelo a seguir es Marbella, donde viaja con su secretario (José Luis López Vázquez) para tomar nota. Ambos quedan boquiabiertos no solo por las suecas en bikini, sino también por los monumentales hoteles de la costa andaluza, el gran icono del progreso del momento.
La historia de los proyectos hoteleros en las Baleares se puede seguir en la tesis doctoral La construcción turística en las Islas Baleares (1939-2005). Arquitectura, urbanismo y fotografia (2019). A partir de esta línea de investigación, su autora, la profesora de la UIB María Sebastián, arquitecta e historiadora del arte de formación, acaba de comisionar la exposición Arquitectura de postal. Arxiu Casa Planas. Se puede visitar hasta octubre en la Fundació Toni Catany/Centre Internacional de Fotografia (Llucmajor). Es una selección de la ingente producción de Josep Planas i Montanyà (1924-2016).
Natural de Cardona, Planas aterrizó en Mallorca en 1945 para hacer allí el servicio militar. Estaría en el lugar y el momento adecuado para ser el primer fotógrafo en retratar el desarrollismo que permitió al franquismo salir de la autarquía. Con imágenes a color (toda una novedad en la época), utilizó las postales como herramienta de promoción turística de su isla de adopción –haría más de 50.000, actualmente en proceso de catalogación. A finales de los 50, el catalán también destacó por ser el primer fotógrafo de Europa que compró un helicóptero para poder captar instantáneas aéreas.
‘American way of life’
En 1951 tuvo lugar en Palma la I Asamblea de Turismo de Mallorca, que debía sentar las bases para la reactivación de la industria turística iniciada en 1903 con la inauguración del Gran Hotel de Ciudad. Había que aprovechar la nueva sociedad de consumo nacida después de la Segunda Guerra Mundial. Con la generalización de las vacaciones pagadas, se democratizó el acto de viajar, que antes estaba reservado a una minoría adinerada. Para la ocasión, muchos aviones militares se reconvirtieron en comerciales. En 1953 el terreno para explotar la conocida gallina de los huevos de oro estuvo más que abonado con la firma de los famosos pactos de Madrid. Los Estados Unidos se comprometieron a ayudar económicamente a la dictadura franquista a cambio de que, en plena Guerra Fría, le sirviera de bastión anticomunista en Occidente. Entre los acuerdos sellados figuraba la instalación de bases norteamericanas en España (entre ellas la del Puig Major) y la entrada al país de empresas turísticas, que serían las canalizadoras del american way of life.
Animado por el amigo americano, Franco sacrificó la moral del nacionalcatolicismo para poder disfrutar de las suculentas divisas que le proporcionó la fábrica de los turistas. Para su tesis doctoral, de aquella época Sebastián ha estudiado más de 900 hoteles isleños de nueva construcción. Muchos colonizaron la primera línea del mar en un proceso de destrucción del territorio conocido como ‘balearización’. El concepto surgió a finales de los 50 de una campaña de desprestigio difundida por la prensa francesa. Sus artífices fueron un grupo de hoteleros de la Costa Azul temerosos de la competencia que ofrecían los establecimientos de las Baleares. Para disuadir a los turistas de visitar el Archipiélago, les advertían que se trataba de un destino poco atractivo por estar masificado y saturado de edificios. La realidad, sin embargo, era que el sur de Francia estaba igual de construido.
Arquitectura vergonzosa
Frente al concepto de ‘balearización’, en 2002 surgió uno nuevo: ‘arquitectura vergonzante’. Lo acuñó el catalán Ricard Pié, catedrático de Urbanismo y Ordenación del Territorio en la UPC, en el libro La Arquitectura del sol. “Con esta expresión –asegura Sebastián– Pié quiso reivindicar la necesidad de conocer bien la arquitectura turística que siempre había provocado rechazo y que las postales turísticas solían presentar como grandes monumentos de la modernidad. Consideró que se debía estudiar de manera rigurosa como ya se había hecho con el resto de tipologías arquitectónicas”.
“En Baleares –apunta la investigadora–, en un primer momento llegaron arquitectos de fuera y noveles en la construcción de hoteles. A medida que el ritmo se aceleraba, otros profesionales diseñaron de manera menos reflexiva. Fue entonces cuando surgieron modelos de edificios estándar, sin alma, en sintonía con el concepto de ‘no-lugar’ creado en 1992 por el antropólogo francés Marc Augé”. En 1959, para favorecer los negocios inmobiliarios del gran capital, Franco aprobó el Plan económico de estabilización. El impulso definitivo del conocido milagro español llegó en 1963 con la Ley de centros y zonas de interés turístico nacional, que incentivó aún más la depredación de áreas de un alto valor paisajístico. Entonces algunos operadores turísticos se pusieron a construir directamente sus propios hoteles. Fue el caso del belga Airtours, que levantó el enorme complejo Tropicana en cala Domingos (Manacor), integrado dentro del conjunto de Cales de Mallorca.
Con el fin de recuperar la inversión realizada, los operadores turísticos llenaron los aviones de turistas para llevarlos hasta las Baleares, que eran vistas como una mina de oro. Fueron los conocidos vuelos chárter (en inglés, ‘to charter’ significa ‘alquilar’). “Las recepciones de los hoteles –afirma Sebastián– eran muy amplias para que cupieran todos los paquetes de turistas mientras esperaban la asignación de una habitación”. Aquella fiebre constructora desbordó los ayuntamientos. “En otoño era cuando se producía la avalancha de peticiones de obras para tener el hotel terminado al cabo de dos veranos como muy tarde. Algunos municipios no tenían ninguna normativa urbanística desarrollada. Se podía construir donde fuera con las plantas que se quisieran. Tampoco se preveía ningún alcantarillado, de manera que las aguas sucias acababan en el mar. No fue hasta 1970, cuando ya era demasiado tarde, que la dictadura intentó poner orden a aquel desbarajuste con el Decreto de infraestructuras turísticas”.
El asesinato del arquitecto Ferragut
En medio de aquella producción industrial de hoteles, hubo arquitectos que tuvieron la suerte de poder imponer un estilo propio con proyectos singulares, del todo innovadores, influenciados por tendencias internacionales. Fue el caso de Francisco Goicoechea y Jacinto Vega, que en 1955 inauguraron el primer hotel moderno del Archipiélago, el Bahía Palace, en el paseo Marítimo de Palma. El catalán Francesc Mitjans, el autor del estadio del Camp Nou (1957), construyó el Hotel Araxa (1958), en el barrio residencial Son Armadans de Palma. Francisco Javier Sáenz de Oíza concibió la Ciudad Blanca (1963), en el Puerto de Alcudia. José Antonio Coderch levantó, en Illetes (Calvià), el Hotel de Mar (1964), que el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, inauguró como el número 1.000 de todo el Archipiélago con el NO-DO como altavoz. Y Miguel Fisac dejó su huella en el Eurotel Punta Roja (1968), en la Costa de los Pinos (Son Servera). En esta línea también destacaron profesionales locales como Gabriel Alomar y Felipe Sánchez-Cuenca, que diseñaron el hotel Punta Negra (1965) en la Costa d’en Blanes (Calvià), y Josep Ferragut, el artífice del vanguardista edificio de Gesa de Palma, que, entre otros hoteles, ideó el Morocco (1959) en Palmanova (Calvià) y un bloque de apartamentos en Lago Esperanza, en el Puerto de Alcudia (1965).
A pesar de haber participado en la fiesta constructora, Ferragut fue la primera voz que clamó contra los “desbarajustes urbanísticos” del boom turístico. Escribió mucho en prensa y en 1960 también se animó a filmar con su cámara doméstica un documental titulado Ciudad de Mallorca, en el cual ya denunciaba la turistificación de una isla entregada a los especuladores. En 1968, a 56 años, aquel ‘enemigo del progreso’ apareció muerto en un descampado del camino viejo de Bunyola. Según la versión policial, fue asesinado a pedradas por dos jóvenes delincuentes a quienes supuestamente había solicitado sus servicios homosexuales. Según la familia, el crimen fue ordenado por las fuerzas vivas del franquismo.
En 1973, cinco años después del asesinato de Ferragut, la conciencia ecologista en Mallorca despertó con el GOB. Ante la destrucción de la isla, la entidad verde emprendió una serie de luchas toponímicas: ‘Salvem la Dragonera’, ‘Salvem el Trenc’, ‘Salvem Cala Mondragó’... Aquel mismo año se produjo la crisis internacional del petróleo, gracias a la cual se detuvieron proyectos urbanísticos faraónicos como el de Isla Ravenna en la Canova (Artà). “Muchos hoteles –concluye Sebastián– también cerraron y unos pocos se reconvirtieron en viviendas. Fue el caso del Hotel Mediterrani, inaugurado en 1923 en el paseo Marítimo de Palma. Pasada la crisis, Jaume Cladera, el primer consejero de Turismo [1983-1993] del popular Gabriel Cañellas, favoreció la construcción de hoteles en horizontal y de menor altura. Se reducía así el impacto visual a costa, sin embargo, de consumir mucho más territorio”.