Nada amenaza el oasis político ibicenco (excepto las próximas elecciones)
La izquierda de Eivissa tiene una ventaja estratégica que deberían considerar: no tienen nada que perder; disponen de un amplio margen para arriesgar
IbizaLa política se ha convertido en España en una actividad de riesgo, una carrera permanente para sostener mayorías improbables, tarea más propia de acróbatas y especialistas de cine. Gente que no sufra en ningún caso problemas vasculares. Incluso en Andalucía la mayoría del PP no ha aguantado el desgaste. Ansiedad y equilibrios: esa es también la situación en general en Baleares. Excepto en Ibiza. En la isla más agitada del Mediterráneo, tan moderna como febril, los políticos viven en un benéfico oasis: es la magia de la mayoría absoluta. Falta un año para las próximas elecciones locales y autonómicas (las últimas fueron el 28 de mayo de 2023) y aquí no se mueve ni una hoja en un árbol. Ciertamente, en las últimas semanas Aena ha animado un poco el cotarro con su delirante propuesta de ampliación del aeropuerto. ¡Pero vamos! Aquí vamos a lo que vamos; de aquí a dos días nadie se acordará, de Aena y de sus sueños megalómanos –que no dudéis que se ejecutarán en un porcentaje elevado. Que empieza la temporada y hay que hacer caja para todo el año.
En Ibiza el PP gobierna en ‘modo Dios’. El ‘modo Dios’ es una opción frecuente en los videojuegos, representa que el jugador dispone de puntos de vida ilimitados o de alguna ventaja que lo hace virtualmente invulnerable. Los videojuegos y la política se parecen muchísimo: en los videojuegos administras la vida de un héroe en una aventura imaginaria, en política administras el dinero de los demás según un programa basado en conjeturas.
El ‘modo Dios’ en política se llama mayoría absoluta. El absolutismo ibicenco del PP (en Ibiza, los populares solo gobiernan en minoría en Sant Josep, en los otros cuatro ayuntamientos y en el Consell gozan de una amplia mayoría absoluta) no solo tiene efectos balsámicos sobre los políticos populares; también ha resultado muy satisfactorio para la izquierda insular, que practica la meditación trascendental mientras espera que aparezca su mesías o algo parecido.
Decapitado por la ausencia de sus líderes históricos (Xico Tarrés se borró ya hace tiempo, Pilar Costa solo está de diputada en el Parlament balear, Josep Marí Ribas Agustinet ha abandonado la política ibicenca para presidir el PSIB), el PSOE ibicenco vaga por los pasillos de un castillo abandonado. El actual secretario general, Vicent Rosselló Ribas, es muy poco conocido; lo mismo pasa con la portavoz del grupo socialista en el Consell, Elena López –probable candidata, quizás la figura que el PSOE está tratando de promocionar en Ibiza. No muchos ibicencos sabrían ponerles cara.
Diríamos que el PSOE, en Ibiza, cuando solo falta un año para las elecciones, tiene todavía todo el trabajo por hacer. Y bueno, ¿qué podemos decir de la ‘izquierda de la izquierda’ ibicenca?, aquella multiplicación de micropartidos (micro al menos a escala insular) que vete a saber si sabrán ponerse de acuerdo. Un sector político donde también parece que se ha de empezar de cero cada vez que hay elecciones.
No es extraño que a la izquierda estén un poco depres, se ha de reconocer que la cosa no pinta bien. El gobierno Sánchez está más gastado que la mobylette de un hippy; ya solo les faltaba que la corrupción también le lamiera la corbata a Zapatero, uno de los pocos políticos españoles que aún podía hablar desde una tribuna con una cierta autoridad moral. A ver ahora a qué tribuna le invitarán. Zapatero era uno de los principales valedores y activos del PSOE actual. Y a los socialistas ibicencos, lo que pasa en el resto de España se les contagia fácilmente. El PP ibicenco, en cambio, tiene raíces más profundas, sobre todo en el campo y en algunos municipios; raíces que le hacen más resistente al viento que sople de la Península. O de Mallorca. Aun así, la izquierda ibicenca tiene una ventaja estratégica que deberían considerar: no tienen nada que perder. O, dicho de otra manera, disponen de un amplio margen para arriesgar.
Siesta política
Pero bueno, de momento, si queréis animación, en Ibiza tendréis que ir a la discoteca. No la busquéis en la política. La siesta política ibicenca contrasta con una situación social convulsa. No es que no haya problemas que arreglar. En Ibiza se nos acumulan las contradicciones, las villas de ultralujo y los asentamientos de infraviviendas. Un modelo económico que es como jugar a la ruleta apostando a un único número. En Ibiza, la sensación de colapso es tal que hasta el PP ha entendido que la isla se nos ha ido de las manos; por eso los populares han acabado por comprar el discurso tradicional de la izquierda: contención, regulación, prohibición...; crecimiento sí, claro, pero solo en calidad.
¿Y Vox? En Vox no dicen ni pío. No sea que si dijeran algo metieran la pata. Como un depredador silencioso y eficaz, esperan para recoger los últimos votos de los rebotados de la ‘derechita cobarde’ y de una parte de los nuevos votantes, adolescentes que se piensan que Franco era una antigua cadena de pizzerías. Six seven bro. Kebabs solo para españoles: eso debe ser la prioridad nacional. Vox es el partido con la estrategia más clara y que lo tiene más fácil: no tienen que hacer nada. Al fin y al cabo, el ‘modo Dios’ del PP seguramente caducará en las próximas elecciones. Entonces será su momento.
Y ahora que hablamos del ‘modo Dios’, el obispo Vicent Ribas hizo hace unas semanas una de las declaraciones más interesantes de los últimos tiempos en las Pitiusas. Las hizo en una entrevista a Diario de Ibiza. “Como pastor de la Iglesia de Ibiza, apelo a la conciencia de los cristianos; no se pueden cobrar según qué alquileres”. Declaraciones que no han pasado desapercibidas. Solo la socialista Ana Juan había dicho algo parecido cuando era presidenta del Consell de Formentera. Al obispo no le falta razón: la manera más eficaz de resolver el problema de la vivienda en Ibiza ahora mismo sería que la gente tuviéramos un poco de conciencia. Y son declaraciones sintomáticas: tener que invocar la moral para resolver las desigualdades delata el fracaso de la política.