Media sierra de Tramuntana
La presidenta del Govern, Marga Prohens, aprovechó el debate de política general para adoptar un tono electoralista y hacer salir su registro más ayuser. De esta manera consiguió, como su admirada presidenta de Madrid, poner a prueba la capacidad de vergüenza ajena de la ciudadanía. Groseras y demagógicas, sus intervenciones y réplicas consistieron en un repertorio de falsedades, medias verdades, insultos y faltas de respeto contra la oposición y contra colectivos enteros de ciudadanos. Este verano pasado, cuando a la alcaldesa de su pueblo le dio por hacer el ridículo (es muy libre de hacerlo) y obstruir una manifestación (es una falta grave en el Código Penal), Prohens la descalificó diciendo que aquel no era “su estilo”. Tenía razón: el suyo es todavía más bajo.
Tal vez la metedura de pata más estridente de Prohens, o, en todo caso, la que hizo más ruido, fue cuando afirmó que “media sierra de Tramuntana llegó en patera”. Es, por supuesto, una exageración y una mentira, además de una manera ofensiva de expresarse, completamente impropia de quien ostenta la máxima autoridad política del país, y que, por tanto, debería saber cuidar el lenguaje y cuidarse sobre todo de no crispar aún más una realidad social lo suficientemente tensa por sí misma.
Incluso en el caso de que lo que dice fuera cierto, una cosa bien hecha que sí que podría hacer con las personas que llegan en patera es pedirles disculpas y darles las gracias. Disculpas porque, si se ven obligadas a abandonar sus países y jugarse la vida en travesías terribles, se debe, en buena parte, a la explotación y el saqueo que los países ricos —los llaman del Primer Mundo, como los países de la Unión Europea— perpetran sobre los recursos y los intereses de los países pobres —del sur global, de donde vienen los inmigrantes que tanto molestan a la presidenta Prohens. Y gracias, porque es gracias a ellos y ellas que la economía sigue funcionando (la economía española es la que más crece de toda la eurozona, a pesar de lo que diga el partido de la presidenta Prohens), a menudo a costa de que ellos hagan los trabajos que los nacidos aquí ya no queremos hacer, y en condiciones especialmente precarias. Pero estos trabajos que ya no queremos hacer son imprescindibles para que la economía funcione a buen ritmo. Además, ya empieza a pasar, pero pronto los inmigrantes, o sus hijos e hijas, serán arquitectos, abogados, maestros y profesores, médicos, científicos, investigadores, altos funcionarios y, tarde o temprano, presidentes o presidentas del Gobierno. Cuando esto pase, lo tendrán fácil para elevar el nivel de la actual presidenta.
El racismo es el último nivel de descrédito al cual puede descender un representante público, más aún si tiene encomendadas altas responsabilidades de gobierno. Marga Prohens se aviene a ello por la necesidad, ya asumida sin disimulos por la dirección del PP, de contentar a unos socios —la ultraderecha de Vox— que disfrutan de una estrella electoral que crece, mientras que la del PP declina. Quien ha hecho daño a la sierra de Tramuntana, y a Mallorca, y a las Baleares, no son los inmigrantes que llegan en patera, cuando consiguen llegar porque no se han ahogado —o no los han ahogado— en el mar. Son los especuladores inmobiliarios, los constructores al por mayor y los empresarios turísticos que saturan estas Islas con una sobrepoblación de personas de piel blanca, cabellos rubios, bien vestidas y cargadas de dinero, a las cuales les encantan estas islas. Salvo que les molestemos, eso sí, los que vivimos aquí.