Hoy se usa mucho hablar de relaciones, de zonas y de sociedades tensionadas. No debemos olvidar que la ‘tensión’ es un hecho connatural a la convivencia humana. La lucha entre quienes tienen la sartén por el mango y quienes se sienten como el aceite que el amo hace ir allá donde quiere es una tensión, volvamos a ello, que se alarga más allá del tiempo más antiguo.Del tiempo de Joanot Colom, del tiempo de Simó Ballester, el Torto. Del tiempo de las revueltas foráneas y de las germanías, hasta la Guerra Civil que asoló la isla durante el siglo XX, esta tensión, este nervio popular, ha sido una constante. "Esta tierra es nuestra, que lo sepan los señores", escribió Guillem d'Efak. "No necesitamos capataces que nos lleven cogidos de la mano, no somos niños de miel y azúcar, y nos sabemos gobernar", cantaba el brujo barracanero. Las cosas han cambiado de verde en azul, pero, al fin y al cabo, todo sigue más o menos como siempre, solo que quizás con algunos papeles de la baraja cambiados.Antoni Tugores ha explicado siempre que durante la Guerra Civil los derechistas más rabiosos no fueron los señores, sino los campesinos que, embelesados como pollos entrados en pasto, no querían perder la condición de nuevos ricos. En la escuela, cuando hablamos de la edad media, lo hacemos recordando que era una sociedad estamental, de categorías inamovibles y con dos grandes clases: los privilegiados y los no privilegiados. Los primeros eran los propietarios de las tierras. Los segundos eran quienes las trabajaban. Los primeros no hacían trabajo. Los segundos, se dejaban la espalda. Los primeros eran rentistas. Los segundos, quienes pagaban las rentas, y para colmo, los impuestos.La tierra en Mallorca ya no es la despensa que nos alimenta de forma directa. Ni grano, ni legumbre, ni hortaliza. Ni vacas, ni ovejas, ni gallinas. Ahora el alimento nos llega en forma de ladrillo y hormigón. Cada dos cuartas, un chalet con piscina. Y dentro del pueblo, si tienes una casa, arréglala un poco, que todavía la podrás alquilar a precio de canario joven tres o cuatro meses al año.Son estos, ahora, los rabiosos. Hay un empresario manacorí, muy dinámico en las redes, que día sí y día también se reivindica: “No pediré perdón, ni me avergonzaré de luchar como un cabrón y que la vida me vaya bien”. Pues quizás sí, que muchos de estos “pequeños propietarios” han de pedir perdón. Pues quizás sí que vale un perdón pedir, sin avergonzarse de ello, 1.500 o 2.000 euros por un alquiler ordinario, cuando el salario mínimo interprofesional es de 1.221 euros mensuales. Otros abanderados de esta lucha apelan a la mallorquinidad de estos ‘pequeños propietarios’, como grandes perjudicados de una eventual limitación de los precios del alquiler. Una medida, por otro lado, que es toda una fantasía, tal como ya se ha preocupado de advertirnos la presidenta Prohens. Sí, muy mallorquines, son estos ‘pequeños propietarios’: hay datos que apuntan que en Mallorca una de cada cuatro propiedades ya está en manos extranjeras, y que hay municipios como Calvià y Andratx donde este porcentaje se dispara hasta el cuarenta por ciento. La mayoría de estas propiedades, además, están destinadas al alquiler turístico, a segundas residencias o simplemente están vacías a la espera de que el mercado especulativo les brinde la oportunidad de ser vendidas a un precio inasumible para los mallorquines que ganan dinero trabajando.Porque sí, el tema va de eso. La conversión de la vivienda en un negocio ha permitido que miles de personas en Mallorca hayan visto abierta la posibilidad de ganar dinero sin trabajar, que es lo que han hecho toda la vida los rentistas. El enfermo tiene mala herida, porque hay pocas cosas más golosas que ganarles dulces. Y tan dulces los ganan quienes alquilan chalets a 1.000 euros el fin de semana, como quienes alquilan pisitos arreglados a maestros de escuela y sanitarios a 1.500 o 2.000 euros, como quienes ponen una cocina dentro de una cochería y piden 1.000 euros cada mes, como quienes hacen pagar 400 euros por habitación en un infra-vivienda. No podemos hablar ya de oferta y demanda al hablar de vivienda. Hablamos de necesidad, que es lo que hay. Es hora de parar esta vergüenza.