La hija única

Ya no somos la nieta que amabas, ni tú la abuela que yo amaba

Mi abuela me decía "pitusa" y yo la escuchaba desde el suelo, con mirada fija en el colgante de oro en forma de bellota que colgaba de su cuello

En 'The Farewell', Billie hace lo que cree que es mejor para su abuela, aunque eso pueda enfadarla.
hace 16 min
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PalmaHubo un tiempo en que quise mucho a mi abuela. Y después, un tiempo en que no, en que sentí que la había dejado de querer.

Mi abuela me decía pitusa, porque fui la primera nieta. Y creo que todavía hoy, de vez en cuando, me lo vuelve a decir, acompañado de la anécdota de alguna de mis travesuras. Mi abuela me decía pitusa y yo la escuchaba desde el suelo, con la mirada fija en el colgante de oro en forma de bellota que ella llevaba en el cuello. 'Extremeña' es el adjetivo con el que más le ha gustado presentarse siempre: como el jamón ibérico y las cerezas. Durante una temporada, fantaseé con el poder evocador que tendría aquel collar, cuando ella ya no estuviera, sin pensar que el collar se vendería antes que ella. Alguien de mi familia hizo que lo empeñara. Me dolió tanto que, años después, le regalé otro, de bellota de oro. Y ahora que lo pienso, hace tiempo que no la vuelvo a ver.

Mi abuela –como tantas abuelas– hizo de madre y de abuela para mí. Ella no había aprendido a decir ni una palabra de catalán, pero me hacía 'Serra mamerra' en su sillón del salón, las tardes enteras que pasábamos juntas, cuando el resto de adultos se iban a trabajar y nos quedábamos solas. Entonces, mirábamos Pasión de Gavilanes, El Diario de Patricia y Pasapalabra. De una sentada. Hasta que oíamos el tintineo de las llaves de mi abuelo, el portazo al cerrarse y sus pasos por el pasillo. Significaba que era hora de poner la mesa. Comía y cenaba en su casa y, por la noche, medio dormida, volvía en brazos de mi madre a la nuestra.

Mi abuela me llevaba a todas partes adonde iba, es decir, a comprar y a misa. Las mañanas de verano y los días festivos, la acompañaba al Eroski y llenábamos juntas el carrito con todo lo que mi abuelo le había dicho la noche antes que le apetecía comer. Conejo con cebolla, costillas de cerdo, tumbet. You name it, ella lo preparaba. Al llegar a casa, se encerraba en la cocina hasta que sus abrazos empezaban a oler a muchas horas de trabajo y ajo con salsa de tomate. Después nos sentábamos a la mesa, un Padre Nuestro y ya habíamos comido. Vuelta a la cocina: lavavajillas, las ollas fregadas a mano, cafetera al fuego y cara de disgusto. '¿Qué ha sido, abuela?', le preguntaba, asumiendo –sin saberlo– la responsabilidad de ser su única confesor.

A mi abuela la quise todo este tiempo y el tiempo que vino después. La quise hasta que la familia se hizo más grande que el amor que yo sentía por ella y el que ella sentía por mí. La quise hasta que todo cayó por su propio peso, hasta que ya no quedaron bellotas de oro para vender y, aun así, la culpa nunca era de quienes la hacían llorar. Por salubridad mental, acabé bloqueándola del WhatsApp. “¿Cómo ha podido hacerle esto a su abuela?”, supe que se preguntaba.

Decían Desirée de Fez y Layla Martínez, hace unos días en La Coma, que la familia puede ser el mejor caldo de cultivo para las historias de terror. Ambas ponen a prueba esta posibilidad en sus respectivas novelas, No la dejes sola (Blackie Books, 2026) y Carcoma (Amor de madre, 2021). Hablaban de lo patológica que podía ser la relación madre-hija y yo asentía con la cabeza, sin poder dejar de pensar en la enorme casualidad que era tener a Susana a mi lado. Susana Ivorra es la persona que deshizo de un zarpazo mis dudas en aquellos momentos. ¿Cómo se sienten a la vez el amor y el resentimiento, la melancolía y la nostalgia? “Piensa en Pinochet: antes de morir, se había convertido en apariencia en un abuelito adorable, pero no dejaba de ser Pinochet”, me dijo en consulta. Y ahora la tenía allí a mi lado otra vez, mientras volvía mentalmente a mi historia de terror familiar.

Pensaba que la rabia no me abandonaría jamás. “Ya está, la relación está muerta”, me resignaba, pensando que quizás un día ella partiría y yo no la habría podido perdonar. Sentía tantas cosas, con tanta fuerza, que ni siquiera sabía si este escenario me preocupaba. Y, en algún momento, empezaron a crecer nuevas raíces. En medio de tantos páramos, era como estar dentro de un jarrón, con agua, provisionalmente, bajo la condición de trasplantarnos solo si los frutos no eran agrios. No sabría decir si nuestra relación ha cambiado, si nos hacemos algún bien. El caso es que ahora, cuando nos despedimos de ella, además de decirnos –cada vez– “y no os olvidéis del camino, volved pronto”, nos da un último beso como si no quisiera que acabara nunca. Nos coge la mejilla, con fuerza, intensa, torpe, intentando recuperar el tiempo. Nos quiere soltar todo su afecto así, de golpe, condenándonos a un único beso y un único abrazo, solo cuando existe un motivo o una excusa; nunca gratuitamente, nunca porque sí.u

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