Me gustan los ascensores. Si pensáis que esta afirmación es banal, incluso vulgar, no lo negaré. Tenéis razón. De hecho, la banalidad y la vulgaridad también me pueden gustar si están bien contextualizadas. En mi defensa, he de explicar que los ascensores no me gustan por su función obvia, la de ahorrarte tener que subir unas escaleras. Lo que me gusta de ellos es la posibilidad que me dan de esconderme. Si tengo la suerte de subir sola, y no hay nadie que me vea entrar, durante unos segundos no hay un solo ser en el planeta que sepa dónde estamos. Mientras la cápsula metálica me lleva a la planta que he indicado gracias a un botón de dudoso diseño (normalmente), estoy completamente desaparecida, dejo de existir en el mundo.
Como el trayecto es tan efímero, siento que tengo el deber de disfrutarlo al máximo. Normalmente, cierro los ojos para intentar notar cómo voy hacia arriba gracias a este invento, que tanto ha hecho por la acumulación de grasa en los cuerpos humanos.
Esconderme es uno de mis pequeños placeres. El único requisito para disfrutarlo es pensar que solo yo sé dónde estamos —perdonad el ridículo juego de palabras. Pero hay que ir alerta, porque hay una cuestión delicada de equilibrio. Solo una letra puede deshacer la magia: la distancia que hay entre esconderme y amargarme es exigua y el peligro de patinar es grande. Por eso es sumamente importante esconderse por placer y no por amargura.
Mi gusto por esconderme no es nuevo. Ni siquiera recuerdo cuándo lo descubrí. Me gusta pensar que por eso nací muy enfadada, porque me sacaron a la fuerza de mi primer escondite. Supongo que fue decepcionante descubrir que todo el mundo sabía dónde había ido a parar aquellos nueve meses.
De pequeña, lo que más me gustaba era cerrar la puerta de mi habitación para imaginar cosas sin tener que dar explicaciones a los demás. Colocaba todas mis muñecas en fila y simulaba que eran mis hijos. Entonces me transformaba en músico, actriz y un montón de cosas más, mientras que ellos me observaban con admiración. Nadie más sabía que, en realidad, yo era una mujer brillante. Y mis hijos, más de una docena, me guardaban el secreto.
Después quise vivir en un psiquiátrico, en la cárcel y en un convento de clausura. Ahora sé que quería esconderme porque el mundo me daba miedo. Lo mismo que ahora, que me esfuerzo tanto por disimularlo y que me relajo en los ascensores.