Tribuna abierta

Mallorca, salir del laberinto (El cambio imprescindible del modelo productivo)

Algunos de los colaboradores firmantes del artículo.
Article col·lectiu
27/03/2026
5 min

Los medios de comunicación cumplen una función social de primer orden y, además, de un alto valor democrático por el hecho de que contribuyen a la formación de la opinión pública. A partir de esta premisa, por sentido de la responsabilidad y movidos por los sentimientos de estima, respeto y servicio a la tierra y a los ciudadanos de Mallorca, un grupo de colaboradores de los tres diarios en papel editados en la isla (ARA Balears, ‘Diario de Mallorca’ y ‘Última Hora’) nos hemos concertado para publicar este artículo. La finalidad es reclamar a todos los partidos políticos, a las instancias que tienen la capacidad de modificar el estado de cosas vigente –singularmente, las instituciones de autogobierno y los ayuntamientos–, como también, en general, al conjunto de los poderes económicos y sociales, susceptibles de condicionar e influir en la toma de decisiones, un cambio radical, progresivo y templado, pero firme, del modelo económico actual.

Mallorca vive en una situación crítica. En efecto, el sistema productivo vigente en nuestra tierra ha provocado el empobrecimiento de nuestro hábitat físico y cultural, y nada hace pensar, antes al contrario, que haya una voluntad decidida de enderezar esta deriva. Las últimas siete décadas, más o menos, se han caracterizado por el predominio del falso paradigma del crecimiento sin límites de todas las constantes vinculadas con el turismo masivo (con la construcción, como efecto añadido). Pero, necesariamente, por mera supervivencia, este modelo debe acabar su trayecto vital. No se trata –conviene aclararlo antes de todo– de poner en cuestión la relevancia económica que tiene para nosotros el turismo como elemento central de la creación deocupación laboral y de oportunidades de negocio. Se trata, sobre todo, de constatar que el liberalismo exacerbado, la falta de planificación pública a largo plazo y la ausencia de ponderación y reflexión sobre nuestro futuro colectivo nos han llevado a este momento de marasmo

Los síntomas del mal que nos afecta son lo suficientemente conocidos. Incluso se podría decir que han acabado por ser aceptados, como análisis cuidadoso de nuestra realidad, por todo el mundo. Mencionaríamos cuatro, de síntomas, los cuatro interconectados: la sobrepoblación, el número excesivo de turistas, la explotació desmedida del territorio –y, más en particular, del suelo rústico– y, finalmente, la minorización de la lengua catalana. En primer lugar, Mallorca soporta un índice de presión humana (la relación entre la superficie de un lugar y las personas que lo habitan) del todo desmesurado, y las previsiones aventuran que en los próximos diez años el incremento será, como mínimo, de doscientas mil personas mayoritariamente llegadas de fuera (es decir, no se habla de un crecimiento vegetativo, sino producto de la migración). Como es obvio, la mano de obra que llega a Mallorca lo hace llamada por la actividad económica que aquí mantienen los dos sectores productivos, el turismo y la construcción, prácticamente monopolísticos, en permanente algidez. Hay que decir que esta dinámica migratoria convive con una gradual y empobrecedora expulsión de talento local sin relación con los dos sectores mencionados. 

En segundo lugar, hay que señalar el crecimiento exponencial y sin pausa de los viajeros/turistas que llegan a Mallorca, realidad reflejada de manera objetiva a partir de los números que proporciona Aena, la entidad propietaria y explotadora del aeropuerto de Palma. Que este último año 2025 se haya cerrado con la cifra de 33,8 millones de pasajeros y que esto represente un aumento del 1,5% respecto al año precedente, es, por su auténtica desmesura, un monto inaceptable. En tercer lugar, que el territorio tenga que soportar más agresiones –¿hasta cuándo?–, que se hayan legalizado las infracciones de la normativa reguladora de la ordenación territorial y que se proyecte la construcción masiva en suelo rústico y circundante a los núcleos urbanos, construcciones que, a su vez, consumirán más recursos naturales y requerirán más servicios públicos y de infraestructuras, constituye la enésima agresión al territorio, pero también al buen sentido. La expropiación del uso –no de la propiedad– de las viviendas vacías de los grandes tenedores, muchos de los cuales están en manos de los fondos de inversión o de los bancos, y la reconversión de los hoteles obsoletos serían las opciones racionales y útiles si realmente se persigue el objetivo de minorar el problema de la falta de viviendas.

La razón indica que es inevitable que el turismo y la construcción decrezcan y que todas las magnitudes sobredimensionadas mengüen. Decrecer exigirá diversificar la economía con alternativas como el fomento del conocimiento, la innovación tecnológica, la industria cultural, la investigación, la economía de los cuidados, la producción local, la economía social y solidaria, y los servicios de valor añadido... Gobernar –¿hay que recordarlo?– significa tomar decisiones, también decisiones difíciles, de alto compromiso. Pero aquello que da el auténtico sentido al hecho de gobernar es la procura del bienestar de los ciudadanos. Entendido, este bienestar, en términos no solo económicos, sino también de tranquilidad, de sosiego, de movilidad sin trabas, de disfrute de la naturaleza y de las ciudades, de garantía de la pervivencia de los referentes culturales y lingüísticos, y de la manera tradicional que los mallorquines hemos empleado para relacionarnos con nuestro entorno natural y humano. 

Por último, hemos mencionado la minorización de la lengua catalana como síntoma elocuente de la degradación de nuestro ecosistema cultural. La plenitud de la lengua del país y su uso social general deberían ser considerados, de una vez por todas, como prioridades de la acción pública (y también privada). La lengua catalana, para los mallorquines, no es solo su habla histórica y característica, arraigada aquí desde hace ocho siglos, motivo por el cual reclama ser respetada, protegida y fomentada, sino que debería constituir el punto de encuentro de todos los isleños como eje vertebrador de la convivencia.

Si hemos convenido que el modelo productivo actual se debe cambiar, es hora de pasar de la verbalización del problema a la materialización de acciones constatables en la dirección de revertir nuestra lamentable realidad actual. Sin embargo, es necesario precisar que cualquier política que se pretenda poner en marcha orientada a la recuperación de nuestra dignidad colectiva y de nuestro bienestar exigirá que las decisiones se consensúen, que sean fruto del acuerdo. Reclamamos, así pues, consenso, acuerdos profundos y visiones largas hacia nuestro futuro que dejen de lado las ruindades del rédito momentáneo sin ninguna otra ambición que la victoria pírrica sobre el oponente. Al fin y al cabo, porque nos jugamos, sin matices, nuestro futuro como colectividad, reclamamos enfáticamente un alto sentido de la responsabilidad y que la mirada se ponga solo –solo– sobre Mallorca. Firman el artículo: David Abril, Antoni Aguiló, Celestí Alomar, Martí Ávila, Sebastià Alzamora, Rafel Borràs, Margalida Capellà, Francesc Casadesús, Lourdes Duran, Pere Estelrich, Àngels Fermoselle, Sebastià Frau, Jaume Garau, Antoni Janer, Gabriel Janer Manila, Maria de la Pau Janer, Miquel Àngel Lladó, Miquel À. Llauger, Cristina Llorente, Laia Malo, Pere Joan Martorell, Biel Mesquida, Antoni Mir, Cati Moyà, Felip Munar, Neus Picó, Climent Picornell, Mateu Picornell, Rosa Planas, Pere Antoni Pons, Margalida Ramis, Nanda Ramon, Joan Riera i Antoni Tarabini

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