Los jóvenes que saquean las calles son el espejo de nuestra sociedad
Vivimos rodeados de violencias de intensidad diversa y las hemos normalizado. Por eso me resulta sorprendente que haya tanta gente escandalizada por lo que hacen los jóvenes en las calles. Estos actos vandálicos han sido generados por nuestra sociedad, son nuestros frutos, pero no queremos recogerlos y hacemos como si todo esto no tuviera nada que ver con nosotros.
Nunca nos han faltado los nihilistas, las personas que niegan los valores, la autoridad, las creencias, la organización. Las semillas, las ponemos día a día entre todos. Los pseudonihilistas de estos tiempos se dedican a desvalijar comercios. Es curioso. Nos encontramos ante una turba de consumidores radicales que se procuran con violencia el acceso a los productos que no pueden pagar. Somos la sociedad de la intolerancia a los deseos incumplidos. Lo queremos todo. Lo queremos ya.
En las calles no hay otra cosa que nuestros hijos. Y debemos hacernos cargo, porque somos sus responsables. Clamar contra lo que ocurre es una vía inútil. Tenemos trabajo por delante: analizar, reflexionar, rectificar... En definitiva, actuar, recuperar nuestra carta de ciudadanía más allá de las pantallas de los televisores.
El capitalismo es un sistema que se basa en la violencia, por mucho que se quiera colocar en el podio del menos malo de los sistemas. Ha provocado, provoca y provocará guerras, saqueos, violaciones, asesinatos y suicidios. Los podemos contar por millones. Cada segundo que pasa, deja a personas sin casa. Cada décima de segundo, deja a personas sin esperanza. Nuestro valor es el valor de cambio. Nuestra dignidad proviene de aquello que podemos comprar. Y como hay cosas que no han cambiado por mucho que se hayan sofisticado, seguimos vendiendo nuestra fuerza de trabajo al mejor postor para no perder el ritmo. Quien se despista, queda atrás. Se convierte en nadie. Ya no es válido.
Está claro que el estallido violento de estas semanas es intolerable. Pero lo es porque es nuestro espejo. Nos retrata. Nos hemos convertido en eso.
Mientras tanto, políticos, tertulianos y analistas ponen el grito en el cielo en lugar de ir a las raíces de esta situación. ¡Cómo les gusta escandalizarse! ¡Cómo disfrutan del espectáculo! Tanto cinismo me llega a provocar náuseas. Tanta hipocresía me genera una sensación de rechazo insoportable. La pregunta que me hago es si son tan imbéciles o si simplemente se esfuerzan por parecerlo. Por desgracia, ninguna de las dos respuestas me da esperanzas. Estamos perdidos.