Jóvenes, entre la extrema derecha y el antifascismo

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23/10/2026 - 22:11 h

Durante mucho tiempo, los jóvenes habían sido la reserva natural de las causas progresistas: el antifascismo, el feminismo, el ecologismo y los derechos sociales. Hoy, esta certeza se ha resquebrajado. En las nuevas generaciones vemos una gran polarización. Ante las concentraciones de la extrema derecha –con mucha presencia de jóvenes–, hay manifestaciones antifascistas protagonizadas por otros jóvenes. En cualquier caso, no se puede menospreciar el hecho de que una parte significativa de esta generación se acerque a la extrema derecha y lo haga, además, de manera creciente. Esta polarización –que se ha percibido en Madrid los días de la visita del presidente argentino, Javier Milei; en Baleares ante la presencia del líder de Vox, Santiago Abascal; en Francia y en Italia, entre otros países europeos– demuestra que la juventud no piensa con una sola voz. Lo que comparte, eso sí, es algo más profundo: el malestar.

Los jóvenes tienen motivos para estar enfadados. Son una generación que ha crecido con la crisis de 2008, con la precariedad laboral y con la sensación de que estudiar, formarse y trabajar ya no garantiza poder construir una vida autónoma. En Baleares, esta frustración tiene una expresión especialmente cruda por el hecho de que la vivienda se ha convertido en un bien inaccesible para la inmensa mayoría de los jóvenes de unas islas que soportan la saturación turística, alimento de buena parte de las tensiones sociales. Es muy legítimo que estén enfadados. El problema es quién capitaliza este malestar y hacia dónde lo conduce.

La extrema derecha ofrece una respuesta tan sencilla como peligrosa a problemas que son extraordinariamente complejos: de casi todos los males que te afectan, el culpable es el inmigrante; si tu sueldo no te permite emanciparte, alguien más te ha quitado lo que te corresponde; si el sistema no funciona, hace falta mano de hierro; si las instituciones fallan, mejor el autoritarismo. Las redes sociales tienen un papel decisivo. Vox ha aprendido a hablar el lenguaje de la generación Z: mensajes cortos, provocadores, emocionales y fáciles de compartir. De ahí surge la paradoja inquietante, porque jóvenes que no han conocido el franquismo reivindican a Franco. No necesariamente porque conozcan o compartan la dictadura, sino porque sus símbolos les llegan fuera de contexto, como una estética de rebeldía contra el sistema.

Las izquierdas deberían tomar nota de esto. No es suficiente con explicar a los jóvenes que se equivocan votando a la extrema derecha. Es necesario volver a darles motivos para creer que la política puede mejorar su vida. Vivienda asequible, salarios dignos, servicios públicos, emancipación, derechos, igualdad y un futuro posible son también política antifascista. Los jóvenes siempre han querido cambiar el mundo, y ahora toca que todos, jóvenes y no tan jóvenes, queramos cambiarlo sin que esto signifique volver atrás.

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