Un lector aprovecha la calma del mar para desconectar de las pantallas.
24/08/2026 - 08:56 h.
Periodista
4 min

Escuchaba Catalunya Ràdio. En una tertulia de jovencitos de estas que ahora se usan y que hablan de redes sociales y de influencers abordaban un concepto que empieza a tomar fuerza incluso entre aquello que hoy en día se llaman ‘creadores de contenido’ y que en otro tiempo se debieron llamar ‘gente con figurón’ o simplemente ‘gentuza’. Decían, los tertulianos, que incluso estos mismos ‘influencers’ que cobran miles de euros por publicar posts donde nos cuelan publicidad oculta de marcas de ropa, de cosmética y de toda clase de productos, ahora resulta que ya están cansados. Sufren ‘fatiga digital’. Uno podría pensar que hablamos de picor en los ojos, dolor de cabeza, cansancio físico y mental... Pero va más allá, la cosa. Se han cansado de ellos mismos y de sus congéneres. No pueden más. Ya hay creadores de contenido que están hartos de tener que crear cada día, y de que cada una de las cosas que viven tenga que devenir un contenido original, entretenido y destinado al goce tedioso de los escrolistas de hoy.

De hecho, los practicantes del scroll también están afectados de angustia digital. La sufren cuando no tienen el móvil en las manos, pero resulta que también sienten esta ansiedad con el dedo pasando mecánicamente por encima de la pantalla táctil de sus terminales. Vendría a ser lo mismo que no hacer nada, pero manteniendo el cerebro ocupado en tonterías diversas, en lugar de cavilar, de pensar, de imaginar o de crear.

Ha sido noticia estos días la vuelta ante los tribunales de la plataforma Meta, propiedad del magnate Mark Zuckerberg y que agrupa, entre otras, las redes sociales de Instagram y Facebook y la aplicación de mensajería rápida WhatsApp. Les acusan de crear entre sus usuarios, especialmente los más jóvenes, una adicción de manera intencionada. Y ciertamente lo consiguen. Quien más quien menos pasa horas delante del móvil o delante de las pantallas de otros terminales donde también tenemos al alcance todos estos mismos recursos.

Se acerca el momento de poner pie firme en las pantallas. Es más difícil de lo que parece. Hoy muchas profesiones, pienso ahora en las mías, la de docente y la de periodista, están estrechamente vinculadas al uso de las pantallas, con todo lo que esto hoy en día puede llegar a implicar. Pero sí, ya han comenzado las prohibiciones de uso de redes sociales antes de los dieciséis años, diferentes normativas europeas han establecido también el regreso a los libros de texto y al papel en detrimento de los ordenadores, chromebooks y otros artilugios digitales. Habrá que ver qué impacto real puede llegar a tener todo esto ante el advenimiento, parece que imparable, de la inteligencia artificial, que en un santiamén se ha adueñado también de nuestras vidas.

Me aparecía no hace muchos días un post de la creadora de contenido Carla Clavera donde se hacía eco de un artículo publicado en La Vanguardia por Laura Freixas. ‘La belleza del mundo’, lo titulaba. ¡Oh! “La belleza del mundo es la que pone el hombre”, ya lo dijo en su momento nuestro Miquel Àngel Riera, en aquella reivindicación vitalista y profundamente humanista de aquel libro precioso titulado La belleza del hombre.Ahí decía, Freixas, en aquel artículo, que los autores del siglo XX tenían la extraña capacidad de disfrutar del mundo con el oído, la vista, el tacto, el olfato. Entonces, sin embargo, no era, extraña. Es ahora, que ha vuelto. Es ahora que los autores han dado prioridad a las ideas y a las abstracciones y han obviado la belleza natural de la concreción. ¿Qué lo ha hecho? La tecnología. Los lectores del siglo XXI, incluso quienes nos subimos durante el siglo pasado, estamos sedientos de acción. La descripción pausada nos aburre. Nos hemos reeducado en la intensidad y hoy somos incapaces de abrazar la literatura extensa, las películas largas, las conversaciones distendidas.

Y es así que este acceso manipula la información, esta vida algorítmica en la que estamos inmersos ha convertido aquello que debería ser la masa crítica en un ejército manso de títeres de cuerda acostumbrados a oír solo aquello que les gusta oír. Pla decía que “es mucho más difícil describir que opinar”, y quizás es por eso que hoy, a golpe de grito digital, todo el mundo se siente legitimado para opinar, incluso sabiendo que cuando lo hace contradice la vera realidad. Facebook y Twitter son hoy selvas de odio, edenes del absurdo donde parece que solo prospera quien más desbarra.

La iniciativa de este verano de cenas al fresco en las calles de Palma cobra un doble valor: por un lado, la recuperación de los espacios que antes eran de los residentes; pero por otro, también, la convivencia vecinal, la fortuna necesaria de saber quién vive cerca de nuestra casa. Las redes nos han abducido, nos han alejado del otro y nos han convertido en pulpos digitales y solitarios con una pantalla en cada tentáculo. Individualismo y soledad: la receta del capitalismo del Gran Hermano para evitar cualquier intento de rebelión.

Quizás lo sabremos parar, quizás cada cual desde su rincón sabrá frenar la dependencia de la luz de las pantallas y reconciliarse con la claridad generosa del mundo. Volvamos a la paz de los libros y los balancines, a la calma del mar al amanecer, al canto lejano de las lechuzas que corren por dentro el rastrojo de la noche.

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