Que la muerte nos encuentre de vacaciones
Morir puede ser cuestión de un instante, pero desaparecer de la vida de los otros es un proceso mucho más largo
Mi abuela, Hortensia, se desvaneció, difuminando aún más la frontera entre la vida y la muerte. ¿Desde cuándo ya no estaba? ¿Es que ha llegado a romperse del todo? Su existencia se ha ido haciendo cada vez más amplia, como si la despedida la hubiera diluido en pequeñas dosis, volatilizada del todo. Yo creo en su omnipresencia y en la de su bastón, que siempre acaba por pillarnos a todos. Al final, ha conseguido vivir en nosotros, el único lugar donde sabemos que aún podemos buscarla, en todas sus versiones, antes de que fuera un borrador de sí misma.
Dentro de mí, la encuentro preparándome un plato de sopa, del cual yo primero beberé el caldo con una pajita y luego me comeré la pasta; removiendo los troncos de la chimenea, cautivada por las llamas del fuego; o metida dentro del huerto hasta los tobillos, removiendo la tierra, azada en mano. Dentro de mi padre sé que está de más joven, bajando Jaume III, con los siete hijos repartidos en las dos manos, como dos manojos de globos; y también de mucho más mayor, regalándole uno de sus últimos momentos de lucidez, también con los dedos entrelazados.
No sé cuánto tiempo duran estos limbos entre que se pierde la vida y que estamos muertos. En la funeraria, que son más expertos en estas cosas, deben haber calculado que entre tres días y una semana, que es lo que duran las gestiones posteriores a la llamada a la aseguradora. Esto es lo que pienso en los viajes en coche de mi casa a casa de mi padre y de casa de mi padre al tanatorio, durante los cinco días hábiles que parece que necesita una persona para morirse del todo, al menos en el plano físico. Figuradamente, calculo que los plazos son más laxos y que se extienden entre una semana y toda una vida.
“Sí, hoy tanatorio, mañana incineración y el viernes entierro. Qué se hacen pesados estos días”: por si la vida se nos hace corta o se nos hace larga, al menos tenemos esta semana tan inconveniente, que nos arraiga a la pérdida. Porque incluso la muerte, como un día festivo de Navidad, tiene que caer bien en el calendario. Ni siquiera la muerte se exime de la tiranía de la pertinencia, como una llamada sin avisar, como una visita por sorpresa. “No me viene nada bien esto ahora”. Hemos acabado equiparando la importancia de la muerte con la de una reunión de trabajo o un viaje. “Menos mal que ha sido ahora, que ha coincidido que estabas aquí, y no en Barcelona, o de vacaciones”, me he encontrado diciéndome a mí misma, a una amiga, buscando consuelo en la posibilidad de velar a nuestros muertos.
Trámites, gestiones, papeleo. La frialdad de la burocracia nos obliga a estar disponibles emocionalmente. Quién nos lo iba a decir. Un proceso largo y tedioso que crea nuevas rutinas para no volverlas a usar nunca más. Horarios, personas y recorridos ubicados en momentos de la semana que no les pertenecen, donde normalmente solo hay lugar para trabajo, escuela, gimnasio, compra, lavadoras. Pero ahora no. La vida se retuerce tomando formas desconocidas, oprimiéndonos contra la realidad, para que la tengamos bien delante. Nos acostumbramos, hacemos silencio. ¿Y todo para qué? La muerte es la cosa más anticapitalista que nos puede pasar. Todo lo que podamos hacer es improductivo, a simple vista: una inversión a fondo perdido. Por eso es también la cosa que mejor calibra nuestra humanidad, nuestra decencia.
En una última acrobacia de oportunismo, mi abuela consiguió que la noticia de su muerte nos llegara entre media hora y una hora después de que acabara la final del mundial, como una deferencia, como si eso nos importara mucho a todas. Es curioso cuando la vida tiene estas cosas y te recuerda que siempre estás a una llamada de distancia de dar la vuelta hacia Son Espases. Que podemos partir muy pronto, pero que morir ya es otra cosa.