Javier Inés, la fotografía antes de la ciudad olímpica
La obra de este fotógrafo fallecido en 1991, a 35 años, reaparece en el Claustro de Sant Domingo de Pollença y rescata a la Barcelona creativa de los ochenta
PalmaHay nombres que forman parte del relato de una ciudad aunque durante años hayan permanecido en silencio. El del fotógrafo Javier Inés es uno, y no porque fuera una figura marginal, sino, precisamente, por el contrario: porque durante un tiempo estuvo del todo, integrado en la Barcelona creativa de los años ochenta, fotografiándola desde dentro y porque su trayectoria se interrumpió de forma abrupta cuando aún tenía mucho que decir. Hoy, cuando su obra vuelve a ver la luz en Pollença, en una muestra en el Claustro de Sant Domingo hasta el 6 de abril, nos preguntamos por qué un fotógrafo como él desapareció del mapa durante décadas.
Javier Inés nació en Zaragoza en 1956 y murió en Barcelona en 1991, a tan sólo 35 años, víctima del sida. En ese momento, la enfermedad era todavía una condena casi segura y, con su muerte, se perdió también una carrera que apenas empezaba a consolidarse. Inés no sólo murió joven, sino que lo hizo justo cuando la ciudad que él había retratado se preparaba para dar un salto definitivo hacia la modernidad olímpica.
Antes de eso, Javier Inés ya había dejado huella. No era un desconocido. Publicaba en revistas como Ajoblanco, La Vanguardia, Vivir en Barcelona o Primera Línea, y sus retratos circulaban en un momento en el que la fotografía tenía un papel central en la construcción de imaginarios y tendencias culturales. Retrataba a artistas, arquitectos, diseñadores y políticos, pero también a personajes de la noche, gente que no solía ocupar espacios de prestigio. Su fotografía no hacía distinciones.
Antes de morir, Inés pidió a su pareja, Juanjo Rotger, que no dispersase su archivo. Que lo guardara, que cuidara de esas fotografías porque, algún día, alguien las sabría mirar. Rotger cumplió esa promesa. Primero en el piso que compartían en Barcelona, después, en su casa, en el Port de Pollença. Conservó durante décadas un fondo de más de 10.000 imágenes. Sin prisas. Sin saber cuándo –ni si– llegarían a salir de las cajas.
Fotografiar desde dentro
Para entender a Javier Inés hay que entender la Barcelona que fotografió. No es la ciudad de las postales ni la del relato institucional posterior a los Juegos Olímpicos. Es una Barcelona previa, nocturna, contradictoria, creativa, que todavía no se había ordenado por completo. Una ciudad en la que la cultura, la fiesta y la precariedad convivían.
Inés no miraba esta ciudad desde fuera. Formaba parte de los mismos ambientes que retrataba. Hacía de camarero en locales como KGB, Universal o Distrito Distinto, espacios clave de la noche barcelonesa de los ochenta. Allí, observaba, hablaba, escuchaba y después fotografiaba. Esto explica una parte importante de su estilo: la proximidad. Sus imágenes no tienen distancia ni superioridad moral. No juzgan, no ridiculizan, no exageran la marginalidad.
La también fotógrafa Colita, que le conoció y fue clave en la recuperación de su obra, lo resumía de una manera muy clara: Javier Inés supo fotografiar la Barcelona underground "sin meterle el dedo en el ojo". Es decir, sin querer provocar gratuitamente, sin convertir a sus personajes en caricaturas. Éste es uno de los grandes rasgos de su trabajo: el respeto.
Por delante de su cámara pasaron figuras muy diversas. Desde personajes de la noche del Raval, como la prostituta Mónica, hasta escritores, artistas o políticos como Pasqual Maragall, que participaban de una ciudad que empezaba a creer en sí misma. Todos son fotografiados con el mismo interés, con el mismo cuidado por el gesto, por la mirada, por el momento.
Inés buscaba algo más que un correcto retrato. Lo dijo él mismo: no se conformaba con hacer una fotografía, quería ir más allá, hacer aflorar un misterio, algo de magia. Esto se nota especialmente en los retratos en blanco y negro, pero también en su trabajo en color, sobre todo el que hizo en Ibiza, donde la luz y los cuerpos adquieren otra dimensión.
La exposición que ahora se puede ver en Pollença muestra esta diversidad: fotografías en blanco y negro de la Barcelona de los ochenta, imágenes en color hechas entre Barcelona e Ibiza, trabajos vinculados al ballet, fotocollages y una parte muy importante dedicada a los ambientes nocturnos del KGB y el Universal. También se exponen objetos personales, como su primera cámara, que ayudan a construir un relato más íntimo.
Colita, el archivo y el futuro que no fue
Durante muchos años, la obra de Javier Inés quedó fuera del circuito artístico. No por falta de calidad, sino porque nadie le había reivindicado. El punto de inflexión llega cuando Colita alerta a la galerista Rocío Santa Cruz de la existencia de ese archivo. A partir de ahí, se activa su proceso de recuperación. Santa Cruz, especializada en la difusión de archivos fotográficos históricos y en la recuperación de autores olvidados, entendió el valor del fondo de Inés. Y su obra volvió a circular en espacios como Paris Photo y ARCO, resituándolo en el relato de la fotografía española contemporánea. No como curiosidad, sino como autor con peso propio.
Colita lo decía sin tapujos: si Javier Inés no hubiera muerto tan joven, hoy sería un clásico. Un referente. Su trayectoria se cortó justo cuando empezaba a consolidarse, lo que explica por qué su nombre no tuvo continuidad. Pero su obra está ahí. Y aguanta.
La exposición de Pollença tiene, en este sentido, un fuerte valor simbólico. No sólo porque muestra fotografías, sino porque cierra un círculo. Es en Pollença donde el archivo se ha guardado durante años y es donde ahora vuelve a salir a la luz. El director del Museo de Pollença, Andreu Aguiló, recordó en la presentación de la muestra que una de las funciones principales de los museos es precisamente ésta: dar visibilidad a obras que lo merecen y que, por distintos motivos, han quedado fuera del foco. Durante los próximos meses, el claustro de Sant Domingo acoge una exposición que no mira al pasado con nostalgia, sino con voluntad de comprensión.
Observar hoy las fotografías de Javier Inés es también pensar en todo lo que pudo ser. En una carrera que no tuvo tiempo de madurar por completo. En una mirada que hoy sería imprescindible para entender de dónde venimos. Quizás él no llegó a ver el reconocimiento. Pero sus imágenes, por último, han vuelto a hablar.