Una flor no hace verano
La Muffati-Orquesta Barroca de Bruselas ofrecieron el penúltimo concierto del Festival de Pollença
Penúltimo concierto de una edición, a cargo de las Muffati-Orquesta Barroca de Bruselas, hasta entonces inmaculada y con uno de los conciertos que para algunos era casi la guinda de un grandioso pastel. Una velada íntegramente dedicada a quien lo fue todo, Johann Sebastian Bach, con un programa sabroso y rico, como una pequeña gran demostración de la indiscutible condición de gran cappare de la historia de la música. Por ejemplo, con la primera pieza, el Concierto de Brandeburgo núm. 5 en re mayor BWV 1050, el cual atesoraun primer movimiento majestuoso y original, la impecable combinación de los diferentes instrumentos solistas, clave, flauta y violín coronada por una innovadora cadencia de sesenta y cuatro compases a cargo del clave, el cual hasta en aquellos momentos de la historia solo se encargaba de ejercer de fundamental pero poco ostentoso bajo continuo. Tan solo con este Allegro inicial teníamos suficientes ingredientes para disfrutar de valentía. No fue así. Justo cuando casi había comenzado, un golpe de viento hizo volar las partituras de Frank Theuns y quizás aquí los elementos se aliaron en contra de cualquier posibilidad de disfrute. La esperanza estaba depositada en la cadencia, pero tampoco. Violaine Cochard, en el momento álgido de su intervención, parecía perseguir las notas como si fuera una carrera de obstáculos para conseguir cuadrarlas con las que venían de origen; valga decir que una tarea casi imposible sin la (sobre)dosis adecuada de virtuosismo. Resulta fácil imaginar que no era sencillo ordenar el desbarajuste.
Todo mejoró exponencialmente con la Suite núm. 2 Overtüre BWV1067 como sihubiera llegado la calma tras el torbellino que había provocado el descalabro sobre el escenario. Un reto al final de la pieza para el traverso barroco de Frank Theuns, del cual salió con bastante buena fortuna. Todo parecía en su sitio, quizás faltaba un poco de intensidad y un poco de volumen al flautista.
La segunda parte la iniciaron con la Suite orquestal en re mayor BWV 1068, que incluye la famosa Aria, el segundo movimiento, de una magnificencia que quedó reducida a su mínima expresión. Todo muy plano, monocolor, cuando este primer movimiento pide vigor y energía para contrastar con la delicadeza del siguiente. Ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Cumplieron sin momentos a destacar con el Triple concierto para clavecín, flauta, violín, cuerdas y bajo continuo en la menor, BWV 1044, una pieza con la que deben hacer surgir momentos de gran belleza, precisión e intensidad para cada uno de los instrumentos solistas, pero de nuevo la flauta no pasaba de una muy escasa posibilidad de audición y la comunión entre los tres instrumentos solistas surgió como un ensayo, carente de alma.
No fue un buen concierto, con bis incluido, una correcta adaptación e interpretación del Concierto para tres clavicémbalos en re menor, de Bach, claro está. Los astros no fueron propicios. A veces pasa, pero una golondrina no hace verano.