La trampa de la corrección: ¿qué significa que una frase sea ‘correcta’?
Cuando decimos que una frase es ‘correcta’, podemos hablar de cosas muy diferentes: de gramática, de normativa, de frecuencia o, simplemente, de si nos suena bien
Imagínense que están en una terraza, con el calor pegado a la piel, un vaso con hielo delante y preguntan a sus acompañantes si quieren ir a nadar. Hay uno que responde: “No, gracias. En consecuencia, procederé a abandonar el establecimiento”. Seguramente le mirarán extrañados, y no porque no hayan entendido la frase ni porque haya ningún problema con la sintaxis, sino porque es difícil imaginar que alguien hable así en esa situación. Lo más probable habría sido que hubiera dicho “No, me voy a casa” o simplemente “Yo me voy”.
Aquí tenemos una pequeña paradoja lingüística: hay frases que son gramaticales, pueden ser normativas y, sin embargo, hay contextos en los que prácticamente nadie las diría. ¿Esto significa, sin embargo, que la frase no es correcta? De hecho, ¿qué queremos decir exactamente cuando decimos que una forma lingüística es ‘correcta’?
Ciertamente, esta palabra es muy útil en muchas situaciones. Si una operación matemática da el resultado esperado, podemos decir que es correcta. Si una respuesta coincide con la solución de un examen, también. Ahora bien, con la lengua la cosa es más complicada. Cuando decimos que una frase ‘no es correcta’, podemos querer decir que no está bien formada, que no forma parte del estándar, que es poco habitual, que no encaja con la situación o, simplemente, que a nosotros nos suena rara. Y estas cosas no son equivalentes.
Una de las distinciones que nos puede ayudar es la que hay entre gramaticalidad y normativa. La gramaticalidad, en el sentido que interesa a la lingüística generativa iniciada por Noam Chomsky, tiene que ver con el conocimiento que tenemos de nuestra lengua sin saber que lo tenemos.
Frases infinitas
Así, no necesitamos haber oído una frase antes para saber si está bien construida. Si alguien dice, por ejemplo, “Mañana tomaré sandía para merendar bajo la morera de la piscina de Vilaverd”, probablemente entenderemos perfectamente qué hará, aunque sea una frase que no hayamos oído nunca. En cambio, si dice “*Mañana sandía para tomaré merendar morera la bajo” (el asterisco marca la agramaticalidad), no necesitamos consultar ningún diccionario ni esperar que el Institut d’Estudis Catalans publique una nota de urgencia para detectar que aquello no funciona: simplemente lo sabemos.
Esto es interesante, porque nadie nos ha enseñado todas las frases que podemos decir. No ha habido ningún momento de nuestra infancia en que alguien nos haya entregado un manual con todas las combinaciones posibles del catalán y nos haya dicho que las estudiáramos bien porque al día siguiente habría un examen. Al fin y al cabo, sería imposible hacerlo. Las frases que podemos construir son potencialmente infinitas: cada día podemos producir nuevas, y lo hacemos sin pensar mucho en las reglas que nos permiten formarlas.
Precisamente es esta capacidad la que está detrás de la idea de competencia lingüística: tenemos un conocimiento implícito de la lengua que nos permite construir, interpretar y juzgar frases que no habíamos oído antes. Y este conocimiento no es lo mismo que el conocimiento de la normativa.
Un niño, por ejemplo, puede producir una forma que no encontraremos en la lengua estándar y, sin embargo, estar demostrando que ha entendido cómo funciona una regla de su sistema lingüístico. Por ejemplo, cuando un niño dice que ‘ha *descubierto’ una cosa, no está demostrando que no sabe catalán, sino que más bien está demostrando que ha detectado un patrón (si decimos ‘partit’, ‘dormit’ y ‘sortit’, quizás ‘*descobrit’ también debería funcionar).
La normativa, en cambio, no nos dice qué frases puede generar el cerebro de un hablante, sino qué formas se consideran adecuadas en un determinado modelo de lengua, especialmente en los usos formales y estándar. Es una convención social, con una historia, unas instituciones y unas decisiones detrás.
La normativa, pues, no es la lengua entera, sino una selección y una codificación de determinadas formas y usos que consideramos adecuados para determinados contextos. Una forma puede existir perfectamente en la lengua de una comunidad aunque no sea la que encontramos recomendada para el estándar. Y, a la inversa, una forma normativa puede ser poco frecuente o poco natural en una conversación concreta.
Aquí es donde la corrección empieza a darnos una pequeña trampa. Así, cuando clasificamos una frase simplemente como correcta o incorrecta, corremos el riesgo de ocultar qué es exactamente lo que estamos juzgando.
Quizás alguien dice algo que no nos gusta y enseguida decimos que ‘no es correcto’, cuando quizás lo que queremos decir es que nosotros no lo decimos, que no es habitual en nuestro hablar o que no lo diríamos en aquella situación. Hay que tener en cuenta que una cosa es que una construcción sea imposible para la gramática de una lengua; otra, que sea posible pero no forme parte del estándar, y otra, aún, que sea estándar, pero que suene como si hubiera salido de un documento administrativo en medio de una cena entre amigos.
Registro y frecuencia
Si volvemos a la frase del principio (“En consecuencia, procederé a abandonar el establecimiento”), no es lo que saldría de la boca de nadie en un contexto informal, aunque no haya ninguna agramaticalidad ni ninguna forma no normativa. En este caso, de hecho, la diferencia no es de gramática ni de normativa, sino de registro, de frecuencia y de adecuación.
Por eso, cuando una frase nos chirría, puede ser útil detenernos antes de sacar el cartel de la incorrección. Quizás es agramatical, pero quizás es normativa y simplemente muy formal. Quizás es gramatical en una determinada variedad y no en la nuestra. Quizás es posible, pero poco frecuente. O quizás es perfectamente adecuada en un contexto y ridícula en otro.
Por eso que la idea de corrección se queda pequeña. Nos obliga a poner dentro de una misma categoría fenómenos que tienen naturalezas muy diferentes. Es como si solo hubiera dos opciones (estar ‘bien’ o estar ‘mal’), cuando una lengua es mucho más interesante que eso.