Seamos sinceras, nada mejor que el cumplimiento de otra mujer

Últimamente, tengo la sensación de haber creado una caja de resonancia con las mujeres de mi entorno, haciendo que el mundo suene algo más como nosotros. Y, por un momento, consigo exorcizar la creencia stanissa de que sólo había sitio para una.

Siente que forme parte de un tejido de mujeres tan poderoso como la corte 'Marie Antoinette'.
08/02/2026
4 min

PalmaHay muchas razones por las que admir mi prima. Pese a ser cuatro años menor que yo, siento que me costaría muchísimo aleccionarla de nada. Se me caería la cara de vergüenza de tener que enseñar cualquier cosa a ese pedazo de mujer. A ella, que a sus 26 años tiene el mismo espíritu de supervivencia que una madre soltera, divorciada, con cuatro hijos. A ella, que parece que nació con media vida vivida, que la adultez le llegó a los 18. "Es un milagro que haya salido tan bien", me dice siempre, con ese humor negro que le vino de serie con su pierna brasileña. Y es cierto. Me gustaría decir que la defendería ante cualquier cosa y cualquier persona, pero lo cierto es que nunca me ha dado la oportunidad de hacerlo. Ella es lista, rápida, viva. Su vida es un "serial mexicano" –dice también–, pero ella corre más que las desgracias. Quizá sea por eso que ha sido bendecida con un corpiño muy pequeño, pero también una mirada aguda y un juicio protector, que hacen que casi todo el mundo la tome por lo que no es y –enseguida– se dé cuenta. De hecho, mi foto preferida del mundo es una donde salimos una al lado de la otra –yo, a 10 años, y ella, a 6–, con un nivel de desarrollo físico tan desproporcionado que yo, a su lado, parezco un gigante, a punto de aplastar a un enano.

Admir su autosuficiencia. Su capacidad de gestionar la vida, con más bastones en las ruedas que ayuda, es un misterio para mí. Siente que sus años son como los de un perro, que valen por siete. Si no, no me explico que ella sepa mucho más de qué va este mundo que yo, con 30 años. Y, aun así, nunca encuentro resentimiento en ella. Cualquier calamidad se resume en un "y no te creerás lo que me ha pasado". Y ya está. Tiene conciencia y memoria, pero no pesar ni orgullo. Sabe distanciarse de quien no le conviene, pero tampoco se hace mala sangre. No tiene tiempo para eso. Ella prefiere dedicarlo a lo que importa: ser un ama de su casa o partir de festival tres días. Éstas son sus dos personalidades: una madrina de 70 años, cuando invita a su hermano pequeño para aviciarle; y el adolescente que nunca pudo, cuando se viste más rajita que Bad Gyal para un concierto. Y por eso, también, el admir.

Entre nosotros, nos decimos todo lo que no somos capaces de decirnos a nosotros mismos.

Sigilosas, como un zorro, amordazamos la voz interna de la otra

No sé si ella lo sabe, todo lo que pienso. Y no es justo. Ella siempre tiene palabras buenas para mí, palabras que me hacen dudar aún más que yo sea la prima mayor, palabras de agradecimiento y admiración que sólo la madurez te enseña. Ella no es atenta por educación, lo es por naturaleza, porque no le ha quedado más remedio. Ella es la muestra de por qué yo quiero la admiración de las mujeres, mujeres como ella. Quiero su aprobación, exigente, medida. Y su reconocimiento, sincero y humilde. Como cuando, por ejemplo, la tengo al lado y siente sus ojos escaneándome, justo antes de decirme, muy concentrada: "Te ha quedado muy bien hoy la raya de los ojos, eh, muñeca", sin dejar de asentir, con las cejas fruncidas.

Éste es el nivel de admiración al que aspiro, a la de mujeres como ella, que codifican su nivel de exigencia en la precisión de sus cumplimientos. Todas lo sabemos: nos decimos unas a otras lo que no somos capaces de decirnos a nosotros mismas. Sin saberlo, actuamos como un espejo. Nos intercambiamos los reflejos para ver si encontramos a alguna parte de nosotros en la otra. Nos alabamos tanto como nos esforzamos con nosotros mismas, como queriendo decir, necesitadas: "Qué bien que lo haces, espero que lo sepas". Hacemos de hadas protectoras, nos metemos –sigilosas y astutas como un zorro– en la cabeza de la otra para amordazar su voz interna.

No era cierto que sólo había sitio para una, cuanto más seamos más sitio haremos para las demás.

Y lo más importante: lo hacemos tanto en público como en la intimidad. Últimamente, tengo la sensación de haber creado una caja de resonancia con las mujeres de mi entorno, donde lo que nos preocupa y nos importa suena de cada vez más fuerte: qué pasa con nuestras amigas, porque estamos constantemente agotadas, cómo volver a disfrutar de las pequeñas cosas… Veo, escucho o leo como citamos a lo que dijo una a las que nos explica una exponencialmente nuestra voz, haciendo que el mundo suene algo más como nosotros –como nuestras canciones, nuestro humor, nuestros libros. Y, por un momento, consigo exorcizar la creencia standing que sólo había sitio para una, que no podía haber más de una haciendo o diciendo una misma cosa. En realidad, estábamos fallos: no es que haya espacio para todas, es que cuanto más seamos –admirándonos, citándonos, escuchándonos– más sitio estaremos haciendo para todas.

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