El Huerto del Rey: la historia escondida detrás de los jardines más emblemáticos de Palma

Hace 60 años del proyecto de Gabriel Alomar Esteve que recuperó este espacio de Palma como zona verde

Teatro Lírico y hotel Alhambra, en el actual Huerto del Rey de Palma, en 1920.
25/04/2026
7 min

Palma¿Qué hacen unos jardines que parecen sacados de Granada en el corazón mismo de Palma, al pie de la Almudaina y a unos pasos del Born y del mar? ¿Y más cuando la gente mayor de Ciutat todavía recuerda que aquí mismo, en el Huerto del Rey, estaban el teatro Líric, el hotel Alhambra, el mítico café Riskal... Lo cierto, sin embargo, es que con la demolición de aquellos edificios se recuperó como zona verde lo que ya lo había sido en la Edad Media, solo que esta vez no se hizo para disfrute de un monarca, sino de toda la ciudadanía –y turistas, claro. Recordamos la historia del Huerto del Rey cuando se cumplen sesenta años del proyecto que el arquitecto Gabriel Alomar Esteve hizo en 1966 y que preveía la recuperación de aquel espacio.

No sabemos exactamente de cuándo dataría el Huerto del Rey originario, que formaba parte del conjunto del palacio real, la Almudaina. Según puntualizan Aina Pasqual y Jaume Llabrés, este comprendía dos zonas de jardín: el Huerto del Señor Rey, fuera de los muros, y el Prado del Señor Rey, en el interior. Este último es el único jardín del pasado que ha llegado a nuestros días, si bien se ha perdido una parte para habilitar un aparcamiento.

Consta que, a principios del siglo XIV, en el Huerto del Rey había naranjos, limoneros, ciruelos, laureles y cipreses, y se cultivaban cebollas, coles, espinacas, perejil, rábanos, lechugas y acelgas. Ciertamente, era más huerto que jardín. En 1309, un esclavo, Ahmed, llevaba cepas para plantarles vid, lo que no deja de ser una paradoja, ya que, como es sabido, los musulmanes tienen vedado beber vino, y este, por su nombre, lo debía ser.

Interior del café Riskal, antes Alhambra.
Otra imagen del Interior del café Riskal.

En los jardines de la Almudaina no solo vivían especies vegetales, sino también animales. Del 1338 hay noticias de osos, lobos y simios. También consta la cría de conejos, blancos y negros, algunos de los cuales servían de regalo para cuidar la buena sintonía con el rey de Túnez. En 1381, los jurados, equivalentes a los actuales regidores de Palma o consejeros de Mallorca, lanzaron la voz de alarma porque el agua de la Fuente de la Vila no llegaba al Huerto del Rey, cosa que podía representar que los árboles y plantas del jardín murieran de sed.

¿Cómo era aquel Huerto del Rey originario? Hacía una traza rectangular, más o menos como ahora, a lo largo de la fachada occidental de la Almudaina, cerrado con una pared, con un surtidor en el centro y un lavadero que, en el lado sur, le servía de límite y lo separaba de la atarazana, cuyo arco, por cierto, ha sufrido en la actualidad un grave deterioro, según denunciaba hace unos días la entidad conservacionista ARCA.

Cines, un teatro, un hotel y un café

Este aspecto parece que no varió mucho a lo largo de cinco siglos. Un cuadro anónimo de 1647 muestra aquel jardín, dividido en parterres. En 1834 se sustituyó la pared por una reja de madera, y esta por otra de hierro, en 1882. El archiduque Luis Salvador dejó constancia del Huerto del Rey tal como era hacia aquella misma época, con árboles, farolas y una balaustrada. Recogía cómo “se ha cedido a un empresario por varios años para construir un circo”, cosa que le debió resultar chocante al aristócrata ecologista. Era el Teatro Circo Balear, que sólo se mantuvo una veintena de años.

La intervención decisiva en lo que habían sido los jardines reales vino a cargo del polifacético empresario Josep Tous Ferrer, que en 1900 consiguió la cesión de aquellos solares y levantó el primer cine de la historia de las Islas, el Cinematógrafo Balear, además del Teatro Lírico y el hotel Alhambra con el café del mismo nombre, después rebautizado como Riskal. En 1903 se abrió un segundo cine, el Cinematógrafo Truyol, creado por el fotógrafo Josep Truyol, que tenía su estudio en la misma zona. Ahora bien, fue el Lírico el que acabaría absorbiendo las proyecciones cinematográficas.

Aquel conjunto de locales –teatro, hotel y café–, jugó un papel relevante en la vida social de Ciutat a lo largo de seis decenios. Era, como lo define José Carlos Llop, “la avanzadilla de una imposible ciudad burguesa”. El Riskal se convirtió en santuario de las tertulias de Llorenç Villalonga, a las que asistían personalidades de la Mallorca del momento tan notables como Camilo José Cela, Jaume Vidal Alcover, Llorenç Moyà, Joan Bonet y Guillem Frontera, y alguien de paso, como el periodista y escritor César González Ruano.

Según Luis Fábregas, en el lugar que había sido el Hort del Rei también se instalaron el garaje Gomila, el Círculo de Bellas Artes y comercios y oficinas como la joyería La Marina de Bartomeu Pomar, una pastelería y los despachos de la Compañía de Vapores Tayá y de la agencia Schembri. En el edificio del Riskal tenía su consulta el oculista Comas, que debía ser una eminencia. En uno de los extremos se ubicaba el cuartel de caballería, feo como un pecado, pero del cual salían a dar un paseo los caballeros de la Cruz de Sant Jaume, con sus elegantes uniformes, que eran la admiración de la concurrencia.

Huerto del Rey de Palma.

Ahora bien, aquello era una concesión, y tarde o temprano había de revertir a la ciudad. Tan pronto como en 1936, ahora hace noventa años, el Ayuntamiento de Palma organizó una exposición de propuestas para el conjunto de la fachada de la muralla. Hacia los años cuarenta, compareció quien había de ser un personaje esencial en el retorno del Huerto del Rey a sus funciones primigenias: el arquitecto Gabriel Alomar y Esteve (1910-1997), sobrino del político y escritor del mismo nombre y primer linaje.

Los jardines vuelven a ser jardines

El arquitecto Alomar fue el redactor del Plan general de 1943, del cual probablemente su intervención más destacada sería la apertura de la actual avenida de Jaime III. Aquel plan, la mayor parte del cual nunca se llegó a llevar a cabo, ya preveía una zona verde –Alomar era un reivindicador de aquellos espacios para esparcimiento de la ciudadanía– donde todavía se levantaban el Líric, el Alhambra y el Riskal.

Pero, como estamos en Mallorca, estas cosas nos las tomamos con la secular calma isleña. No fue hasta 23 años más tarde, en 1966, hace ahora seis decenios, cuando Alomar redactó el proyecto del nuevo Huerto. Aquel mismo 1966, la piqueta pasó por encima del cuartel de caballería, cuyos terrenos ya habían sido cedidos por el gobierno estatal al Ayuntamiento de Palma. Y en los años sucesivos cayeron a tierra teatro, hotel y café, sin que nadie levantara protesta alguna, lo cual tampoco habría sido muy recomendable, en plena dictadura franquista. Eso sí, fue motivo de una cierta tristeza nostálgica entre aquellos que habían conocido los tiempos de esplendor.

Para el recuperado Huerto del Rey, el arquitecto se inspiró en una recreación de cómo debía ser el antiguo palacio real de Cayetano Socias, de 1852, y en los jardines de estilo andalusí de Granada y Sevilla. Esto no era ninguna extravagancia, ya que el huerto correspondiente a los tiempos de la dominación islámica probablemente no tendría un aspecto muy diferente: de aquella etapa han llegado hasta nuestros días dos leones de mármol, que debieron servir como elementos decorativos del jardín.

Huerto del Rey de Palma.

El especialista en jardinería Francisco Prieto-Moreno firmó el proyecto con Gabriel Alomar, mientras que Antoni Alomar, hijo del arquitecto, se encargó de la dirección de las obras. Ninguno de los dos diseñadores cobró ni un duro, mientras que la intervención ascendió a veinticinco millones de pesetas, unos 150.000 euros actuales. La inauguración se realizó el 27 de mayo de 1970.

El actual Huerto del Rey integra tres áreas sucesivas: a la entrada, llegando desde el Born, hay unas cañerías de agua con escudos de armas, muy en consonancia con la pasión que sentía Alomar por la Edad Media. Aquí está Nancy, el móvil que el escultor Alexander Calder, buen amigo de Joan Miró, regaló a Ciutat en 1973. Sin embargo, el Ayuntamiento, por supuesto todavía franquista, no mostró mucho interés por aceptarla. No fue hasta 1994, después de sufrir una agresión y de pasar unos cuantos años en los almacenes municipales esperando su restauración, que fue ubicada en el emplazamiento actual.

La parte central del Huerto del Rey, que ciertamente recuerda mucho los jardines árabes de Granada, se cierra con la escultura Jónica, de Josep Maria Subirachs, de 1983, con unos versos de Kavafis inscritos. Mientras que en la zona limítrofe con el arco de la dracena, cerca del estanque que antes estuvo poblado por una pareja de cisnes, está, desde 1970, el Foner en bronce de Llorenç Roselló. Es una pieza que también pasó sus vicisitudes, porque perdió la honda y pasaron años hasta que la recuperó, también en 1994.

Anselm Turmeda, hacia 1398, cantó las excelencias de aquel Huerto del Rey que él debió conocer en persona, con “frutales de todas maneras”, “flores que refloreciendo florecían”, “rosas blancas y rojas y de otras flores bellas” y “manzanas de amor y moreras”. Aquel paraíso, con el paso del tiempo, cedería su espacio a unos lugares de encuentro que, en su momento, tornaron míticos. Esto, para después volver, como movidos por la rueda del tiempo, al punto de partida: estos jardines de quitar y poner que son el Huerto del Rey, ahora habitados, sobre todo, por los turistas.

¿Qué rey se ha paseado por el Hort del Rei?

No, no os imaginéis a los monarcas de la dinastía citada propia de Mallorca –Jaume II, Sanç I y Jaume III– paseando por aquel Hort del Rei medieval de Palma, porque es poco probable, ya que no estaban prácticamente nunca en Mallorca. Preferían quedarse en sus dominios continentales, en Perpiñán. Lo que sí hizo Jaume II, en 1303, fue disponer el desvío del curso de la Riera, que de vez en cuando se desbordaba. Aquello, como observan Pascual y Llabrés, era un beneficio para la ciudad, pero también –oh, casualidad– para él mismo, ya que el Huerto confrontaba con el torrente, que podía dañar sus jardines. De todas formas, con esa impaciencia que caracteriza a los mallorquines, aquel desvío no se puso en práctica hasta 1613. El resto de monarcas hasta nuestros días apenas han puesto los pies en la Almudaina ni en sus jardines. Llegaron a pasar más de tres siglos sin ninguna visita suya. El mítico príncipe Carlos de Viana, en 1459, tuvo que instalarse allí porque le denegaron el castillo de Bellver. Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII hicieron breves estancias y Juan Carlos I y Felipe VI, como es sabido, han dispuesto de otros jardines, los de Marivent, para dar un paseo.

Información elaborada a partir de textos de Aina Pasqual y Jaume Llabrés, Pilar Simón, Gaspar Valero, Miquel Ferrà i Martorell, José Carlos Llop, Antoni Janer Torrens, Gabriel Alomar Esteve, Lluís Salvador d’Habsburg-Lorena, Miquel dels Sants Oliver, Magdalena Brotons, Luis Fábregas y Cuxart, Valentí Puig, el colectivo Fotos Antiguas de Mallorca (FAM) y la Gran Enciclopèdia de Mallorca (GEM).

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