Observatorio

25 años de la ecotasa, los hoteleros contra el Gobierno

La ecotasa nació como un símbolo de gestión territorial y ambiental y se convirtió en una constante en el debate político sobre el modelo turístico balear

Alomar saluda al entonces presidente hotelero Pere Cañellas, gran opositor de la ecotasa.
09/04/2026
6 min

PalmaImpulsada por Celestí Alomar, conseller de Turismo del primer Pacte de Progrés (1999-2003), se aprobó el día 10 de abril del 2001, hace veinticinco años, un impuesto sobre estancias turísticas, conocido de inmediato como ‘la ecotasa’. Gravaba, aproximadamente un euro por noche, la estancia de los turistas. Con la recaudación se querían corregir algunas externalidades negativas del turismo de masas en las Baleares. No entró en vigor hasta mayo del 2002 a causa de un recurso al Tribunal Constitucional, interpuesto por el gobierno de Aznar. Cuando el Partido Popular ganó las siguientes elecciones, en el año 2003, derogó el impuesto, dado que lo consideraba un freno para la competitividad turística. Quien defendió la supresión del impuesto dijo que no podía calificarse ni de ecológico, ni de medioambiental, y que ni siquiera era una tasa, argumentaba: “No era más que un símbolo de una política de mensajes negativos a lo que suponía el turismo”. Y relacionó la aplicación de la ecotasa con el descenso en la llegada de turistas y con los problemas que había vivido el sector hotelero. El Gobierno de Jaume Matas quiso sustituirla por unas llamadas tarjetas verdes o fundaciones ‘sostenibles’ que tan solo recaudaron miseria.

En el retorno del Pacto de Progreso, el presidente Antich, en 2007, ni quiso acordarse de la 'suya' anterior ecotasa, y así, por elipsis, demonizaba a quien fue consejero de Turismo, Celestí Alomar, cargándole casi en exclusiva la responsabilidad. Las órdenes fueron taxativas: no hacer olas, hacer caso a los hoteleros, perdonarles las culpas. Y no basta la justificación del pacto de gobierno que puso la Conselleria de Turismo en manos de Unió Mallorquina, o la crisis. Decía el presidente Antich, para no volver a poner la ecotasa: “El turismo representa el 60% de la actividad directa y el 80% de la indirecta en las Baleares; por lo tanto, cualquier política debe impulsar el turismo y tener en cuenta su repercusión en el sector. El Gobierno cree en una política de colaboración con los agentes sociales y un criterio de transversalidad”. Muy bien. Pero nada de ecotasas, ya bastó la disputa histórica y sistemática que le plantearon los hoteleros, aliados a sangre y fuego con el Partido Popular. Basta recordar al presidente de la mayor cadena hotelera festejando el nuevo triunfo de Jaume Matas, en 2011, y las declaraciones del hotelero de la cabellera blanca haciendo alarde de los efectos positivos psicológicos. La llegada del nuevo Pacte de Progrés, presidido por Francina Armengol en 2015, la recuperó en 2016 bajo la denominación de Impuesto de Turismo Sostenible (ITS). Un cuarto de siglo después, el impuesto ha sido aceptado por el PP, que en las últimas dos legislaturas en la oposición ha estado redirigiendo sus críticas hacia el uso de la recaudación. En cuanto a la destino de los fondos, uno de los otros caballos de batalla eran o deberían ser: protección, preservación, modernización y recuperación del medio natural, rural, agrario y marítimo, fomento de la desestacionalización, recuperación del patrimonio histórico y cultural, impulso de proyectos de innovación científica, mejora de la formación y fomento de la ocupación en temporada baja.

El valor del paisaje era un argumento para defender la tasa.

Gestión territorial y ambiental

El ecotasa nació como un símbolo de gestión territorial y ambiental y se convirtió en una constante en el debate político sobre el modelo turístico balear. “Los hoteleros urdieron una campaña brutal en su contra”, relataba antes de morir el presidente Antich, que señalaba que, a pesar de tener la opción de cobrarla por módulos, los hoteleros optaron por cobrar por cliente “para así obtener un rechazo mayor”. La guerra por la ecotasa fue enorme, pero ya es historia. Aunque, todavía ahora, el anuncio de la actual presidenta del Gobierno balear, Margalida Prohens, de aumentar el impuesto turístico ha concitado la unanimidad crítica de las tres grandes patronales hoteleras de las Islas: “Perjudicará la oferta legal y dará alas a la oferta ilegal de las casas turísticas”. El jefe de la cadena Meliá, Gabriel Escarrer, afirmó en su momento: “El incremento del impuesto turístico producirá un efecto bumerán (contra el turismo balear), tendrá como resultado un agravamiento de la saturación y que los residentes se harten cada vez más por la situación”. En fin.

Fue la ecotasa, la de 2001-2003, aparte de una recaudación, un catalizador de un debate general sobre la economía y la sociedad de las Islas Baleares. Un debate maniqueo, sin matizaciones, que hizo salir a primera línea el papel de los hoteleros contra el Pacto de Progreso que, según ellos, con la tasa, atacaba sus intereses, que coincidían con los intereses del turismo y, de rebote, con los intereses generales de la sociedad balear. El debate se tiñó de resentimiento. “Nosotros”, venían a decir los hoteleros, “que éramos en el momento adecuado en el lugar adecuado, arriesgando nuestros dineros, hemos conseguido que esta sociedad, atrasada y poblada ‘de indígenas sin zapatos’ –como oí decir a uno–, saliera de su retraso; la situamos en las cotas más altas del bienestar –con algunos efectos colaterales indeseados pero inevitables–, y ahora aparecemos como los malos, discriminados por ser legales, cobradores de tasas, responsables de la destrucción ambiental, depositarios solo de las ganancias”, que, según el ideario popular, invierten en gran parte en el exterior. En el discurso, un factor determinante era el que ellos denominaron su “demonización”, fruto de la toma de posición real, agresiva y a cara descubierta contra el gobierno de izquierdas-verde-nacionalista que se conoció como ‘Pacto de Progreso’.

El Govern dinamita un bloque de apartamentos de Son Serra de Marina con dinero de la ecotasa.

Es cierto que el turismo desarrolló las clases medias, de las cuales Baleares habían carecido. Una de sus innovaciones más singulares. Más que la aportación de una nueva burguesía (hotelera). Si los hoteleros se quieren arrogar el papel de haber servido de viático de este proceso, bien, pero a partir de aquí no vale imponer el axioma de cacique de “no morder la mano, de ninguna manera, de quien te da de comer”. Y lo puedo discutir, incluso, con aquel ditirámbico hotelero que decía –mientras los otros se reían la gracia– por culpa de la ecotasa: “Se tendrá que ir el presidente o matar el consejero”; que era lo mismo que comentaba: “Parecemos subnormales hablando en mallorquín”. Esta, en concreto, no era la burguesía ilustrada que esperábamos, sino un “lobby de presión económicoempresarial” y poca cosa más. Otra cosa es que con la victoria sobre la ecotasa se pensaran que mandaban más de lo que contaban. Debe ser duro que te achaquen la responsabilidad de tener que dirigir un país, a pesar de que lo tengas que hacer desde la penumbra del poder fáctico.

Inversiones

Con los primeros dineros recaudados con la ecotasa se compraron posesiones en primera línea de mar, se inauguraron centros culturales en Palma... Si hubiera continuado, si no se hubiera derogado, se habrían recaudado hoy día muchos millones de euros. ¿Se imaginan todo lo que se habría podido hacer? Dejando de lado si la ecotasa fue buena o no (para unos debía ser regeneracionista, para otros fue devastadora), el debate sobre su instauración fue un tema que generó un discurso colectivo muy potente, hasta el punto que, por primera vez, la sociedad de las Islas Baleares puso el turismo en primer plano de discusión. Las elecciones de 1999, con el desmontaje de la derecha del poder, convirtieron una cuestión técnica, la instauración de un impuesto, en una verdadera catarsis social, que fue en aumento hasta que se acercaron las elecciones de 2003. Los discursos sociales, sin embargo, cuando se tiñen de sentimiento y pasión derivan hacia el maniqueísmo, o a favor o en contra. No valían matices, o al lado de los hoteleros y la oferta complementaria turística o en contra de ellos, o “a favor del progreso, que en las Islas Baleares ha venido de la mano del turismo”, o a estar en contra del progreso, como lo hacía, según los hoteleros y valga la paradoja, el Pacto de Progreso.

El sensacionalista Bild dedicó una portada a una campaña contra la ecotasa.

Sin embargo, este año, 2026, vendrán tantos o más turistas que el año pasado, la carambola geopolítica que vuelve a mostrar ‘Mallorca’ como destino refugio de guerras y terrorismo para los turistas, que son, por definición, miedosos. Pues esto, la ecotasa fue, también, en un principio, una cuestión sentimental, causa de una guerra social, financiada y estimulada por los hoteleros, pero, ahora, nadie ya piensa en derogarla, sino en cómo invertir el dinero recaudado. ¡Alerta con los sentimientos! Y con el bolsillo, también.

stats