Dialécticas Salvajes

Tejo yo y la araña baila

La literatura nos permite destejer y volver a coser el mundo. Nos permite deshacer el sentido del hoy para imaginar un mañana más habitable

@MARISOLMARISOMBRA
05/06/2026
4 min

PalmaEn todo momento es pertinente leer un elogio de la literatura como el que hace Santiago Alba Rico en las páginas de su último libro. Nos dibuja mapas para viajar a diferentes “países literarios”, pero no lo hace como un crítico literario, sino como un narrador de historias. Es la maravilla de la literatura, los libros nos permiten volver a contar sus historias una y otra vez, a veces fieles, a veces con traición. De hecho, no dejar de hablar de los libros, también de los que fueron escritos hace mucho tiempo, es lo que posibilita que nos sigan interpelando. Alba Rico pone en diálogo seis parejas de autores, haciendo una especie de genealogía de su sensibilidad como lector. Kafka y Potter, Melville y Hergé, Dickens y Cervantes, Dostoievski y Hašek, Shelley y McCullers, Austen y Proust. Tenemos en las manos un libro de libros.

Cuando leemos, lo hacemos siempre desde una tradición, pero no solo, también desde un contexto, desde una generación, desde una comunidad. Lo hacemos desde un bagaje lector que es una mezcla de manías y de azares. Estas derivas me han puesto en las manos, la última semana, dos libros que querría forzar al diálogo: Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, y Punto de araña, de Nerea Pallares. Creo que, ahora mismo, hay una constelación de mujeres que emplea el mismo telar o el mismo hilo, es como una revuelta generacional. Me han conmovido y quiero más.

La muerte inesperada, trágica, es el punto y principio de ambas obras. Nos muestran cómo la muerte frágil, extendida bajo el cielo o mar adentro, es el reverso o el anverso de las vidas que imploran feroces para hacerse lugar. La literatura, una antropología profunda, es la estructura imaginaria que nos ayuda a dibujar futuros, en cualquier época. Traza un horizonte, un mañana, una esperanza, que se cose con la tragedia, a veces remota, a veces inefable, pero siempre demasiado humana.

Walt Whitman defiende que la literatura es el arte de poder ser todas las mujeres y todos los hombres y todas las cosas. Las dos novelas nos fuerzan a este desplazamiento de manera intensa, a partir de las voces que llevan la narración. Un coro de latidos poéticos nos empuja con la fuerza de la multitud. Van desfilando los personajes bajo la mirada atenta de múltiples narradoras, que nos desconciertan porque surgen donde nadie las esperaba. Así, en las dos fábulas, podemos ser el rayo y la montaña, na Sió y en Jaume, el corzo y el fusil. Podemos ser las tres arañas, n’Ariadna, cada una de las palilleiras de la Costa da Morte. Somos la tempestad salvaje y las mujeres de agua. Las brujas, los vivos, los muertos.

Seísmo de la identidad

La literatura es el sismo de la identidad, una experiencia que nos permite convocar las otras vidas dentro de nuestra vida, tan pequeña sin las historias ajenas. Los libros no nos hacen más ecologistas, más feministas, no nos hacen mejores personas. Pero, nos estrellan contra la diferencia, abriendo ventanas o rendijas por donde entra el agua fresca, la luz más clara. En la casa de la ficción, ya sean las montañas de los Pirineos o el puerto de Camariñas, aprendemos a convivir con las alteridades, tomamos otros deseos, otros cuerpos, robamos mundos que le dan sentido al nuestro.

Solà y Pallares buscan la periferia, las voces de los márgenes, y las hacen ser centro, alma del vivir. La muerte aparece absurda, caprichosa; los vínculos extraños, preciosos; el perdón, la añoranza, el duelo, esculpen todos los rincones, porque somos seres finitos. La naturaleza es inmensa y a veces puede más que la civilización. El mar, rabioso, muerde la costa y la transforma. Las montañas, primogénitas de mitologías insondables, hacen nacer raíces. El patriarcado y la guerra civil agrietan la trama. Las mujeres son las que tejen la propia vida y hacen posible todas las vidas, aunque demasiado a menudo estén en los bastidores de este teatro precario, porque les han robado el escenario.

Estos son los hilos que tejen las dos obras. Poéticas, cargadas de un simbolismo fascinante, nos empapan con mitos y leyendas que conmueven, llegados de muy lejos. Irene Solà hace un elogio de la poesía, que “ha de ser libre como un ruiseñor. Como una mañana. Como el aire finísimo del atardecer”. Quizás no hay nada más serio que la poesía, es el juego y es la carcajada, proclama la vida y escucha “el silbido agudo que hace el mundo”. Nerea Pallares convoca el poder del lenguaje, de las palabras, para hacer y deshacer el mundo. El lenguaje da existencia y las que sabemos tejerlo, desde siempre, somos las mujeres, herederas de las tres parcas. Las mujeres han de enseñar a coser el mundo de nuevo, para que todo el mundo aprenda a hablar de otra manera, a ser de otra manera.

Así, la literatura nos permite destejer y volver a coser el mundo. Nos permite deshacer el sentido del hoy para imaginar un mañana más habitable. Irene Solà y Nerea Pallares, lo saben. Una, Balanguera misteriosa, la otra, araña de arte sutil. Cavilan, como las parcas, para tejer la tela para mañana. Giran la mirada hacia atrás, atisban las sombras de antaño. De la nueva primavera, saben dónde se esconde la semilla.

Sin embargo, la literatura hila, hila, la literatura hilará.

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