Una casa conectada con la central de alarmas.
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Hace unos días conversaba con un buen amigo que acaba de regresar de un viaje por Argentina y Chile. Hablábamos de los 'countries' argentinos, estas urbanizaciones cerradas, vigiladas y seguras que las clases medias-altas han tenido que construir para sentirse seguros en un país en el que la fractura que provoca la desigualdad se traduce no sólo en un índice de criminalidad considerable, aunque ha ido a la baja, sino en una percepción de inseguridad que no retrocede, pese a las mismas. La explicación es fácil, como me hizo ver a mi amigo: los ricos tienen miedo. No viven en sus torres de marfil, complejos de apartamentos exclusivos y áticos de lujo por una cuestión estética –o al menos no sólo por eso–, sino porque están acojonados.

La segregación urbanística crea este tipo de desconexión. Los expertos hablan de un fenómeno llamado secesión de las élites: es decir, que los ricos se desvinculan progresivamente de la sociedad de la que en teoría forman parte, de sus intereses y destino colectivo. En resumen, los ricos tienen su propia agenda, prioridades y objetivos y su bienestar no forma parte del menú. Pero el tema aquí es que a pesar de que no entres en sus previsiones y contra todo pronóstico, sigues aquí, respirando, y eso les inquieta, porque el efecto colateral de la segregación es, ¡tachan!, el resentimiento de clase.

La paradoja es ésta: tener que construir muros para protegerte de una amenaza hipotética que, si tiene una causa clara, es la misma acumulación de riqueza que te ha aislado del mundo.

Los efectos de este aislamiento son profundos y me atrevo a decir que son el mayor reto al que nos enfrentamos ahora mismo, aunque nos quieran hacer mirar en otras direcciones, y más después de la pandemia: la desigualdad extrema, la evasión de responsabilidad de las clases altas, el secuestro de las clases altas, el secuestro de las clases altas.

Todo ello tiene una traducción física, se manifiesta en el territorio en forma de comunidades cerradas y exclusivas protegidas por muros, ciudades duales con archipiélagos de riqueza situados frente a códigos postales que directamente determinan las expectativas de futuro de las personas que han nacido y segregación escolar. Sólo en Estados Unidos se calcula que unos 15 millones de personas viven en comunidades de acceso controlado. Es la vida bunker.

De hecho, estos días, con la escalada bélica en Oriente Medio, una empresa barcelonesa dedicada a construir ha aprovechado para hacer su campaña de prensa y anunciar que se ha disparado la demanda. Un bunker no es algo barato. Sus clientes no son de Nou Barris ni de Sant Andreu, son gente con un alto poder adquisitivo ya menudo extranjeros. No pude evitar hacerme la pregunta: ¿de qué tienen miedo? Y no tengo claro si es de las bombas o de nosotros, los descastados, los que hemos quedado atrás en una sociedad que nos había prometido que nuestro esfuerzo sería recompensado con bienestar y donde al final lo que más cuenta son las cinco cifras de nuestro código postal.

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