19/08/2026 - 07:31 h.
Escritor
3 min

En medio de la marjal poblera, el eclipse se ha visto genial. Desde días antes que había probado de vislumbrar cómo estaría el Sol a aquella hora, y la verdad es que según las previsiones y la zona, en aquel momento el Sol quedaría detrás de nuestra Serra, perdido más allá de Búger y Campanet. Muy probablemente no era el mejor lugar de Mallorca para apreciar la cosa, pero lo quería hacer desde encima de la pared del lavadero de mi abuelo Joan, a quien la cosa le habría divertido sobremanera. Es bien cierto que la tentación de mirar el Sol es tan antigua como Dédalo, y que, saturados de espectáculos, ya no nos quedaba otra cosa que consumir que un espectáculo cósmico. Si una cosa caracteriza el capitalismo de ahora es que se basa en la atención, en la capacidad de toda artimaña para atraer los ojos de la gente y mantenerlos encima. Lo que crea riqueza no es vender cosas sino comprar y vender atención, porque quien consigue esto puede construir encima cualquier trapicheo comercial. El eclipse, sin embargo, ha democratizado la atención, y ha puesto al alcance de todos de estas comarcas la posibilidad de ver cómo la bola de fuego del Sol, detrás del cristal de las gafas seguras y asequibles, se iba tapando por una bola negra que irrumpía desde la izquierda y desde abajo, como un globo hambriento. Es una banalidad, y al mismo tiempo una maravilla. ¿Qué hemos ido a ver sino una ocultación? ¿No se hacen más presentes las cosas cuando hacen ver que se esconden? Nadie quería perdérselo, o decir que no lo había visto, si bien, en esto también ha habido sus esnobs, sus desordenados, sus eruditos de pacotilla y los que no dejaban de sufrir por los ojos de la juventud. A mí me interesa más la sociología que la astronomía, y por eso acaba siendo más ilustrativo del mundo en que vivimos lo que pasa en la Tierra que lo que acontece en el cielo. Hemos visto que casi todo el mundo se lo ha tomado como unas campanadas de Fin de Año, o quien, cuando todo ello ha terminado, se ha preguntado en voz alta qué tocaba ahora, como si los astros estuvieran en el cielo para hacernos el payaso. Tras los plásticos oscuros, sin embargo, todo aquello solo era un juego de luces y sombras, no nos engañemos. Nada comparado con el primer eclipse que ‘vivimos’, que no fue televisado sino en cómic, cuando Tintín se salvaba de ser quemado vivo invocando al Sol un día marcado por el eclipse ante los idólatras incas. Hoy en día se calificaría el episodio de eurocentrista, o de arrogancia blanca, el dominio colonial de quien sabe frente a quien no sabe y puede ser –debe ser– manipulado para sacarlo de la ‘barbarie’. El eclipse también ha servido para volver a sacar a nuestros paranoicos, que ahora no se fiaban de las gafas homologadas, igual que antes no se fiaban de las mascarillas o de la verdad de la covid. Hay para ponerle sillitas, es cierto, pero mirando el horizonte, allí donde nuestro Sol amado se va a acostar, hoy bien tapado por una Luna entrometida. A ver si el Sol mañana vuelve, a aplastarnos hasta hacernos volver más tontos. Hasta agosto del año que viene, que dicen los sabios que habrá otro –de parcial, al menos en nuestro rincón de planeta. 

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