Cartografía de los silencios (Autobiografías y abusos sexuales en España)

19/08/2026 - 09:13 h.
Escritor
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Cuando un escritor decide contar su vida, dibuja el territorio moral de una época. Si leemos una, conoceremos a una persona; si leemos trescientas treinta y ocho, quizá acabemos conociendo un país. Esto es exactamente lo que han hecho tres investigadores de la Universitat de les Illes Balears en un trabajo publicado por el grupo Nature. Y el mapa que ha surgido es tan inesperado como inquietante.

Hay estudios científicos que aportan datos. Y los hay que obligan a repensar una época. El trabajo publicado recientemente, julio de 2026, en Humanities and Social Sciences Communications, del grupo Nature, se titula ‘El abuso sexual infantil en la literatura autobiográfica española del siglo XX: los abusos cometidos en la escuela’, es de los investigadores Jaume Sureda Negre, Júlia Vilasís-Pamos y Aina Calvo Sastre y pertenece claramente a esta segunda categoría. No solo porque aborda una de las realidades más dolorosas y más silenciadas de la historia contemporánea, sino porque lo hace a partir de una fuente tan inesperada como valiosa: las autobiografías.

Durante décadas, los historiadores han reconstruido el pasado a partir de archivos, documentos administrativos, expedientes judiciales, correspondencia o prensa. Este estudio, en cambio, parte de una pregunta diferente: ¿qué pasa si leemos cientos de autobiografías no como obras literarias, sino también como documentos históricos? ¿Qué nos explican sobre la sociedad en la que crecieron sus autores? La respuesta es sobrecogedora. Los investigadores analizan 338 autobiografías escritas por personas escolarizadas en España durante el siglo XX. En 47 de estas obras –casi un 14% del total– aparecen relatos o referencias a abusos sexuales sufridos durante la infancia. Todavía más revelador es que cerca de dos tercios de estos episodios tienen como escenario centros educativos: escuelas, internados, seminarios y colegios religiosos. El resultado no pretende calcular la incidencia real de los abusos, pero sí mostrar hasta qué punto estos recuerdos forman parte de la memoria de muchos escritores e intelectuales.

Los mapas convencionales delimitan costas, cordilleras o fronteras. Este, en cambio, señala otro tipo de paisaje: el de los recuerdos que durante décadas permanecieron ocultos. Jaume Sureda Negre, Júlia Vilasís-Pamos y Aina Calvo Sastre han recorrido un territorio poco frecuentado por los historiadores: la literatura autobiográfica. No buscaban una novela coral sobre la España del siglo XX, sino las huellas que la escuela había dejado en la memoria de quienes la vivieron. Y el resultado es sorprendente. Los datos impresionan, aunque conviene leerlos con prudencia. Los mismos autores del estudio advierten que no se trata de una estimación estadística de los abusos en España. Nadie puede deducir de este corpus la prevalencia real del fenómeno. El valor de la investigación es otro: demostrar que las autobiografías constituyen una fuente histórica de primer orden para comprender experiencias que difícilmente aparecen en la documentación oficial. Esta es, probablemente, la gran novedad metodológica del trabajo. Durante mucho tiempo, la historia de la educación se ha construido a partir de leyes, reglamentos, memorias administrativas, inspecciones y archivos escolares. Todo eso es imprescindible, pero incompleto. Los documentos explican cómo funcionaba una institución; las autobiografías explican cómo era vivida. Entre una disposición ministerial y el recuerdo de un niño hay todo un mundo que los papeles oficiales no pueden reflejar.

Por eso este estudio tiene una fuerza especial. Cuando las memorias se acumulan, los recuerdos dejan de ser excepciones individuales y comienzan a dibujar patrones. Aquello que un lector podría interpretar como una experiencia aislada adquiere un significado diferente cuando aparece repetidamente en decenas de libros escritos por personas que no se conocían entre ellas, que pertenecían a generaciones distintas y que estudiaron en lugares muy alejados. Es entonces cuando los nombres propios adquieren toda su dimensión. Jaume Santandreu, Alejandro Palomas, Terenci Moix, Miguel Gila, Carlos Boyero, Román Gubern, Javier Reverte, Antonio Gamoneda, Fernando Sánchez-Dragó, Francisco Rabal, Juan Goytisolo, Joan Francesc Mira, Manuel Vicent, Ramon Folch, J.L. Giménez Frontín, Joan Margarit... Jaume Santandreu recuerda su infancia en La Salle de Manacor y explica cómo aquel episodio permaneció oculto durante muchos años. Alejandro Palomas convierte ‘Esto no se dice’ en una reflexión descarnada sobre el trauma, el silencio y la dificultad de recuperar la propia voz. Terenci Moix evoca un universo escolar marcado por el autoritarismo y la represión. En otras autobiografías, las referencias son más breves, tangenciales, pero todas contribuyen a dibujar un mismo horizonte: el de una sociedad donde callar parecía formar parte del orden natural de las cosas. No todos los libros tienen el mismo tono. Algunos son una denuncia abierta; otros dejan caer el recuerdo con una sobriedad que impresiona aún más. A veces basta con dos líneas para que el lector entienda que detrás de aquel silencio había una herida abierta. La memoria no sigue ningún protocolo. 

Y aquí aparece un elemento que me ha parecido especialmente revelador. El estudio no solo habla de personas, de franciscanos, de agustinos, de escolapios, de jesuitas, de maristas, de hermanos de La Salle… habla también de espacios. Sin pretenderlo, las autobiografías acaban construyendo una geografía moral de la escuela. Aparecen aulas, dormitorios, patios, escaleras, capillas, confesionarios, despachos y pasillos. Lugares cotidianos que, según quien los recuerde, evocan aprendizaje, amistad y descubrimientos o, muy al contrario, miedo, humillación y silencio. Como geógrafo, este aspecto me parece especialmente sugerente. Siempre he pensado que los territorios no son simples superficies. Los lugares acumulan experiencias. Un paisaje es también la memoria de las personas que lo han habitado. Las escuelas, igual que las plazas o las calles de los pueblos, son espacios cargados de significados. No hay ningún mapa que indique dónde se perdió una infancia o dónde un maestro despertó una vocación. Pero estos lugares existen dentro de la memoria de quienes los vivieron.

Quizás, al fin y al cabo, esta es la lección más profunda del trabajo. No nos habla solo de los abusos. Nos habla del tiempo. Del tiempo necesario para que una sociedad encuentre las palabras para explicar aquello que antes era impronunciable. La mayoría de estos relatos no aparecen hasta cuarenta o cincuenta años después de los hechos. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque solo entonces el contexto social permitió transformar el silencio en relato. La literatura, así, deja de ser únicamente un ejercicio estético. Se convierte en una forma de conocimiento. Los historiadores acostumbran a buscar la verdad en los archivos; los memorialistas la buscan dentro de la propia conciencia. Cuando ambas miradas coinciden, el pasado se hace más rico, más complejo y también más humano.

Me parece interesante que una investigación de estas características haya surgido de la Universitat de les Illes Balears y que publicarlo en una revista del grupo Nature no sea solo un reconocimiento a sus autores; es también una demostración de que una investigación más, hecha desde la UIB, aporta preguntas nuevas a debates internacionales. Hay un detalle del artículo que creo que puede darle una dimensión extraordinaria: los autores han depositado en un repositorio abierto los fragmentos autobiográficos que han utilizado. Esto quiere decir que podemos ir directamente a los textos originales, ver cómo escribe Terenci Moix, qué dice exactamente Jaume Santandreu, cómo construye el recuerdo Alejandro Palomas o qué episodios explican Miguel Gila, Carlos Boyero y Román Gubern, entre otros, siempre dentro de lo que recoge el estudio. Cada autor encuentra su propio lenguaje para acercarse al pasado: (“He sobrevivido al horror que me ha mantenido mudo desde que me mataron la voz, que he vivido con el miedo”, Palomas; “Las celdas de algunos sacerdotes serían escenarios de prácticas sodomíticas completas”, García-Posada.)

Cuando pasamos delante de una escuela solemos ver una fachada, un patio, unas ventanas abiertas y el ruido de los niños. Pero ningún mapa señala los recuerdos que allí habitan. Algunos recordarán al maestro que les enseñó a leer. Otros, al primer amigo. Alguien, la primera vez que sintió que el mundo era más grande que el pueblo. Y unos pocos, muy pocos, pero demasiados, recordarán allí un silencio que duró media vida. Y es por eso que, a veces, la literatura acaba siendo la mejor cartografía de la memoria. Cuando cientos de recuerdos coinciden, dejan de ser solo recuerdos. Se convierten en historia. Y es entonces cuando descubrimos que también existe una cartografía del silencio. Del silencio de los abusados. Del silencio cómplice de la Iglesia.

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