18/08/2026 - 07:31 h.
Escritora
4 min

Tú no te sabías tan bella. 

Sí que te lo habían dicho las abuelas, pero que los tuyos te encuentren no tiene mucho mérito, todo el mundo ama lo que es suyo, es lo más normal del mundo. 

Cuando llegó él todo cambió. Entre todas te eligió y te quiso para él. ¡Qué sorpresa, descubrirte deseada en los ojos de alguien tan diferente, tan glamuroso, con tanta clase y estilo!

Al principio aún te costaba de creer, era una novedad sentirte importante, siempre habías tenido la autoestima un poco baja. Él te repasaba, te buscaba todos los rincones, y tú, incrédula y maravillada, te abrías, impúdica, al cosquilleo de ser tan deseada, sin reservarte nada para ti. Creías que este amor definitivo, intenso y devastador necesitaba estas concesiones, y las ofrecías con dulce renuncia, sin embargo te amaba, y hacer sacrificios por quien está tan pendiente de ti es necesario.

Así, no sin cierta recelo, renunciaste a aquella pureza y te hiciste grande en sus brazos, mientras al oído te decía te elijo a ti, eres especial, eres para mí, no hay ninguna como tú. ¡Qué desazón, sentir tu nombre pronunciado en unos labios como los suyos, entre aquellas palabras nuevas y extrañas!

Comenzaste a pensar que habías nacido para esto, que todo lo que habías vivido antes había sido una larga preparación para llegar a él, que esta era tu razón de ser.

Y no tardó mucho en decirte: “No te preocupes por el dinero, eres mía, yo me encargaré de que no te falte nunca nada”. 

¿No viste el peligro? Todo el que se enamora piensa que lo que es suyo es para siempre. Y por eso renunciaste a cualquier actividad que, si bien te habría dado independencia económica, habría hecho disminuir tu disponibilidad. Si él te amaba y se ocupaba de todo y siempre te mantendría, ¿qué mal podía haber?

Diría que las abuelas fueron las primeras que vieron que no era lo que tocaba. Tú, alocada y feliz, no temías nada, pero estabas olvidando todo lo que habías sido antes de él. Y lo hacías para agradarle más. Poco a poco, sin embargo, comenzó a encontrarte defectos. Encontraba excesiva aquella belleza salvaje y natural que lo había enamorado. Te quería domesticada, urbanita, políglota, diferente, como si todo lo que lo había cautivado al principio ahora le molestara. Y eras totalmente suya y tenías un miedo terrible a que te abandonara por otra, y no querías ver qué estaba haciendo contigo esta relación.

Y te decía que hablabas mal, e intentaste modular tu voz. Todo iba encaminado a que él no se incomodara, que estuviera a gusto entre tus brazos, y si eso suponía no estar disponible para los tuyos, de todos modos lo entenderían. Ningún amor se construye sin esfuerzo, te repetías, sin preguntarte dónde se esforzaba él para que tú estuvieras bien.

Fue como un grano de mostaza: empezaste a sentir que los sacrificios que antes hacías gustosa eran excesivos. Pensabas que él era todo tu mundo, y te daba miedo incomodarlo, y por eso primero quisiste ignorarlo, y después se lo dijiste con la boca un poco pequeña: necesito espacio, murmuraste, estoy un poco saturada. Te daba miedo su reacción, que fue furibunda, agresiva, enfermiza. “¿No entiendes que no estoy bien?”, decías. Y él te contestaba: “¿Qué más quieres? Te lo doy todo, te tengo en un pedestal”.

Empezaste a pensar que el problema era que te tenía donde él quería, que no estabas en tu sitio, sino en el que él te había reservado.

Y el malestar se fue haciendo mayor, hasta que fuiste lo bastante fuerte o estuviste lo bastante mal como para repetir que necesitabas parar esta vorágine que te estaba consumiendo.

Y te miró, orgulloso. Y con desdén te dijo: “¿Y adónde irás?”, y lo remachó con la frase demoledora: “No eres nadie, sin mí”.

Todavía no sabes de dónde sacaste la fuerza para decirle que el problema es que, con él, has dejado de ser tú.

Pero quizás de lo que se trata no es de ir a ninguna parte, sino de volver a ti.

Hay un momento, en este tipo de relaciones, en el que sabes que ya no. Que no serás nunca feliz, que te tienes que ir. Algún rincón de ti ya ha tomado la decisión. Pero sigues intentando que funcione lo que sabes que no es lo que quieres. Da mucho miedo romper una relación en la que has puesto tanto, tantísimo de ti, y después de tantos años, te preguntas si es posible funcionar sin él. Has estado tan poseída, te has amoldado tanto, que no concibes la posibilidad de salirte de ahí. Te has hecho tanto al otro, que parece imposible prescindir de él.

Sé que ahora estás en este momento, y tú también lo sabes, lo sabemos todos, aunque intentemos hacer ver que no. Nadie sabe si llegarás a tiempo, pero todos vemos que no puedes continuar así. No sabes si lo entenderá, pero por dignidad, por amor propio, por fidelidad a ti misma, tienes que hacer un pensamiento y salir de esta espiral de posesión enfermiza que te destruye.

Sí, te estoy hablando a ti, Mallorca. Y estoy hablando de este amante abusivo que tienes, el turismo.

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