17/08/2026 - 07:46 h.
Periodista
4 min

Después de una reserva hecha en un pequeño hotel de Fornalutx hace 13 meses, de una hora en el coche buscando aparcamiento y una caminata que solo puedo describir como una travesía por el infierno, conseguí ver el eclipse. Aquí es cuando podría hacer una pausa dramática y escribir aquello de ‘expectativas vs. realidad’. Mi experiencia con el eclipse podría resumirse en una serie de ítems, pero, sobre todo, en el hecho de que el eclipse apesta. Más que el fenómeno astronómico en sí, la gente. Y si una está embarazadísima con el sentido del olfato ultradesarrollado, el resultado de caminar entre cientos de personas sudadas, encarando un paseo de dos kilómetros cuesta arriba hasta llegar a la torre Picada de Sóller es ‘interesante’, por decirlo suavemente. Hay cabras de la Serra que huelen menos que el personal que iba y venía, los codos regalando y con modelitos a menudo penosamente escogidos.

Sí, diseccionaremos la vestimenta de la gente como si esto fuera la alfombra roja de los Oscars, porque da más juego que Lady Gaga y Billy Porter juntos. Mención especial a todas las personas que subían con las manos vacías –teniendo en cuenta que estábamos a 34 grados y que quedaban cuatro horas para que comenzara el espectáculo astrológico–: pocos accidentes hubo. En el top tres de los desubicados aparece el Juan Valdez británico, un híbrido de guiri elegante que debía malinterpretar la cordillera con un cafetal, y su outfit de lino blanco y manga larga (con sombrero a juego), que quedó empapado y parduzco 30 segundos después de empezar la expedición. En segunda posición deberíamos hablar de todo el grupo en general que subía con las chanclas tipo Hawaianas, el sueño húmedo de todo fisioterapeuta. Pero creo que me centraré en las jóvenes estupendas que subían con vestidos largos de hilo, sandalias planas y bolso de mano, más preparadas para un cóctel en Sa Fonda de Deià que para trepar rocas. Y en el podio llega nuestra influencer wannabe yanqui: vestido rojo ajustado, raja de falda nivel Estopa, pendientes a juego con los labios también rojos y peinado efecto mojado, pero sin el efecto, porque la tía iba empapada de arriba abajo. Ella, estupenda con su total look, llega a nuestra roca-mirador diez minutos antes del eclipse y me pide, con toda mi barriga y sus ovarios, si me puedo mover un poco. Le digo que estamos allí hace más de tres horas y que no tengo ninguna intención de acercarme más al precipicio de un lugar que no está pensado para hacer lo que estamos haciendo. Da un pasito atrás y empieza a pedirle las fotos a nuestro vecino alemán, que ha conseguido capturar una imagen bastante vistosa con su iPhone. “¿Me las puedes enviar por Airdrop, sin prisa, eh?”. Claro que sí, guapi. Como si buena parte de todo y todo el mundo que está enganchado con el mundo norteamericano se hubiera personificado en aquella joven, que, acompañada de su amiga reconvertida en asistente, no paraba de hacerse selfis.

Podría hacer pódiums y listas de muchas de las cosas que observamos, como si fuera John Cusack en la peli Alta Fidelidad. Por ejemplo, el hecho de que en cinco horas solo oímos hablar catalán en tres ocasiones: un señor que retransmitía vía redes sociales la ascensión a la torre, una familia que estaba dos palmos más arriba y unos jóvenes con quienes coincidimos en la bajada. El resto eran mayoritariamente alemanes, norteamericanos y franceses. A diferencia de mi amiga influencer, mis pintas eran bastante desalentadoras: pantalones cortos de premamá, un top panza al aire, un cesto que rebosaba de comida y un parasol regalado por una marca de aire acondicionado que ya he visto en más de una foto en Instagram. He visto pueblos que han empezado con menos. En mi cabeza, la Caseta dels Capellans se fundó con tres personas que miraban un eclipse y la cosa se debió ir de las manos.

Después de ver resúmenes en las televisiones sobre otros eclipses, me di cuenta de que el proceso de contemplación en directo era mucho más lento y, de hecho, agradecí tener la ocasión de frenar, de hacer una pausa. También pensaba que la gente sería un pelín más respetuosa o que estaría en silencio, pero incluso hubo un momento de música en el móvil, los alemanes de al lado cantando Total eclipse of the heart, de Bonnie Tyler, cada tres minutos, los brrrrsssss de los drones que no paraban de grabar y el clic-clic de las cámaras. Con todo, en el momento de culminación del fenómeno y durante el anillo de fuego, se hizo silencio, e incluso las cigarras callaron, envueltas en una oscuridad más o menos súbita. Una falta de sonido que solo se rompió por los aplausos de aquellos que equipararon el clímax con un aterrizaje de Ryanair y la bocina del superdeportivo obsceno de debajo nuestro, que decían que pertenece a Cristiano Ronaldo. El aire no se enfrió tanto como imaginaba, pero un escalofrío me recorrió el cuerpo. Y oír exclamaciones de admiración en decenas de idiomas también es una experiencia que nos une a todos un poco más. Con suerte, el año que viene perseguirán el eclipse en otra parte del mundo y los de aquí podremos verlo con cierta tranquilidad, sin mensajes apocalípticos, restricciones y filas de superdeportivos que se creen con el derecho de fastidiar unos minutos de silencio mágicos.

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