Salida de emergencia

Miércoles en la Rebanada, un diez

17/08/2026 - 07:37 h.
Escritor
3 min

Ya comenzó el verano pasado con éxito, pero este año ha aumentado la repercusión y muchos se han dado cuenta de que es una propuesta cargada de razón y de razones. Me refiero a los Miércoles a la Llesca, la iniciativa del Colectivo Brunzit que cada miércoles de julio y agosto convoca y organiza en un lugar diferente de la Ciudad, plazas y espacios públicos muy emblemáticos del centro. Cuando escribo esto, el último se había hecho a los pies de la Catedral. La mecánica es simple: la gente de Brunzit convoca lugar y hora, provee algunos elementos básicos (aceite, sal y servilletas) y los comensales acuden y cada uno aporta los alimentos que le apetece comer y –sobre todo– compartir, porque de eso se trata. De compartir, de conversar, de hacer un pan con aceite juntos cuando el calor afloja y llega el atardecer (que es otro regalo que nos hace el cielo cada día, tan bello de ver como el más raro de los eclipses). Se trata de cenar y estar un rato al fresco, uno de los gestos cotidianos de una cierta manera de vivir que ha sido arrinconada por la turistificación y la masificación. Está muy acertado este título de las Cenas o los Miércoles a la Llesca, que reúne en un sintagma la idea de cenar al fresco y la unidad mínima de comida que conviene poner sobre la mesa, y que, efectivamente, es una rebanada de pan.

Puede parecer poca cosa, pero, como digo, es un acto lleno de sentido. No diré que sea ‘revolucionario’, porque incluso esta palabra ha llegado a estar manoseada y arruinada. Pero sí que es un gesto que va contra la lógica del turismo de masas, que por propia naturaleza tiende a invadir todos los espacios: también, o en particular, los espacios públicos, hasta convertirlos en otro territorio en disputa.

Que el espacio sea público quiere decir que es de todos, pero esto no equivale de ninguna manera a no ser de nadie. El espacio público, precisamente porque lo es, no se puede privatizar. No debemos consentirlo. Siempre que los ciudadanos lo encuentren bien, es habitual que los ayuntamientos licencien ciertos comercios (sobre todo de la restauración y la hostelería) para utilizar una parte de este espacio para ofrecer sus productos y servicios: son las terrazas, un elemento digamos característico de una cierta manera de entender el ocio.

Pero como todo, esto también tiene una medida. Cuando algunos querrían hacer de todo o de gran parte del espacio público una inmensa terraza, y cuando esta terraza se convierte en un territorio vedado u hostil a los residentes, y en un instrumento al servicio de la especulación y de un encarecimiento de la vida tan absurdo que los ciudadanos de estas islas no se lo pueden permitir, entonces quiere decir que ha llegado el momento de plantarse. El espacio público de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera es de los ciudadanos, no de un gremio ni de unos partidos políticos. Si el gobierno de Cort y determinados empresarios de la hostelería han mostrado reticencias, o directamente desprecios, por los Sopars a la Llesca, mejor que mejor: es la confirmación de que la iniciativa era necesaria y que ha tocado la tecla adecuada.

Los Miércoles a la Llesca proponen una ocupación (otra palabra que también ha sido interesadamente devaluada) del espacio público que es, a la vez, una lección de civismo: se recupera la noción de ágora, de espacio común para los ciudadanos, que a la vez es usado y cuidado por el colectivo, de manera que las plazas siempre quedan mejor después de cada cena. Y es un buen recordatorio de que no vivimos del turismo de masas, porque del turismo de masas solo viven los aprovechados que incluso quieren hacerse suyos los calles y las plazas para explotarlos en beneficio propio.

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