07/08/2026 - 20:20 h.
Dirección del semanario
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Hay acontecimientos que duran solo unos minutos, pero que se viven durante meses. La espera también forma parte de la experiencia. A veces, incluso más que el momento mismo. Por eso las grandes celebraciones no comienzan el día que llegan sino mucho antes. Se preparan, se comparten, se alimentan de expectativas. Las instituciones lo saben bastante bien, y por eso cada Nochevieja, por San Juan, en las fiestas patronales o en tantas otras fechas señaladas, organizan actividades para que la celebración se convierta en una experiencia colectiva.

Cuesta entender que no haya pasado lo mismo con un eclipse total de Sol como el del 12 de agosto. Hace años que se conocían la fecha y la trascendencia; hace años que sabíamos que Mallorca sería uno de los mejores lugares del mundo para contemplarlo. Era una oportunidad excepcional para invitar a la ciudadanía, a todos, a ocupar con medida plazas, faros, miradores y playas, a mirar el cielo juntos y a convertir un fenómeno astronómico en un recuerdo compartido. Pero el relato ha girado sobre todo en torno a las restricciones, las advertencias y los despliegues extraordinarios, incluso del ejército. Todo esto podía ser necesario. Pero gestionar un acontecimiento también es decidir qué relato se construye. Y aquí es donde se ha fallado.

Las administraciones públicas de las Islas han actuado como si el gran objetivo fuera evitar problemas. Que se deben evitar, obviamente. Pero también tenían la misión de facilitar que todos pudieran disfrutar de un instante irrepetible. En lugar de invitarnos a mirar el cielo juntos, nos han explicado, sobre todo, cómo debíamos movernos por tierra. Esta es, seguramente, la oportunidad perdida.

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