Tiempo de monográficos
La Freiburger Barockorchester dedicó un monográfico a Wolfgang Amadeus Mozart el sábado en el marco del Festival de Pollença
PollençaPollença, el festival, vive tiempos de monográficos. Lo fue el que el Quartet Ébène dedicó a Ludwig van Beethoven. Lo será el que Les Muffati-Orquesta barroca de Bruselas entregará a Johann Sebastian Bach. Y lo fue el que la Freiburger Barokorchester interpretó el sábado, exclusivamente con piezas de Wolfgang Amadeus Mozart. Tres compositores que tienen un denominador común: son inalcanzables. Podrían dedicar infinitos monográficos a cualquiera de ellos y nunca dejarían de tener máximo interés. El que nos ocupa no es una excepción, sino una pequeña gran selección que muestra la versatilidad de quien hacía música casi sin quererlo. Así, la orquesta de cámara, con veinticuatro profesores, dirigida por Éva Borhl al violín, inició la encomienda con la obertura de La finta giardiniera, obra temprana, sencilla, con mucho ritmo y priorizando la melodía, donde de casi nada surge una joya. Era un preludio que de alguna manera se convirtió en una declaración de principios de lo que sería el concierto, en el que, de nuevo, el claustro de Sant Domingo presentaba un aspecto inmejorable, o lo que es lo mismo, un lleno hasta la bandera.
Tras esta sucesión de tan ligeros arpegios como de agradables y austeras escalas, llegó una combinación peculiar, como es el hecho de interpretar una selección de movimientos en los que a instrumentos que no son habitualmente solistas, el genio de Salzburgo les proporcionó todo el protagonismo. En primer lugar, Thomas Meraner interpretó el Adagio del Concierto para oboe y orquesta en do mayor K. 314; Daniela Lieb, el Rondo del Concierto para flauta y orquesta K. 314, y Eyal Streett, el tercer movimiento del Concierto para fagot y orquesta en si bemol mayor K. 191. Un heterogéneo carrusel que de alguna manera honraba a algunos de los componentes de la orquesta con tan festivas partituras, todas con tonalidad mayor, lo que es bastante indicativo, y con la correspondiente cadenza para lucir aún un poco más sus habilidades, aunque fuera un poco descontextualizadas. Si más no, un prolegómeno sugerente.
Continuaba el versátil gozo musical con la soprano Jeanine de Bique, que hizo su aparición cantando el alegre motete Exsultate, jubilate K. 165, una pieza sin grandes dificultades, pero son muchas las habilidades que necesita este compendio de ornamentadas modulaciones que la protagonista exhibió con delicadeza extrema. Ella fue también quien inició la segunda parte de la velada con dos arias, menos ligeras, más reflexivas, como son Deh, se piacer mi vuoi, de La clemenza di Tito, y Se il padre perdei, de Idomeneo. Una demostración de afinación, color y tesitura. Todo equilibrado, todo con la justa medida.
El fin de fiesta, tanto es así que los movimientos de la Sinfonía núm. 41, en do mayor k.551 son un Allegro vivace, Andante cantabile, Menuetto-Allegretto y Molto Allegro, que deja muy claro cuál es el talante de los tan básicos materiales de la composición, aunque hilvanados con genio y oficio se convierten en una pieza estructuralmente ejemplar, para demostración del talento y gracia de una formación que entusiasmó al respetable.