26/04/2026
Subdirectora
2 min

Uno de los impactos más desconcertantes de la tecnología y las redes sociales es la inacción: podemos hacer saber al resto del planeta todo aquello que nos parece mal del sistema socioeconómico en el que vivimos y la exhibición de verborrea nos hace pensar de manera implícita que hacemos algo para cambiar el mundo.

Pero hay cosas que no cambian, y es imposible transformar las cosas desde la comodidad del sofá, por mucho que queramos creerlo. De hecho, no podemos ni siquiera cambiar nuestra manera de vivir para hacerla más acorde con determinados valores (humanistas) haciendo posts ingeniosos. Sin los actos, las palabras tienen el mismo peso que la pluma de un pájaro flotando en el aire. Son ligeras y no tienen más consecuencia que hacernos pensar de manera equivocada que somos personas con un fuerte sentido crítico de la realidad y que, como les gusta tanto decir a los políticos, estamos en el lado correcto de la historia, sea lo que sea lo que quiere decir esta expresión tan maniquea. Aquí querría hacer un inciso: si los políticos del siglo XXI hablan del lado correcto de la historia, no hay más remedio que quedarse en el lado incorrecto, lleno de personas que hacen preguntas, piden, se equivocan y se esfuerzan por encontrar un camino. Cuando Pedro Sánchez se ubica en el lugar correcto, supongo que lo hace desde la amnesia ante hechos como la compraventa de armas que hace España y la falta de crítica y de acciones ante regímenes que no respetan los derechos humanos, como China y Arabia Saudí.

Transformar el (nuestro) mundo es incómodo, nos obliga a levantarnos, hacer cosas, pensar, tomar decisiones que son cualquier cosa menos confortables y aplicar esfuerzos. Transformar las cosas va mucho más allá de hablar y no es una cuestión de apariencias, sino de significados que dan forma a nuestra existencia. Cambiar también implica pensar, algo tan sencillo y que nos hace tan humanos que se ha vuelto casi imposible últimamente.

En un mundo subversivo, las personas destruirían aquello que nos deshumaniza y que nos coloca en puntos de partida diferentes, discriminaciones que hemos fabricado nosotros mismos. El verbo ‘destruir’ no debe dar miedo si lo aplicamos a la sociedad. De hecho, estamos destruyendo el planeta con el beneplácito de los poderes establecidos y nadie se espanta. Ahora bien, la destrucción de normas sociales aceptadas, y que solo benefician a una minoría de parásitos, debe ir seguida de una construcción.

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