El grito de Menorca que las otras Islas deben escuchar
Menorca ha dado el pistoletazo de salida a las movilizaciones de este verano contra la masificación turística y la crisis de la vivienda. Lo ha hecho con una sola palabra, simple y poderosa, cargada de significado: ‘Hartos’. Hartos de crecer. Hartos de ver cómo lo que había sido un modelo de equilibrio se transforma demasiado deprisa. Hartos de comprobar que aquello que ha pasado en Ibiza y que Mallorca vive cada vez con más intensidad en cierta medida y salvando las diferencias también puede acabar siendo su futuro si no se actúa a tiempo.
En quince años, Menorca ha pasado de recibir un millón de turistas anuales a cerca de 1,8 millones. Veinte turistas por cada residente, una proporción difícilmente asumible en un territorio limitado y frágil. A esta presión se añade un mercado de alquiler turístico ilegal que, según las entidades ecologistas, duplica la oferta oficial: unas 6.000 casas comercializadas al margen del control público, con decenas de miles de plazas más. El mensaje que llega desde Menorca es claro: ya basta.
Y conviene escucharlo porque Menorca representa, todavía hoy, una excepción valiosa dentro de las Baleares. La declaración como Reserva de la Biosfera en 1993 y una tradición de planificación territorial rigurosa, culminada con un Plan Territorial Insular pionero aprobado en 2003, consolidaron un modelo que entendía que proteger no era impedir el progreso, sino hacerlo compatible con la preservación del territorio y de la cohesión social.
En Menorca, el campo no es solo una postal para turistas. El sector primario continúa teniendo un peso económico y cultural que las otras Islas han ido dejando perder. Esta convivencia entre actividad agraria, turismo, cultura y vida comunitaria ha sido uno de los grandes activos menorquines. Es esto lo que muchos menorquines sienten amenazado.
La compra masiva de propiedades por parte de extranjeros con una capacidad adquisitiva muy superior a la local, la expansión de negocios orientados al lujo y la expulsión gradual de los residentes de los propios pueblos alimentan un malestar que atraviesa toda la sociedad. No es solo la voz de los colectivos ecologistas. También la de los artistas, los músicos, los jóvenes que no pueden emanciparse y los trabajadores que no encuentran vivienda.
Ibiza lleva años circulando con el acelerador a fondo. Mallorca también muestra evidentes signos de una isla tensionada, aunque el Govern de Marga Prohens se resista a reconocerlo oficialmente. Menorca todavía está a tiempo de evitarlo. Es el momento de que todas las Baleares levanten el pie del acelerador. No se trata de parar el motor, sino de poner la maquinaria al ralentí antes de descarrilar más. No es Menorca la que tiene que imitar a Mallorca ni a Ibiza. Son ellas las que deben aprender.