La Obra, la cantada, el PP y el regionalismo
La reciente cantada popular de ‘La Balanguera’, convocada por la Obra Cultural Balear, contó con la participación de Marga Prohens y otros cargos del PP. La voluntad parecía ser, por parte de la organización, la de hacer un acto simbólico transversal políticamente y desprovisto de connotaciones ideológicas. Se consiguió y el resultado fue un gran éxito de participación.
Ha habido gente que por redes ha expresado la crítica a lo que considera una incongruencia: que los del PP participen en el acto de la Obra cuando este grupo acusa a aquel partido de hacer una política que arrincona el catalán, más de lo que ya lo estaba. Se puede entender la incomprensión, pero hay otra lectura.
El catalán es cada vez más débil socialmente, arrinconado por la sustitución demográfica. Nunca había sufrido una situación tan mala. Y no tiene posible vuelta atrás. Los dirigentes orgánicos del catalanismo son conscientes y saben que lo único que se puede hacer es, como mucho, intentar que el proceso de minimización social no se acelere demasiado. Que teniendo en cuenta cómo van las cosas, sería milagroso.
En este contexto, que la Obra mantenga puentes abiertos con el PP no es nada inconveniente. Todo lo contrario, es la única manera de mantener viva la posibilidad de su retorno –en realidad nunca ha estado al lado de los catalanistas, pero eso es otra cuestión– de las garras de Vox al “consenso”, que dice la OCB, si bien la citada unanimidad es una fantasía por mucho que puntualmente existiera en el Parlament hace 40 años, pero de ninguna manera era real en el seno del PP y, mucho menos, en el de la sociedad de entonces. Y ahora es quimérico que se pudiera “recuperar”. No obstante, siempre vale más poder hablar y negociar con el adversario que romper puentes.
Esta actitud de la Obra hacia el PP no evita la crítica dura cuando considera que la tiene que hacer, pero manteniendo siempre la mano tendida. Es revelador que en una entrevista reciente, en mayo, el presidente del grupo, Antoni Llabrés, dijera que “es verdad que el PP balear tiene más sensibilidad respecto a la lengua y la cultura” que los de Valencia y Cataluña.
La participación de Prohens en la cantada adquiriría el sentido –implícito– de ayudar así a mantener abierto el puente que sería la esperanza de que el prohensismo no se entregue definitivamente a Vox? ¿Es razonable pensarlo. Por supuesto que habrá gente que encontrará que es mejor el conflicto y el choque frontal al estilo de lo que pasaba en tiempos de José Ramón Bauzá, pero da la sensación de que –si el análisis fuera correcto– la posición de la Obra es más estratégicamente inteligente.
Sin embargo, es verdad que la posición del PP dependerá del único que cuenta en política: los resultados electorales. Si el año que viene necesita pactar con Vox lo hará. Para no hacerlo debería tener mayoría absoluta o un acuerdo alternativo. Ninguna de las encuestas conocidas le da la absoluta. Le ponen un techo de 28 escaños. Y el pacto con la izquierda no parece posible. ¿Entonces?
La única opción, por teórica que sea e improbable que pueda parecer, es que el regionalismo volviera al Parlament con suficiente fuerza para sumar los 30 escaños con el PP. El problema es que ni UM –que renace este fin de semana– ni El Pi-Som quieren unirse. El primero no se sabe a qué juega. El segundo cree que se basta él solo para volver a tener diputados.
En política no hay nada imposible. Pero unas cosas son más probables que otras. Si hubiera dos candidaturas regionalistas en Mallorca, que una sola pudiera llegar al 5% –mínimo para entrar en el reparto de escaños– no sería de las más probables.
No está de más conocer el marco electoral en el que tendrá que luchar el regionalismo. Entre 1983 y 2023 el voto a partidos autoctonistas (UM, PSM, UIM, CB, Bloc, Lliga, CxI, PI, Més...) bajó en la isla del 25% al 15%. El precio del primer escaño fue casi estable durante los últimos veinte años –de 17.000 votos en 2003 a unos 18.000 hace tres– pero el año que viene –con una participación al estilo de la de 2023 y sobre el censo de ahora– costará más de 19.000.
El Pi sumó 17.000 sufragios la última vez y quedó fuera del Parlament. A pesar de una campaña con tres diputados, dinero y protagonismo político, social y mediático. Ahora, sin nada de todo eso y en un ambiente muy hostil para el autoctonismo –con creciente voto en clave nacional–, quiere entrar él solo a la Cámara. En cuanto a la misteriosa renacida UM, sus opciones en solitario son inexistentes.
Si el regionalismo vuelve a fracasar, el PP pactará con Vox. Es tan absurdo pedirle otra cosa como hacerlo al PSOE para que no pacte con Bildu. Si el regionalismo se uniera y sacara dos diputados, quién sabe si bastaría con los que sacara el PP, habría la opción teórica de que Prohens pudiera deshacerse de la ultraderecha.
A la espera de lo que pase el año que viene, que la Obra mantenga puentes abiertos con Prohens parece lo más sensato. Siempre hay tiempo para la guerra.