14/07/2026
Profesor de la UIB
4 min

Se desconoce el número exacto de personas que han perdido la vida por las temperaturas extremas en Europa en la ola que el último mes ha afectado especialmente el centro del Viejo Continente. Las estimaciones apuntan, ahora que empezamos una nueva ola, a más de 2.000 personas en Francia, más de 1.200 en Bélgica y más de un millar en España. También han muerto millones de animales destinados al consumo humano. Y poco después de los días más intensos, miles de hectáreas de bosque arden, porque las altas temperaturas han convertido las masas forestales en combustible.Como pasa con las danzas, un fenómeno un poco más mediterráneo, podemos hacer como si no fuera con nosotros, y negar, como hace la extrema derecha, que nada de esto tiene que ver con el cambio climático y el calentamiento global provocado por la acción humana. Políticos como Trump prometen más petróleo que nunca y más barato; multimillonarios como Elon Musk contaminan como nunca se había visto con sus continuos lanzamientos de satélites a la órbita terrestre y sus cohetes hacia Marte; y genocidas como Netanyahu descargan sobre Palestina y el Líbano toneladas y toneladas de explosivos que, además de aniquilar seres humanos, tienen efectos ambientales que perdurarán generaciones.La extrema derecha negacionista condiciona y conforma gobiernos del PP en diversas comunidades –la última, Andalucía, la más poblada del país–, cuestiona el trabajo de la comunidad científica y criminaliza el ecologismo y la defensa de la vida. La política, en general, no está a la altura de la magnitud de los problemas ambientales y climáticos, que ponen en riesgo la vida y el bienestar de las generaciones futuras, como ya denunció hace unos años una entonces adolescente Greta Thunberg, impulsora de la "huelga por el clima" que movilizó a miles de jóvenes en todo el planeta, y que hoy es considerada una peligrosa comunista.Lo realmente peligroso es no hacer nada, o hacer más de lo mismo. También lo es perder el tiempo enredándonos, como han hecho estos días en Francia, en debates absurdos sobre si es ético tener aire acondicionado en casa con temperaturas superiores a 40 grados. Esto no quiere decir que, a escala individual, todo el mundo no deba hacer su parte, pero os puedo asegurar que yo no tengo nada que ver con los más de 20 millones de turistas que nos visitarán este año, ni con la media docena de cruceros que hace unos días descargaron más de 15.000 personas en el puerto de Palma y emitieron toneladas de gases contaminantes. Ni con el récord de jets privados de multimillonarios (algunos de la zona, como Miquel Fluxà) que generan tanto CO2 como vosotros y yo en toda una vida. En cambio, la mayoría de escuelas no tienen aire acondicionado y nadie exige cuentas por ello.Sí que debemos poder tener aire acondicionado, y está claro que hay que hacer un uso responsable, como nos pasa con el agua. Pero si quienes más contaminan y más pueden hacer para evitarlo no hacen nada, y nadie tampoco les obliga, nuestra aportación será un granito de arena, pero solo un granito de arena. Son los políticos quienes deben poner reglas que garanticen no solo la justicia social, sino también la justicia climática, cosa que implica tomar medidas concretas que aseguren el bienestar de las generaciones presentes y futuras.Esta legislatura, que ya va cuesta abajo hacia las elecciones, comenzó con un reconocimiento sensato por parte de la presidenta del Gobierno, que decía que había que poner límites a nuestra principal actividad económica, el turismo. Las cifras, hoy, apuntan en la dirección contraria: pensamos que el incremento del gasto turístico y el turismo de lujo nos redimirá, cuando en realidad lo que hacen es subir los precios de las cosas más básicas para los residentes, empezando por la vivienda y siguiendo por la alimentación.No solo no se han hecho los deberes, sino que en Mallorca continuaremos alimentando la incineradora más grande del Mediterráneo con los residuos de los turistas de Ibiza y llenaremos las carreteras de camiones que transportarán mierda pretratada para que no huela, mientras esperamos que algún día haya restricciones de verdad en la circulación de coches, que hace la vida imposible a tantos mallorquines. Se desprotegen espacios como El Trenc, y otros que sí lo están, como buena parte de las aguas de las Baleares, vivirán el verano con más agresiones a la posidonia desde hace siglos, de la mano de barcos de todo tipo que ya tienen planificado ir a ver el eclipse desde el mar el próximo agosto.Bien eclipsados, quedaremos. Hace tiempo que todo esto es insostenible y que las palabras lo aguantan casi todo, salvo la paciencia de los residentes. Porque, cada vez más, los únicos que podrán disfrutar de la isla serán quienes se la miren desde su urbanización de lujo o desde el yate, mientras el resto nos resignamos a otro verano sin salir de la cueva de nuestra casa. Y fuera quejas, que al menos tenemos casa.

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