22/09/2026 - 07:30 h.
Profesor de la UIB
4 min

Hace unas semanas escuché, por casualidad, una conversación de verano entre niños mallorquines de Primaria, de unos diez años. Hablaban del curso pasado y uno de ellos soltó, con la naturalidad con la que se dicen las cosas que uno ha oído en casa, que "el mejor día del curso era el día de la fiesta del cordero". Los otros reían y estaban de acuerdo. No hacía falta explicarlo: es un día que la mayoría de los compañeros magrebíes no van a clase. Estos niños no se han inventado nada. Reproducen, como hacen siempre los niños, aquello que han oído decir a los adultos. Y esto es, precisamente, lo que debería inquietarnos.

La conversación de la anécdota no tenía lugar en periodo lectivo, sino en pleno mes de agosto, y por eso me llamó la atención. Y es que lo que ha pasado en Ceuta desde finales de julio –cuando en dos días entraron nadando unas 80.000 personas y muchas de ellas se ahogaban– ha hecho visible, y ha hecho crecer, un racismo que ya gestábamos. Ceuta es un drama a tres niveles. El primero es humano: más de un centenar de muertos, la mayoría ahogados, con cadáveres no identificados y que ni siquiera su país quiere repatriar. El segundo es humanitario: miles de personas que pasaron días sin agua ni comida, atendidas primero por los vecinos y las entidades y no por el Estado, y 862 menores solos en una ciudad con 29 plazas para acogerlos. Y el tercero es el de la convivencia, que en Ceuta ya se ha resquebrajado –la noche del 27 de agosto un grupo quemó las barracas de los migrantes en la playa del Trampolín e impidió que la Cruz Roja repartiera ayuda allí– y que, por contagio, se resquebraja también aquí.

Porque lo que pasa en Ceuta nos atraviesa a todos como sociedad, por mucho que pensemos que nos queda lejos. Este racismo ha conectado sin mucho esfuerzo con el españolismo más rancio, aquel que viene de lejos, que es nacionalcatólico de fondo y ‘antimoro’ de toda la vida. Lo escuchamos en las consignas de las manifestaciones del 2 de septiembre, convocadas en nombre de las ‘fronteras’ y no de los muertos, y lo escuchamos en el aula, en el patio, en la conversación de la playa. Y lo volveremos a escuchar el 12 de octubre, el día de la ‘Raza’.

Y aquí es donde entra el uso partidista, que es tan previsible como irresponsable, especialmente en una comunidad con una importante presencia magrebí y musulmana que, como cualquier otro colectivo, intenta trabajar y salir adelante aquí después de haber huido de un país sin oportunidades ni democracia. Pero muy amigo de nuestro magnífico Reino, por cierto. La presidenta Prohens habla de "un ataque a nuestras fronteras y a la integridad territorial de España", y su portavoz nos avisa que "lo que ha pasado en Ceuta podría pasar en Baleares", y se victimizan con las pateras que llegan a nuestras costas como si fuera una invasión cuando las entidades y los expertos hemos dicho mil veces que es migración en tránsito, que ni siquiera se queda aquí. Da igual: el miedo no necesita datos, necesita repetición. Y la extrema derecha, que es quien pone el marco, lo sabe bien. Cada vez que puede, intenta fragmentarnos y dividirnos, y otros, para no perder votos, le compran el lenguaje y el imaginario.

El episodio de estos días con la camiseta ‘Todos somos caballas’ es más de lo mismo: una asociación de empresarios valencianos (¡con negocios con Marruecos, para más inri!), con LaLiga, que impulsa una campaña de ‘solidaridad’ con Ceuta que habla de ‘cohesión territorial’ y no dice ni una palabra de los muertos ni de los menores. Cuando Vinícius, Mbappé y Konaté –y antes el Barça– se negaron a lucir el mensaje, la respuesta no ha sido preguntarse por qué, sino señalarlos. Una ‘solidaridad’ que no tiene ni una palabra para las personas que han perdido la vida, y que en 24 horas se convierte en un linchamiento de tres futbolistas negros, dice mucho de lo que realmente se defiende.

¿Qué hay que hacer, entonces? Primero, la urgencia: resolver lo que pasa en Ceuta, que es responsabilidad de todas las administraciones –el Estado, la ciudad autónoma, las comunidades que deben repartirse la acogida de los menores– y también de Marruecos, que ha utilizado la frontera como instrumento de presión con las personas como moneda de cambio. Aquí no hay excusas ni competencias que valgan.

La segunda tarea es más larga y es nuestra: cohesionar una sociedad que unos cuantos se empeñan en trocear. Esto se hace en la escuela, donde la fiesta del cordero debería ser una cosa que se explica y se conoce y no una celebración por la ausencia de una parte del alumnado; y se hace en los barrios, en los clubes deportivos y en las asociaciones de vecinos, donde la convivencia no es una consigna sino una práctica diaria; y también en las instituciones, que deberían tener claro que gobernar no es administrar el miedo de los votantes, sino proteger y cuidar de toda la ciudadanía, independientemente de dónde hayamos nacido.

Los niños que se reían de la fiesta del cordero no son racistas. Son el espejo de una sociedad que está dejando que le digan quién es su enemigo. La respuesta la tenemos nosotros, y no admite más ‘situaciones de emergencia’.

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