Tribuna abierta

Canto de alabanza a los donados de Mallorca

Ferran Bellver Silván
18/09/2026 - 19:45 h.
Ermitaños sin fronteras
3 min

Es justo y necesario alabar la figura de los donados de santuarios e iglesias, sean edificaciones pequeñas o grandes, medievales o modernas. Estas personas entregadas al servicio de las parroquias de Mallorca, y que con su trabajo silencioso y constante han protegido el patrimonio de todos, manteniéndolo abierto y cuidado cada día para poderlo contemplar y disfrutar los mallorquines y los visitantes del mundo.Aunque el Obispado de Mallorca quiere dejar patente que él es el único propietario del patrimonio eclesiástico, estaría bien que recordase que el patrimonio que tiene inmatriculado a su nombre ha sido construido y financiado siglos atrás, e incluso ahora, por el pueblo de Mallorca al cual, por tanto, en justicia, también le corresponde compartir la propiedad.

Así pues, el Obispado de Mallorca no debería sentirse el propietario único de tantos Bienes de Interés Cultural (BIC), como si fueran propiedades privadas con las que puede hacer lo que quiera: subastarlas al mejor postor como negocios, suprimir a los santeros que las cuidaban, poner unas condiciones abusivas de gestión, o dejarlas cerradas indefinidamente privando así a los ciudadanos de poder visitarlas, etc. Convendría que el ecónomo episcopal y el obispo –que actúan como si fueran ricos propietarios– tuviesen bien presentes aquellas palabras del Maestro: “¡Felices los pobres, porque el Reino de Dios es vuestro!” (Lc 6,20), o aquellas otras: “No acumuléis tesoros aquí en la tierra..., reunid tesoros en el cielo” (Mt. 6,19-20).

Muchos mallorquines opinan que los santeros de santuarios merecen el agradecimiento y la alabanza del Obispado de Mallorca, porque se han cuidado siempre de mantener las iglesias como lugares de oración y silencio, protegiendo la dedicación prioritaria de estos edificios históricos a la actividad religiosa con el máximo respeto. Alerta, pues, con lo que hace últimamente con los santeros la autoridad de una Iglesia clerical, desconectada de la comunidad creyente, para enfocar la nueva gestión de la Maiorica Sacra...

La alabanza y el reconocimiento de la dedicación generosa de los santeros de iglesias se impone, pues, y aquí debería intervenir la administración pública, porque con el dinero de todos los mallorquines, el Consejo de Mallorca financia cada año la restauración del patrimonio eclesiástico, y no se debería permitir que el Obispado, unilateralmente, decida eliminar a los santeros –como sistema tradicional y humano de apertura diaria que ha estado funcionando durante siglos– para dejar cerradas las iglesias restauradas.

Conviene recordar la magnífica gestión hecha por los donados de San Miguel, de Campanet (s. XIII), durante años, que dieron luz y pusieron en valor, mediante un proyecto de inclusión laboral, uno de los lugares medievales más valiosos del patrimonio histórico de los mallorquines. Pues bien, estos donados, premiados por la sociedad civil, fueron eliminados sin ningún argumento y de manera autoritaria en 2021 por un Obispado que dejó, otra vez a oscuras y olvidado este patrimonio excelso.

Si aquel fue un hecho escandaloso, lo que ahora está en vías de consumar el mismo Obispado con los donados del Santuario de Graciaes todavía un escándalo mucho mayor, por el servicio encomiable hecho durante muchas décadas por estos donados ejemplares que muchos obispos en el mundo habrían querido tener en sus diócesis.

Es justo y necesario, pues, que muchos mallorquines de bien alcen las voces con un canto de agradecimiento y de alabanza a los donados de Mallorca, unos cristianos laicos que, sin finalidad lucrativa, han dedicado muchos años de su vida al servicio y protección del patrimonio religioso de todos.

No hay muchas esperanzas de cambio con este Obispado de Mallorca, que en lugar de agradecer y alabar la gestión hecha por los donados laicos, los quita con malos modos y sin ninguna sensibilidad social ni humana. Ojalá vengan pronto a Mallorca un nuevo obispo y otro ecónomo episcopal que crean de verdad en una iglesia sinodal y confíen en los laicos comprometidos al servicio de las comunidades parroquiales.

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