La geopolítica del silencio
Hay vecinos con quienes procuramos no discutir nunca. No porque tengan siempre razón, ni porque sean más fuertes, sino porque sabemos que una pelea nos puede salir demasiado cara. Entre España y Marruecos pasa un poco esto. Solo que aquí no hablamos de una pared medianera ni de un trozo de jardín, sino de fronteras, migración, comercio, seguridad, Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental.Durante los últimos años, el gobierno de Pedro Sánchez ha optado por evitar casi siempre la confrontación abierta con Rabat. A veces esta actitud parece una geopolítica del silencio: rebajar el tono, absorber las tensiones y preservar, por encima de todo, una relación funcional con Mohammed VI. La pregunta es si esta prudencia refuerza al estado español o si, poco a poco, lo hace más vulnerable.No es una cuestión de fuerza militar. España continúa siendo muy superior a Marruecos en términos globales. Forma parte de la Unión Europea y de la OTAN, dispone de unas fuerzas armadas más completas, de una economía mucho mayor y de una capacidad naval y aérea que Rabat no puede igualar. El gasto militar español llegó a los 40.200 millones de dólares en 2025, según el SIPRI –Stockholm International Peace Research Institute. Esta cifra representa un aumento del 50% respecto al 2024 y sitúa a España entre los quince países que más gastan militarmente del mundo.Por eso, una confrontación militar directa contra España sería extraordinariamente arriesgada para Marruecos. Pero las relaciones entre estados no se deciden solo con aviones, fragatas o divisiones. La disuasión es más sutil: consiste en hacer creer al otro que determinadas acciones tendrán un precio demasiado alto. Y es precisamente aquí donde aparece el problema.Marruecos ha aprendido a moverse en un terreno que no es ni el de la paz completa ni el del conflicto abierto. Una zona gris donde caben el control migratorio, las aduanas, la cooperación policial, la pesca, el Sáhara y las declaraciones sobre Ceuta y Melilla. No hace falta amenazar a España; a veces basta con dejar de hacer algo que habitualmente se hace. Evidentemente, tiene las espaldas bien cubiertas por los EE. UU.La crisis de Ceuta de mayo de 2021 lo demostró con una claridad difícil de olvidar. En plena tensión diplomática por la hospitalización en España de Brahim Ghali, dirigente del Frente Polisario, miles de personas cruzaron la frontera mientras el control marroquí se reducía de manera extraordinaria. En pocas horas, una crisis diplomática se convirtió en una crisis fronteriza, humanitaria y política.Un año más tarde llegó el gran cambio español sobre el Sáhara Occidental. En marzo de 2022, Sánchez calificó la propuesta marroquí de autonomía como la base más seria, realista y creíble para resolver el conflicto. Aquel movimiento permitió reconstruir la relación con Rabat, pero provocó una grave crisis con Argelia y significó abandonar el equilibrio que España había mantenido durante décadas entre los dos grandes vecinos del Magreb.Por cierto, debemos recordar la visita de Pedro Sánchez, el pasado mes de julio, a Argelia, de la cual no se habla mucho. Pero es bien seguro que le dolió a Rabat y a Mohammed VI.El presidente Sánchez, con un juego de malabarista que le gusta tanto, intentó reconstruir el equilibrio con Argel sin deshacer lo que había pactado con Rabat. España no retiró el apoyo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara. Intentaba algo difícil: mantener una relación privilegiada con Marruecos y, simultáneamente, recuperar Argelia.Y hay argumentos poderosos para que sea así. España es el principal socio comercial de Marruecos y los intercambios bilaterales superan los 22.500 millones de euros anuales. Cientos de empresas españolas operan en el país. A esto se añade la cooperación antiterrorista, la lucha contra el narcotráfico, el control migratorio y la organización conjunta del Mundial de fútbol de 2030.Por tanto, sería demasiado fácil definir la política de Sánchez como una simple sumisión. Para cualquier gobierno español, tener un Marruecos estable y colaborador es una cuestión de seguridad nacional. El problema comienza cuando cooperación y dependencia se confunden.Aquí aparece una paradoja. España tiene mucho más poder global que Marruecos, pero Rabat tiene una gran capacidad de provocar problemas inmediatos. Puede relajar los controles fronterizos, dificultar la cooperación policial o elevar el tono sobre Ceuta y Melilla y generar consecuencias políticas en cuestión de horas.Madrid, en cambio, necesita tiempo. Debe movilizar a la Unión Europea, activar la diplomacia, buscar apoyos o adoptar medidas económicas. Esta diferencia da a Marruecos una ventaja táctica, aunque España tenga una superioridad estratégica.La crisis migratoria de Ceuta de julio de 2026 ha vuelto a poner esta realidad sobre la mesa. Pedro Sánchez ha afirmado que no hay pruebas concluyentes de que el gobierno marroquí organizara deliberadamente aquella entrada masiva. Al mismo tiempo, se ha constatado que, durante unas horas decisivas, el control de la frontera fue muy inferior al habitual. Todo hace pensar que de la misa no sabemos ni la mitad. Analizamos con lo que nos dicen y con lo que no nos dicen, pero que entrevemos o intuimos. La visita del 20 de julio a Argel ha salido muy cara al Estado y al gobierno estatal, ¿o no?Ceuta y Melilla son el otro gran elemento de esta ecuación. Marruecos mantiene su reivindicación histórica. España considera indiscutible su soberanía. Una operación militar contra cualquiera de las dos ciudades sería altamente improbable porque provocaría una crisis internacional de enormes dimensiones. Pero Rabat no necesita una guerra para mantener viva la cuestión; puede esperar. Los gobiernos españoles piensan en legislaturas. La monarquía marroquí puede pensar en décadas.Por eso, la verdadera vulnerabilidad española no es hoy una invasión de Ceuta o Melilla. Es todo aquello que puede pasar sin llegar a una agresión militar: presión migratoria, crisis diplomáticas, disputas comerciales, tensiones fronterizas y reivindicaciones territoriales. Es la zona gris. Y es aquí donde se decide una parte importante de la relación entre Madrid y Rabat.España necesita a Marruecos. Marruecos también necesita a España y a Europa. La relación es de interdependencia, pero no es completamente simétrica. La política inteligente probablemente no consiste en buscar una confrontación con Rabat. Sería irresponsable. Pero tampoco puede consistir en transmitir que cualquier presión será absorbida en silencio.Los medios, las redes, las peleas y las amenazas en el Congreso son a menudo ruido y asuntos circunstanciales. Tampoco la oposición parlamentaria ha sabido convertir esta cuestión en un debate de Estado. Demasiadas veces, los intereses electorales y la lucha por el poder han pasado por delante de una reflexión seria sobre la política exterior de España.Ya para concluir, la pregunta de fondo es si Marruecos todavía cree que presionar a España tiene un precio alto o si piensa que le sale barato.No olvidéis la frase de Manuel Vicent en El País, el 9 de julio de 2023, refiriéndose a Pedro Sánchez: “… Volvió a la sede caracoleando sobre una jaca torda para tomar el mando".