Brutores con la energía limpia
En las Islas, el debate sobre la energía renovable ha entrado en una deriva tan absurda que cuesta distinguir dónde termina la sostenibilidad y dónde comienza el oportunismo. Tras el alud de parques solares que ha invadido el suelo rústico –sin zonificación, sin ningún criterio paisajístico ni de ordenación territorial– llega ahora la siguiente ola: la de los parques de baterías de litio. Treinta y cuatro proyectos ya se encuentran en la Conselleria, en distintas fases de tramitación, según informa Jaume Perelló. Treinta y cuatro en total, hasta siete sólo en Alcudia.
El debate no es la transición energética, imprescindible. El problema es que esto aquí se hace a golpes de improvisación y con un desprecio total por el territorio. Si los parques solares ya han convertido cuarteradas productivas en un enladrillado de placas, los campos de baterías añaden una capa más de degradación, la de los contenedores metálicos alineados como si fueran almacenes logísticos, soleras de cemento, instalaciones de tubos, cableado y un impacto irreversible. pasto. Es tierra que se pierde, seguramente para siempre.
Además, no hablamos de instalaciones inocuas. Los sistemas de almacenamiento de litio son altamente contaminantes si existen derrames y conllevan riesgos de incendio que pueden ser muy difíciles de controlar. Cualquier búsqueda mínima lo confirma: los llamados thermal runaway, los incendios espontáneos asociados al litio, pueden durar días y liberar humo tóxico. Y aquí, en estas islas frágiles y pequeñas, queremos dispersar a decenas en medio del campo como si nada. Esta idea resultaría grotesca si no fuera tan peligrosa.
Y, mientras, los fondos de inversión que han colonizado hasta ahora el negocio de las renovables siguen vendiendo estos proyectos como modelo de sostenibilidad. Lo hacen con una barra monumental, la de exigir ayudas públicas para instalar infraestructuras industriales en suelo rústico mientras se presentan como salvadores del planeta. Es muy perverso. Y, además, es mentira.
En cualquier caso, arrasar el campo no es sostenible. Convertir el territorio en un tablero de juego para inversores tampoco lo es. Se podría hacer una prueba de que quizás nos saldría rentable: si prohibíamos la instalación de placas y baterías en suelo rústico, en cuestión de meses seguramente surgirían soluciones en polígonos, tejados y naves industriales. Pero mientras el campo sea el lugar más barato, más rápido y menos problemático –política y económicamente hablando– seguirá siendo el primero en caer. Y los buitres volverán, porque de eso viven, de todo lo que huele a muerte (y de negocio fácil).
La transición energética no puede ser, en ningún caso, una excusa para repetir los mismos errores que hemos cometido siempre. O plantamos cara a esta colonización encubierta del territorio, o un día nos daremos cuenta de que, en nombre de la sostenibilidad, habremos destruido justo lo que queríamos proteger.