La educación en los años 40: "Si encontraban que ibas sucia, te colgaban una banda"

Antònia Humbert y Francisco Tomás crecieron en la escuela de después de la Guerra Civil, en una época marcada por el miedo, el control y la disciplina

03/03/2026
5 min

PalmaEn la década de los cuarenta, la enseñanza estaba fuertemente condicionada por los primeros años del franquismo y por un marco legal antiguo: la Ley Moyano (1857), vigente hasta 1970. La escuela era autoritaria y memorística.la letra con sangre entra, como recordaba el exinspector de Educación y escritor, Pere Carrió—, con manuales únicos y contenidos rígidos marcados por los cuestionarios nacionales. La religión ocupaba un lugar central y asignaturas como Formación del espíritu nacional reforzaban las consignas dedicadas a José Antonio Primo de Rivera ya Francisco Franco.

Además, la educación era diferenciada. Niños y niñas estudiaban separados y recibían una formación diferente, con mayor peso de las tareas domésticas y la moral para ellas, y una orientación más académica o profesional para ellos. Todo debía enseñarse en castellano y el control sobre el profesorado era estricto, porque dominar la escuela era una forma de orientar el pensamiento y los valores de toda una generación. Ponemos cara y ve a esa década educativa a través de un matrimonio que la vivió en primera persona. Así lo cuenta cada uno:

Antònia Humbert, Palma (1936) - Escola Sagrat Cor

Corría el año 1940. Tenía cuatro años y cada mañana mi madre me llevaba hasta la escuela del Sagrat Cor, la de las muñecas pobres. Porque también había otro, de Sagrat Cor, para las ricas. Recuerdo su mano apretando la mía y el corazón latiéndome pronto. Todo me parecía inmenso. Las aulas, con la madera encerada, eran un mundo aparte. Esa rutina marcó mis primeros años.

De la escuela de las muñecas ricas no sabíamos mucho. Le decíamos el pensionado, porque algunas dormían. Las imaginábamos con uniformes impecables. Nosotros no podríamos entrar. En la nuestra, cada mañana abríamos el balcón, desplegábamos la bandera y cantábamos el himno. La disciplina regía cada gesto y todo debía estar limpio. De vez en cuando nos daban leche en polvo. Y una vez por semana nos hacían granar el aula hasta dejarla impecable. La buena conducta se premiaba con la banda de honor. Pero si encontraban que ibas sucia, te colgaban una banda como castigo.

Aulas con ratios enormes

En clase estábamos cerca de cuarenta muñecas, separadas por edades. Llevábamos uniforme y, aunque en clase teníamos que hablar castellano, entre nosotros conversábamos en mallorquín. Nunca vi que pegaran a nadie. De hecho, teníamos una monja especial, mamá Martín, ya mayor, dulce y cariñosa, que siempre me amó mucho. Aunque estudiar me costaba, aprendí a leer. Nunca he sido muy lectora —de hecho, sólo he leído un libro en toda mi vida, pero ese aprendizaje quedó para siempre.

Carné de Francisco Tomás de la Asociación de antiguos alumnos y un boletín de notas de Antònia Humbert.

Una vez al mes nos llevaban al pensionado para ir a misa. Era el único momento en el que coincidíamos con las ricas. Las diferencias eran evidentes: la ropa, la limpieza, la forma de moverse, de hablar. Después volvíamos a nuestra escuela y apenas salíamos. Como mucho, íbamos a un pinar cercano, a la zona donde hoy se encuentra la clínica Juaneda. El resto del tiempo hacíamos labores domésticas y enseñanzas elementales.

El Sagrado Corazón de barrio, que estaba en el edificio que hoy ocupa Mata de Jonc, forma parte de mis recuerdos amables. Antes de Navidad llevábamos cestas de fruta a las monjas. A veces venía el cura y hacía un corto sermón, con una voz que imponía silencio. A pesar de la disciplina y dureza de la posguerra, fui feliz. Pero el miedo siempre estaba ahí. Invisible, constante, como una sombra que nunca te dejaba del todo. Si lo compare con ahora, antes había demasiado control. Hoy, demasiada libertad.

Francisco Tomás, Palma (1938) - Escuela nacional de Son Espanyolet

Mi primera escuela estaba casi cerca de casa, en la calle de Mazagán, con las monjas. Pero la verdadera etapa educativa empezó cuando tenía seis años, en la escuela nacional de Son Espanyolet, en plena dictadura franquista. El director, don Miquel Deyà, imponía respeto. Era exigente, justo, enérgico. Cuando llegaba el inspector, todos nos poníamos de pie y callábamos de un golpe. La disciplina marcaba el ritmo de cada día, como un ritual que nadie se atrevía a romper y con un trasfondo nacionalcatólico que lo impregnaba todo.

En clase éramos unos cuarenta chicos. En invierno, la pequeña estufa de leña hacía más humo que calor. El olor a madera quemada lo invadía todo y, a veces, el aula se convertía en un espacio casi irrespirable. Íbamos vestidos como podíamos. Compartíamos libros, material e incluso ropa con los hermanos. No nos daban comida, como ahora, pero sí leche en polvo, y eso ya era un pequeño tesoro.

Maestros con filosofía republicana

Podíamos hablar catalán gracias a que don Miquel era catalanista, lo que le trajo problemas. No era un hombre cualquiera. También hubo otros maestros que me dejaron huella, como Joan Santaner, que había sufrido la guerra y la depuración. Con él no sólo aprendíamos materias; aprendíamos a entender el mundo ya pensar por nuestra cuenta.

Nuestra escuela había sido republicana, inaugurada en 1933. Cuando entraron los nacionales, cambiaron su director, pero la comunidad educativa resistió. No era ningún alumno brillante, más bien al contrario. A 14 años, mi padre me preguntó si quería continuar estudiando o trabajar. Escogí ser herrero, en un momento en que el hierro escaseaba.

Uno de los manuales que utilizaban los alumnos en la década de los 40.

Años después nos seguíamos reuniendo con don Miguel y con antiguos alumnos. Recuerdo una vez que él contaba que los hombres descendemos de las monas. Le contesté que no descendíamos de las monas, porque que las monas descendían de los árboles. Reímos todos juntos. La escena resume la complicidad que existía.

Don Miquel nos exigía que explicáramos lo que habíamos entendido, no que repitiéramos de memoria, cosa que no era habitual en aquella época. Los juegos en el aula, las risas compartidas, la humareda de la estufa y los primeros conocimientos son todavía hoy un tesoro. Era una persona que se hacía querer. Cuando trabajó en Consejo, los alumnos iban a buscarlo a la estación; querían estar con él.

De mi etapa educativa tengo buenos recuerdos. Éramos todos iguales, no había diferencias en el aula. Tuvimos una infancia feliz. Pero también había miedo. Lo recuerdo perfectamente. Cuando yo iba a reuniones con don Miguel, mi padre decía que no fuera, que podía pasar cualquier cosa. Yo le respondía: "Mi padre, no hablamos de política". Pero él tenía miedo. Sabíamos, por ejemplo, que en Inca habían fusilado a tres hermanos hacía poco. ¿Cómo no teníamos que tener miedo?

*Texto elaborado a partir del testimonio de los entrevistados

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