Flamingo, historia porteña: “Si no priorizamos al cliente mallorquín, al final perderemos quien nos ha ayudado toda la vida”
Jaime Cuadrench Berlinger, responsable de Flamingo desde la jubilación de su padre, Pepe, vuelve a abrir la temporada de servicio con una peculiar cuota de reservas
PortocristoBajando la costa de Blau de Portocristo (oficialmente calle Bordils), una pronunciada pendiente en primera línea de mar que lleva a la playa urbana y al lado de una pequeña zona de pinar salvaje, se esconde el Flamingo, el restaurante más famoso y representativo del paso del tiempo al pueblo. Unas escaleras conducen a un edificio no muy grande (de planta baja y comedor) primero y después se abren a una terraza sobria, pero de vistas espectaculares. Hace unos años, nada más terminar la pandemia y el pertinente confinamiento, la llegada masiva de turismo hizo peligrar su idiosincrasia; la de un sitio creado y pensado para clientes locales que veía que los extranjeros 'colonizaban' un intencionado escondite culinario.
"Nosotros estamos encantados de que las personas que llegan a la isla puedan disfrutar de lo que tenemos aquí", comienza diciendo Cuadrench (Portocristo, 1978), "pero después de la pandemia, y con mucho dinero ahorrado, el turismo se disparó de tal manera que la sobredemanda ganó la oferta real". "Es cierto que los agroturismos y los alquileres vacacionales nos han dado una vida increíble, pero llegó a un punto, hace unos tres años, que la demanda ya era tanta que el volumen foráneo se comía al cliente local".
La solución, ido, fue tan lógica como inusual en la mayoría de restaurantes baleares: instaurar una cuota de reservas que priorizara al cliente mallorquín, "que es quien siempre nos ha apoyado al pequeño comercio ya los pequeños restaurantes como el nuestro. Es un sentimiento de querer cerrar filas con la comunidad". "El problema era que los turistas ya gritaban tres o cuatro días antes para pedir mesa y, claro, cerrábamos turno con clientes extranjeros; lo que hacía que, como consecuencia, la gente de toda la vida ya no tuviera opción de salir a comer aquí. Y eso nos sabía mal".
Cuadrench, que ha continuado con la tradición tanto estética como de cocina tradicional del Flamingo, reflexiona: "También debemos tener en cuenta que ahora salir a comer o cenar es un lujo por el coste de vida que tenemos, que te obliga a quitarte los extras de alguna otra parte si quieres salir un fin de semana a una semana a una de las semanas a la semana. Pero cuando decidan venir, debemos asegurarnos de que encuentren mesa”.
Más de la mitad
"Tomamos la decisión de reservar entre un 50 y un 60% para el cliente mallorquín, sobre todo durante los meses de verano, que es cuando esta problemática es más evidente". El responsable y cocinero de la costa de Blau no tiene ninguna duda: "Debemos mucho a la gente de aquí, es un agradecimiento constante, porque estuvieron en tiempos malos de confinamiento y los meses posteriores. Tenemos que saber adaptarnos a las circunstancias para conservar lo que tenemos", dice sentado en una de las terrazas más bellas de la costa este.
Sin embargo, pese a la fama de sus vistas colgadas en las redes sociales, la cocina no ha cambiado en las casi cuatro décadas que hace que la familia Cuadrench gestiona el establecimiento. "Aquí tenemos las ideas claras de lo que sabemos hacer. Es una cocina básica, en el sentido de que hagamos carne y pescado a la brasa, calamar, sartenes… pero utilizando siempre alimentos y productos de calidad, siempre piezas enteras. También es cierto que no nos caracterizamos por las modernidades, pero tampoco queremos perder el carácter de terraza que hace las cosas que sabe hacer mejor. Flamingo", sentencia con una dosis de humildad.
La cartelería más singular
Los carteles que anuncian partes de las especialidades del Flamingo: platos, pizzas o postres son sobradamente conocidos entre porteños y manacorenses que veranean en la costa. Letreros de cocineros, de personajes de Disney, de los hermanos Marx, pulpos y flamencos que recuerdan el nombre del local y tanto te pueden 'vender' sangría como una gigantesca copa de nata con fresas. Todos pintados de vivos colores, básicamente entrañables y miles de veces fotografiados por clientes y curiosos que bajan la entrada del restaurante.
"Son un homenaje a mi padre, Pepe el Bandido. Es una persona muy conocida en Portocristo y que ya trabajó en Tànit y Saboga antes de coger el Flamingo en 1991 con otro socio. Los pinta él mismo. Están hechos sobre madera y de forma muy artesanal. Ahora son muchovintage, pero en la década de los 80 eran muy característicos de la zona de costa mallorquina. De hecho, él cogió la idea de locales y restaurantes de orilla de mar como Cala Millor, Calas de Mallorca y la Coma", recuerda. "Quizás la gente piense que ya está desfasado, pero para nosotros es un legado cultural, un poco como un museo. Cierto que ya se ha convertido en una publicidad y un reclamo".
Sin prisas
"Siempre tenemos abierto de día 1 de marzo hasta final de octubre. Intentamos no variar los precios y, si algún año lo hacemos, procuramos que las subidas sean mínimas. Es lo que le decía: queremos que la gente de aquí se sienta cómoda para volver cuando quiera o para hacer una cerveza, un café o un pan de irse pronto por mucha gente que haya. Es nuestra filosofía, y como en todos estos años nos ha ido tan bien, ya no queremos cambiarla”.
Pepe Cuadrench empezó a llevar a Flamingo con otro socio durante tres años, hasta que se lo quedó en 1994 conjuntamente con su mujer, Jutta Berlinger, de origen alemán. El edificio es alquilado por una serie de años, "pero como está protegido por los años que tiene y por estar aquí donde está, no podemos hacer mucho ni obra, sólo pintar y arreglar lo que se apriete. La parte alta, el comedor cubierto, también se utiliza los días de frío, viento o agua, "aunque todo el mundo quiere estar de fuera,".
"Si la temporada no se tuerce, se presenta muy bien, aunque no creo que sea tan masiva como desde hace tres o cuatro años. Pienso que volveremos a la normalidad de antes de la pandemia después de la vorágine". Pedido sobre si la base de clientes locales le bastaría, Cuadrench dice que "podría vivir con la gente local, aunque el turismo es un buen complemento en verano. El cliente local es el motor, siempre ha sido así, por lo que hay que defenderlo tanto como le digo, no lo estoy exagerando. Además, es lo más crítico si lo haces mal o te desvías del camino, ellos fueron los que nos cuestionaron a ver si sólo preferíamos a los turistas… son los que hacen las críticas más constructivas, porque son quienes quedan".