El ‘sueco’ que quiso ser enterrado en Mallorca
Ernest Dethorey, cronista de la cultura y el incipiente turismo en las Islas Baleares, nació en Barcelona hace ahora 125 años
PalmaNació en Barcelona, de origen francés y cubano, se crió en las Filipinas, emigró a Suecia, adquirió la nacionalidad sueca y, por deseo propio, fue enterrado en Mallorca. Ernest Dethorey fue, en las Islas Baleares de hace un siglo, el cronista de la cultura y también del turismo entonces incipiente. Le recordamos cuando se cumplen 125 años de su nacimiento, el 13 de septiembre de 1901.
Dethorey era un personaje inquieto, socialista, masón, de fuerte espíritu crítico, interesado por las últimas tendencias creativas y abierto a todo aquello que se cocinaba en el mundo. Y, al mismo tiempo, estaba muy arraigado a su tierra de adopción, Mallorca, aunque solo residió allí nueve años. El de Dethorey y la isla fue un amor a primera vista. Era admirador de Joan Alcover y se declaraba discípulo de Gabriel Alomar: en 1930, cuando ya vivía en Suecia, envió su contribución, el artículo ‘Deuda espiritual’, a un homenaje que se hizo al político y escritor.
Venía de una trayectoria diversa y trashumante: la Barcelona del nacimiento y la juventud, once años de infancia en las Filipinas y unos meses en Liberia. Llegó a Mallorca a principios de 1920 y al año siguiente, a solo veinte años, pasaba a formar parte de la redacción de El Día, el rotativo que acababa de crear el financiero Joan March. Había una nómina de colaboradores de verdadero lujo: Bartomeu Rosselló-Pòrcel, Josep Pla, Miquel Àngel Colomar, Eugeni Xammar, Miquel Ferrà, Llorenç Riber, Llorenç Villalonga y Jacobo Sureda, además del mismo Gabriel Alomar y su hijo Joan. Este, junto con Sureda, Fortunio Bonanova y Jorge Luis Borges, entonces residente en Mallorca, había firmado aquel mismo 1921 el mítico ‘Manifiesto del Ultra’ en la revista Baleares.
Con algunos de aquellos jóvenes, como Colomar, Alomar hijo, Villalonga y Sureda, Dethorey estableció una buena amistad. En el semanario Sa Veu de Sòller publicó dos artículos muy combativos, defendiendo la actuación de Colomar “en las aguas tranquilas de la poesía mallorquina”, que levantaba los gritos de los “panfletos retrógrados”. Con Villalonga mantuvieron la relación epistolar cuando Dethorey ya residía en Suecia. El escritor mallorquín le envió un ejemplar de Mort de dama: dos años más tarde, su amigo todavía no le había respondido –queda bien claro que estaba hecho un mallorquín de pies a cabeza, con ese no tener prisa que caracteriza a los isleños.
Fue también amigo del pintor catalán Joan Junyer, residente en Llucalcari, que intentó que Picasso visitara aquel rincón de Mallorca. El verano de 1929, Jacobo Sureda, en una carta a Dethorey, daba por hecho que el malagueño vendría con su familia. Pero el mismo Junyer le anunció el cambio de planes: “Es su médico”, del pintor y su hijo, “quien les desaconseja el viaje a Mallorca por los contrastes de calor y humedad en la proximidad del Mediterráneo. Les receta las zonas templadas de la Bretaña”. Todavía en 1933, ya en Suecia, dedicó un artículo a Junyer.
¡10.000 turistas por temporada!
En los años veinte, en El Día y también en La Nostra Terra, Dethorey ejerció de cronista de la vida cultural en Mallorca. Dedicó reseñas a artistas como Sven R. Westman y Tito Cittadini y se pronunció a favor de Dalí cuando una obra suya originó un buen escándalo, al exponerse en 1929 en las galerías Costa de Palma: “Dalí actúa de Providencia. Remueve la quietud letárgica, el marasmo pictórico, e interrumpe el bostezo constante de los cocodrilos académicos”.
Dethorey dio la exclusiva de la visita a Mallorca en 1925 del escritor mexicano José Vasconcelos, invitado por el amigo común Gabriel Alomar, y de cómo ambos paseaban por Ciutat “sin fijarse en nada de lo que les rodea”, hablando de sus cosas. También se hizo eco de la estancia de D. H. Lawrence, que, entonces, nadie debía saber quién era, y de quien acababa de publicarse una novela con el curioso título El amante de lady Chatterley. En otro artículo, en 1923, aparece la figura del mecenas Joan de Saridakis y su esposa, que “en terrenos de Cala Major levantan –gracias al gusto depurado y saber arquitectónico de Guillem Forteza– un soberbio palacete”. Sí, este mismo que debéis pensar: Marivent.
El barcelonés criado en las Filipinas daba a conocer a los lectores mallorquines, prácticamente en primicia, aquello que pasaba más allá del mar. Aquel 1929, en El Día, publicaba la crónica de un viaje a París. Había asistido a la proyección de Un perro andaluz, de Buñuel y Dalí, en compañía de Joan Miró y Tristan Tzara, otro visitante ilustre de la isla. Era una película que marcó un antes y un después y que “quizás nunca verán en Mallorca”, lamentaba.
Siguiendo la línea de Miquel dels Sants Oliver, que ya había intuido las enormes posibilidades de la ‘industria de los forasteros’ –sin imaginarse hasta qué punto, sin embargo–, Dethorey también hizo un diagnóstico de las carencias de Mallorca para acoger visitantes. Era otoño. Momento de “preparativos”, reseñaba, “para la temporada invernal, la única verdaderamente fructífera, comercialmente hablando, para el que se dedica a negocios de turismo”. Es decir: hace un siglo era el invierno la temporada alta –y al paso que vamos, con el cambio climático, volverá a serlo pronto.
Entonces, según recoge en su artículo, ya se hacía campaña en favor del turismo, “nunca lo suficientemente intensa”, para su gusto: “Todos hablan” de necesidades como “buenas carreteras y buenos hoteles” pero “descuidan lo principal, el medio para llegar, es decir, el puerto”. En un momento en que se registraba la cifra escalofriante de 10.000 (!) turistas extranjeros por temporada, el periodista lamentaba “las molestias del desembarque, el polvo, la suciedad, la carga diseminada por los muelles”. Hacía falta mano de médico para resolver aquella situación.
La Ibiza de 1927
Dethorey también hizo él mismo de turista en las Islas y, por supuesto, publicando la correspondiente crónica en La Libertad de Madrid, en 1927. Se acercó a Ibiza. Narraba cómo Vila, entonces, tenía siete mil habitantes –hoy, un siglo después, son más de cincuenta mil– y dos únicas fondas, donde pedir “confort” moderno era soñar despierto. Se admiraba de la ciudad vieja pero, en cambio, echaba pestes del paseo Vara de Rey, ‘s’Alamera’, “con construcciones modernas de pésimo gusto, dignas de figurar entre las obras del arquitecto municipal de Palma”; que, obviamente, no era santo de su devoción.
En Mallorca, Ernest Dethorey residió primero en Fornalutx y después en el barrio del Terreno en Palma, la colonia de artistas por excelencia. Es curiosa la imagen que ofrecía, en 1923, de la más tarde mítica plaza de Gomila, en Palma, con “unos pinos escuálidos que no dan sombra ni carácter” y “unos bancos de piedra un poco ruinosos”. Entonces servía de escenario de los paseos de las jovencitas, “esperando alguna cosa que quizás no llegará nunca”.
En aquella plaza de Gomila, mientras esperaba el tranvía –cuenta Llorenç Capellà–, conoció a una chica sueca, Gertie, hija de un librero –las letras llaman a las letras– que pasaba una temporada en la isla. Entonces, debía haber siete suecos, en toda Mallorca: no había llegado todavía la época de las suecas míticas, con sus bikinis. Era tan desconocida Mallorca para los nórdicos que la criada de la familia, al enterarse de que Gertie se casaba y se iba a vivir a una isla, preguntó si había otros blancos.
En 1929, fue él quien dio el paso de ir a vivir a Suecia. Le organizaron una despedida en el hotel Victoria en Palma, con la presencia, entre otros, de Gabriel Alomar y de Jacobo Sureda, y las adhesiones de Villalonga, Junyer, Guillem Forteza y Andreu Crespí. Tenía que ser una estancia temporal: el joven matrimonio pensaba volver a Mallorca. Pero, mientras tanto, llegaría la Guerra Civil, la II Guerra Mundial y el franquismo. Y Dethorey decidió no volver mientras continuase la dictadura.
Fue corresponsal en Suecia de El Día de Palma y de otros medios: El Socialista, La Vanguardia,La Libertad y Nueva España, dirigida por Antonio Espina, el gobernador de las Baleares al estallar el golpe de estado del 36. Y mantuvo su fidelidad a la República: fue designado canciller de su embajada en Estocolmo. Después dejó de colaborar en la prensa española, por no sentirse mediatizado por la censura. Dio clases de castellano, trabajó como traductor e incluso, de actor de cine, participando, en 1938, en la película Dollar, de Gustaf Molander, protagonizada por Ingrid Bergman, en el papel de un jugador de póquer argentino. En 1944 adquirió la nacionalidad sueca.
Al terminar la dictadura, Ernest Dethorey volvió de visita a Mallorca. “Nunca le había visto tan nervioso ni emocionado”, aseguraba Gertie en una entrevista a Brisas. En 1989 le otorgaron la Cruz de San Jorge. Murió en su país de adopción, el 24 de octubre de 1994, a los noventa y tres años. Cumpliendo su voluntad, sus cenizas se depositaron en el panteón de la familia, en el cementerio de Palma. Ciertamente, no había nacido en Mallorca, pero la había llevado dentro del corazón. Aunque fuera desde muy, muy lejos.
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Desde la Suecia que sería neutral en la inminente II Guerra Mundial, Ernest Dethorey fue una voz que alertó del peligro del fascismo –sí, ese que ahora parece que asoma la pata otra vez. En un artículo de 1933, publicado en Madrid por La Libertad, comentaba un telegrama “que ha pasado por tres o cuatro manos”, según el cual el Nobel de la Paz de aquel año le sería otorgado al dictador italiano Benito Mussolini. Bueno, en los tiempos actuales Trump se ha creído merecedor, así que cualquier desatino es posible.
Dethorey se preguntaba irónicamente por qué, ya que estaban, no proponer para este premio a Adolf Hitler, que apenas hacía unos meses que había llegado al poder: “Todos los nazis corearían entusiasmados la petición. ‘Hitler, el pacificador de Alemania’. Sí, la paz de los sepulcros”. “Los lobos se disfrazan de ovejas para poder hacer más estragos en el rebaño”, advertía el periodista sobre estos dos personajes siniestros.
En cuanto a otro premio Nobel, el de literatura, según revelaba su viuda, Gertie, en la entrevista a Brisas, fue Dethorey quien propuso a la Academia Sueca los galardones otorgados a Juan Ramón Jiménez –mantuvo una importante correspondencia con su mujer, Zenobia Camprubí– y a Miguel Ángel Asturias. En el caso de Camilo José Cela, residente en Mallorca a lo largo de tres decenios, “no hacía falta”, decía. “La misma Academia tenía un enorme interés por Cela”.
Información elaborada a partir de textos de Carlos Meneses, Emilio Quintana Pareja, Antoni Ribas Tur, Matías Vallés, Josep Miquel Garcia, Damià Pons y el mismo Ernest Dethorey, la Gran Enciclopèdia de Mallorca, las publicaciones Brisas, Última Hora, Diario de Mallorca y HT 77 Palabras al Aire y Ràdio Escolar de Suecia.