Las escuelas rurales que combatieron el analfabetismo
En las Islas, el campo está lleno de antiguos centros educativos, algunos abandonados, que en 1926 impulsó la dictadura de Primo de Rivera para alfabetizar a los hijos de la gente del campo. Bajo el magisterio del arquitecto Guillem Forteza, aquel proyecto se consolidó con la Segunda República y se mantuvo durante el franquismo
PalmaA principios del siglo XX las Baleares tenían cerca de 370.000 habitantes. De estos, unos 300.000 vivían en Mallorca y unos 100.000 se reunían en Palma. Eran una de las comunidades con la tasa de analfabetismo más elevada. El 77% de la población no sabía ni leer ni escribir –en el caso de las mujeres la cifra era superior. Fue a partir de 1926, con la dictadura de Primo de Rivera, cuando se ideó un plan de construcción de infraestructuras educativas para revertir la situación. La mayoría de las que había entonces ocupaban construcciones antiguas reutilizadas como escuelas y tenían unas penosas condiciones de luz y de salubridad.
En las Islas, quien reclamó tener más centros educativos fue el inspector felanitxero Joan Capó (1888-1952), que en 1918 ya había sido uno de los fundadores en Palma del Museo Pedagógico Provincial para promover la innovación pedagógica. Se inspiró en la Institución Libre de Enseñanza de Madrid (1876). El 10 de junio de 1926 convocó en el museo a los alcaldes de todos los ayuntamientos del Archipiélago, la plana mayor política y los representantes de la comunidad educativa. Les propuso la construcción de 323 nuevas escuelas. “Somos –recordó– la provincia más desatendida [en este ámbito]. En general existe una escuela por cada 700 habitantes. En Baleares nos resulta una por cada 1.400 […]. En estos momentos en que se confeccionan los presupuestos, debemos levantar la voz”.
Animando a Capó en aquel acto estaba el palmesano Guillem Forteza (1892-1943), que desde 1921 era arquitecto director de construcciones escolares del Estado en las Baleares. Tenía muy en cuenta las corrientes de innovación pedagógica imperantes en Europa que pedían centros más ‘amables’ para el aprendizaje. A lo largo de su carrera, Forteza proyectaría 112 centros educativos tanto en núcleos urbanos como rurales: 20 en Palma y 87 en el resto de Mallorca, 12 en Ibiza, 1 en Formentera y 2 en Menorca. Fueron muy aplaudidas sus majestuosas escuelas graduadas, llamadas así porque agrupaban a los alumnos en tres grados en función de la edad. Con enormes ventanales y amplios pasillos, se articulaban alrededor de un patio por donde entraba la luz. La primera que levantó fue la de Son Sardina, en 1922.
Margalida Fullana recuerda, a sus 90 años, su infancia en la escuela rural de S'Espinagar (Manacor).Archivo familiar
En 1926, en medio de aquel fervor educativo, Forteza fue requerido por muchos ayuntamientos. Querían escuelas para los hijos de un sector importante de población isleña que vivía diseminada por el campo. Fueron las conocidas escuelas rurales. Se trataba de centros unitarios, donde todos los niños utilizaban un mismo espacio, sin graduación de niveles, de edades, ni distinción de sexos. Anexo a un lateral, tenían también una vivienda para el maestro. El Estado solía financiar el 20% de las obras, mientras que el resto lo asumían los consistorios –en algunos casos, los vecinos se organizaron para suplir la falta de financiación.
Manacor es el municipio de Mallorca donde se construyeron más escuelas rurales. La Asociación de Amigos del Museo ha inventariado 37. En esta categoría no solo están las oficiales, sino también las que se improvisaban en casas particulares y las que el Ayuntamiento habilitaba en un lugar concreto con la contratación de un maestro. En la capital del Levante, Forteza diseñó cuatro, de líneas más austeras aunque igual de luminosas: la del Puig de l’Anar, S’Espinagar, Son Negre y Sa Murtera. Todas se inauguraron hacia 1930.
Las escuelas rurales también fueron una prioridad para la Segunda República (1931-1936), que creó el proyecto de Misiones Pedagógicas para llevar la educación a los pueblos más aislados. En esta nueva etapa se inauguraron muchos centros que ya habían sido proyectados durante la dictadura de Primo de Rivera. Entonces, el modelo arquitectónico de Forteza se implantó en el campo de otros municipios. En Felanitx destacaron seis centros: el de Portocolom, Son Mesquida, Son Valls-Son Calderó, Son Proenç, Cas Concos y el Carritxó. En Inca, el de Can Tirasset y Can Boquesta. Y en Campos, el del Palmer y el de Can Estela (Son Catlar). Menorca es la isla donde esta iniciativa educativa está más presente en el imaginario popular. Su historia se puede seguir en el libro Les escoles rurals ‘oblidades de Menorca’ (S’Auba, 2020), de Adolf Sintes.
Sin rondallas mallorquinas
En Manacor, sin embargo, la gente mayor también conserva muchas anécdotas de aquellos años de vida lenta y de contacto con la naturaleza. A Margalina Fullana, de 90 años, se le ilumina la cara al hablar de su ‘Arcadia escolar’. “Yo –asegura– nací en Son Forteza, cerca de Cala Varques, donde mis padres trabajaban de campesinos. A partir de los 8 años fui a S’Espinagar. Estaba a media hora caminando. Teníamos horario partido, hasta cerca de las cuatro de la tarde. Para no tener que volver a casa a la hora de comer, me llevaba un poco de comida, generalmente tortilla y pan con sobrasada o con queso”. En pleno franquismo, aquella gran aula en medio del campo era mixta, aunque con condiciones. “Éramos una veintena de alumnos, de edades diversas. Las niñas nos sentábamos en una parte y los niños, en otra. Nunca nos mezclábamos, ni a la hora del recreo. A nosotras no nos interesaban los juegos de los niños”. Aquel entorno bucólico tampoco se escapaba de la ideología del momento. “Al terminar las clases, siempre nos hacían cantar el Cara al sol”.
Los docentes también debían seguir las consignas del régimen, que ya se había encargado de ‘depurar’ a los que habían sido fieles a la República. “Durante un año y medio –afirma Fullana– tuve una maestra que puso el grito en el cielo al ver que nos habían repartido ejemplares de las fábulas de mossèn Alcover. Nos los quitó de inmediato. Nos dijo que no podíamos leer en ‘mallorquín’. Y mira que ella era bien mallorquina, de Manacor. A mí las fábulas me encantaban y aquello me supo muy mal. En casa, los días de lluvia, mientras toda la familia cortábamos habas sobre el desván, los padres siempre nos contaban y yo tenía muchas ganas de aprender más”.
El buen ambiente entre los alumnos compensaba aquella pedagogía castradora. “En S’Espinagar hice muy buenas amigas. A los 14 años tuve que dejar la escuela para ir a ayudar a mis padres. Mi madre, sin embargo, no quiso que dejara de estudiar. Entonces contrató a un maestro para mis hermanos y para mí que venía a casa algunas tardes, cuando ya habíamos terminado todas las tareas. Yo aprendí más con este hombre que durante los cinco años en la escuela rural. Incluso mi madre se sentaba con nosotros a estudiar. Mi padre, en cambio, nunca supo ni leer ni escribir”.
“Aquí se hablará en castellano”
Biel Veny, de 81 años, también fue a S’Espinagar. “Teníamos un libro –apunta– para todas las materias. Guardo un gran recuerdo del maestro Carlos Gómez. Era de Manacor, donde hoy tiene una calle dedicada. Era bastante amable, se notaba que le gustaba mucho enseñar. Yo venía de casa de las monjas del pueblo, que eran muy rígidas”. Otro alumno de S’Espinagar fue Llorenç Pascual, de 79 años. “Desde nuestra finca a la escuela había cuatro kilómetros. Por el camino me solía encontrar con otros compañeros y charlábamos de nuestras cosas. Los días que llovía llegábamos todos empapados a clase”.
Escuela de Son Calderó (Felanitx), noviembre de 1924.Archivo Biel Barceló
Magdalena Galmés, de 81 años, también disfruta evocando su infancia en Sa Murtera, la otra gran escuela rural de Manacor. “Desde casa, la caminata duraba media hora. En invierno, sin embargo, tardábamos una hora, ya que teníamos que dar un rodeo para no pasar por las tierras labradas. Era un centro mixto, pero por la mañana íbamos las niñas y por la tarde, los niños”. A ella le tocó una maestra madrileña. “Su marido era militar y lo habían destinado a Manacor. Lo primero que nos dijo fue: ‘Aquí se hablará castellano. Luego, fuera, podréis hablar lo que queráis’. Se portó muy bien con nosotros. Nunca vi que pegara a nadie”.
Declive y reconversión
A mediados de la década de los 70, con un campesinado que ya sucumbía al boom turístico, las escuelas rurales se empezaron a cerrar. El camino, con todo, ya lo había trazado la Ley general de educación de 1970, que imponía el traslado de alumnos a las escuelas graduadas de los núcleos urbanos. El paso del tiempo condenó al abandono aquellos antiguos templos que llevaron la cultura a los hijos de la ruralía. En Manacor, a partir del año 2000 algunos de los que a finales de los años veinte proyectó Forteza se sometieron a un plan de restauración para uso público. Hoy se utilizan para encuentros, talleres y actividades de recreo diversas. Lo mismo pasó en otros lugares.
Niños con profesor en la escuela rural de Son Valls (Felanitx), años 30.Archivo Salvador Binimelis
A partir de mediados de los años 80 el Gobierno balear recuperó la filosofía de las antiguas escuelas rurales con la puesta en marcha, en medio de la naturaleza, de los conocidos campos de aprendizaje. En todo el Archipiélago hay ocho con posibilidad de pernoctar en ellos para los alumnos. Cuatro están en Mallorca: Binifaldó (Escorca) –fue el primero que se inauguró en 1985–, Es Palmer (Campos) –habilitado sobre una antigua escuela rural–, Orient (Bunyola) y Son Ferriol (Palma). En Menorca hay dos: Es Pinaret (Ciudadela) y Faro de Cavalleria (es Mercadal); en Ibiza, uno (Sant Vicent de sa Cala), y en Formentera, otro (Sant Francesc). Todos son gestionados por la Consejería de Educación y Universidad.
El francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) es considerado el padre de la pedagogía moderna. En su obra Emilio (1762) fijó sus fundamentos a partir de la idea de que el niño es la base del futuro de una sociedad. En el Estado español, la primera normativa del sistema educativo llegó en 1857 con la conocida Ley Moyano, que preveía sanciones para los padres que no escolarizaran a sus hijos a partir de los 6 años. En 1876, en el ámbito privado, nació en Madrid la Institución Libre de Enseñanza (ILE) con vocación de poner en práctica el krausismo. Se trataba de una corriente de pensamiento que tomaba el nombre de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), un filósofo alemán discípulo de Immanuel Kant. Sus postulados invitaban a poner al alumno en contacto con cualquier área del conocimiento.
En Mallorca, en 1879 Guillem Cifre de Colonya creó en su pueblo de Pollença una escuela a imitación de la ILE. Era la primera en todo el Estado que seguía el modelo de la alma mater madrileña –cerraría en julio de 1936 a raíz de la insurrección militar. En Menorca, en 1906 una agrupación de obreros y empresarios del calzado también abriría una en Alaior, la conocida Escuela Laica, que estuvo en funcionamiento durante 30 años. En 1904 se había inaugurado otra en Mahón, pero solo estuvo abierta dos años.
A finales del siglo XIX la ILE introdujo en España las colonias escolares, una de las actividades más representativas del movimiento de renovación educativa de la época. Inspiradas en el higienismo, pretendían mejorar la salud de los niños de familias con pocos recursos. También, sin embargo, buscaban fomentar el desarrollo físico e intelectual a partir del contacto con la naturaleza. La primera colonia escolar que se organizó en las Baleares fue en el Puerto de Sóller, en 1893, con el apoyo de la Diputación Provincial. Uno de sus impulsores fue el inspector felanitxer Joan Capó, el mismo que en 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera, apostó por las escuelas rurales con la ayuda del arquitecto Guillem Forteza.
Las colonias escolares se hacían cada verano. Inicialmente, a las de Mallorca iban niños y niñas de escuelas de Palma. Después, sin embargo, también los habría de Ibiza, Mahón y Ciudadela. En Menorca en 1909 el Ayuntamiento de Mahón organizó la primera en la isla; y en 1918 sería el turno del Ayuntamiento de Ibiza. Toda aquella ingente tarea pedagógica quedó truncada con el golpe de Estado de 1936. Entonces, Joan Capó, uno de sus ideólogos, acabaría siendo encarcelado en Can Mir por su filiación a Esquerra Republicana Balear. En 1940, al ser liberado, lo destinaron a Almería como inspector. Y en 1944 tuvo que ir a Castellón. En 1952 murió en Palma, a los 64 años. En 1968 la Obra Social de la Caixa de Baleares retomó la tradición de las antiguas colonias escolares en verano. El lugar elegido fue la residencia de Can Tàpera, a las afueras de Palma. Años después, la iniciativa sería seguida por otras entidades como la compañía eléctrica Gesa.