La revuelta de un militar mallorquín de 87 años

Hace un siglo, en junio de 1926, el general Weyler dirigió la ‘Santjoanada’, un intento fracasado de derrocar al dictador Primo de Rivera y volver a la normalidad constitucional

Weyler
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PalmaEra bajito, pero enérgico. Y, sobre todo, era fiel a la legalidad constitucional. Al militar mallorquín Valerià Weyler no le hizo ninguna gracia que su colega Miguel Primo de Rivera diera un golpe de estado y se convirtiera en dictador, con el beneplácito del monarca de turno, Alfonso XIII. Tanta poca gracia le hizo que, hace ahora un siglo, en junio de 1926, a los 87 años, encabezó un intento de derrocar a Primo de Rivera y volver a la normalidad: la ‘Santjoanada’, llamada así porque se debía llevar a cabo el día 24, San Juan.

Weyler fue muy criticado –y con razón– por su actuación represiva como capitán general en la entonces colonia de Cuba, poco antes de la guerra de 1898. Esta actuación no era incompatible con una arraigada convicción democrática y contraria, decía él, a “la amenaza cuartelera”, el acceso de los militares al poder mediante golpes de estado, lo que había sido habitual en España a lo largo del siglo XIX.

Ciertamente, se partía de una situación de deterioro. En 1917, se había vivido una triple crisis: movilización obrera, descontento militar y la convocatoria de una frustrada asamblea de parlamentarios disidentes. A esto se debían añadir los efectos catastróficos de la I Guerra Mundial –que un conflicto armado afecte también a los que no participan no es nada nuevo– y la cuestión de Marruecos con el desastre de Annual, una derrota humillante del ejército español, cuyos prisioneros se tuvieron que rescatar a precio de oro.

De esta manera, no resultaba extraño el desprestigio del sistema, el habitual turno pacífico entre liberales y conservadores, en unos comicios, ciertamente, no muy limpios, y con un rey con demasiada tendencia a meterse en política, lo que entonces se llamó ‘borbonear’. Hacía falta, clamaban algunos, un salvador, un ‘cirujano de hierro’ que pusiera orden en aquel desbarajuste. Aquello comenzaba a ponerse de moda en Europa: Mussolini había tomado el poder en Italia en 1922. El mismo Weyler sonó como posible candidato, aunque ya tenía más de 80 años: era un personaje respetado en el ejército y el único con el grado de capitán general. Pero no habría aceptado hacer este papel jamás en la vida.

Alfonso XIII con Miguel Primo de Rivera

“El rey se juega la corona”

Primo de Rivera sí que consideró que él podía ser el hombre providencial –como Franco en la década siguiente–, y sondeó a Weyler por si se animaba a participar en aquella aventura. Se plantó en su casa y habló con él durante dos horas y media; le expuso que el ejército debía sacar a España del caos. Cuando Primo terminó la cháchara, Weyler le respondió que él era fiel a sus convicciones democráticas, que nunca se había rebelado, y que los pueblos debían regir sus destinos. Primo salió de aquella reunión enfadado, mientras que Weyler comentó a su ayudante: “Me parece que el rey se juega la corona”. Aún Primo hizo otro intento. En agosto de 1923, cuando Weyler iba hacia Mallorca para pasar allí las vacaciones, pasó por el puerto de Barcelona para despedirse, y se lo insistió. Sin éxito.

Al mes siguiente, Primo, entonces gobernador militar de Cataluña, dio su golpe. El gobierno de pronto se puso en contacto con el viejo general, que continuaba en Mallorca, y le preguntó si se mantenía fiel a la legalidad. “Por supuesto”, respondió. Inmediatamente fue designado como nuevo responsable militar de Cataluña: debía trasladarse a Barcelona y relevar a Primo del mando. Pero el barco enviado para transportarlo nunca llegó.

Como observan Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada, ya era Alfonso XIII el único que podía detener el golpe. 58 años más tarde, el 23 de febrero de 1981, su nieto se encontraría en una situación similar, y optó por cumplir la Constitución que había jurado defender. Quizás el nieto aprendió de la pifia del abuelo, que ató la suerte a la del dictador, y que acabaría por perder la corona. Como Weyler había pronosticado.

Parece que la antipatía de Weyler hacia Primo de Rivera no era solo política, sino también personal. Con la llegada del nuevo régimen, había perdido el cargo de senador. El asunto de Annual lo taparon rápidamente, cuando Weyler habría querido que se depuraran las responsabilidades correspondientes.

A pesar de las dos negativas a colaborar con él, Primo optó por una cierta actitud conciliadora con el viejo colega. Lo designó para un cargo importante: presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina. Ahora bien, Weyler no se cortaba un pelo al criticar al dictador –con esto parecía muy poco mallorquín: demasiado tiempo viviendo fuera de la isla. “En cuanto acabe la dictadura, le meteré, a este charlatán, un sable por la panza”, aseguró. Tampoco ocultaba sus preferencias: asistió a un homenaje al liberal Sagasta, en el cual un grupo de políticos de esta tendencia, entre ellos el expresidente del gobierno el conde de Romanones, expresaron sus críticas a Primo y lanzaron vivas a la libertad.

Weyler fue destituido fulminantemente, por telégrafo, mientras inspeccionaba la base naval de El Ferrol –al menos le podían haber enviado un motorista, como hacía Franco con los ministros que destituía. Ahora ya no le hacía falta disimular, si bien tampoco es que hubiera disimulado mucho. A partir de aquel momento, se metió en una conspiración, cuyo objetivo era echar al dictador y restablecer la legalidad constitucional.

Otro mallorquín en la conjura

Entonces, el militar mallorquín ya había llegado a los 87 años, pero parecía encontrarse en plena forma. Tanto, que por aquella misma época, narran Cardona y Losada, se enamoró, como un colegial, de una hijastra suya, de cuarenta años, y se quiso casar con ella. Sus hijos Ferran y Valerià, con la ayuda de un capellán, consiguieron quitarle la idea de la cabeza, después de muchos esfuerzos. No en vano se estaban jugando la herencia.

Paréntesis sentimental aparte, el alcance del complot era muy amplio: militares, políticos conservadores, liberales –como el mismo Romanones– y republicanos, el destacado intelectual y médico Gregorio Marañón e incluso anarquistas. La revuelta debía estallar el 24 de junio de 1926, San Juan, de ahí que fuera conocida como la ‘Santjoanada’.

El viejo general ofreció su casa en Madrid como sede para las reuniones de los conjurados. Una pequeña puerta, bien disimulada, unía la sala con las habitaciones de su hijo Ferran. De esta manera, los conspiradores podían huir fácilmente, si de repente irrumpía la Policía.

Otro mallorquín firmemente opuesto a la dictadura, el dirigente estudiantil Antoni M. Sbert, futuro consejero de la Generalitat republicana, participó también en aquella conjura. El escritor Max Aub recrea, en su narración El carrer de Valverde, cómo habría sido captado para la ‘Santjoanada’, con el objetivo de que él y sus compañeros se hicieran cargo de los aparatos del palacio de comunicaciones, en Madrid, para controlar esa vertiente estratégica.

Aquel día de San Juan, Weyler se había retirado prudentemente a Mallorca, a ver cómo acababa todo aquello. El manifiesto de los revoltosos, al cual Weyler había otorgado el visto bueno, fue leído en el casino militar de la capital del Estado. Y... nada más. Los oficiales implicados se mantuvieron expectantes. Sbert, recrea Aub, vio cómo todos sus compañeros habían desaparecido. La revuelta había fracasado.

A Weyler le impusieron una multa de cien mil pesetas –mucho dinero entonces–, que le cayó, dicen Losada y Cardona, “como cien mil puñaladas”, ya que tenía fama de avaro. Lo mismo, a Marañón. Medio millón de pesetas, a Romanones. El viejo militar no quiso pagarla, así que le embargaron las cuentas corrientes y las propiedades.

El general mallorquín fue sometido a juicio: le pedían seis años de prisión. Ante el tribunal, negó que hubiera firmado el manifiesto, pero reconoció que conocía el contenido, y añadió que estaba de acuerdo. Fue absuelto y le tuvieron que devolver el dinero que ya le habían quitado de su asignación.

Ni siquiera así Weyler dejó de oponerse a la dictadura. Cuando Primo de Rivera, ya con una fuerte oposición en todos los frentes, se dirigió a los altos mandos para solicitarles el apoyo, el viejo militar se encendió de ira. Redactó una carta, dirigida a Alfonso XIII, en la cual le recordaba sus deberes constitucionales, que había incumplido. Y le manifestaba que era el ejército el más perjudicado por la “usurpación” que representaba la dictadura.

La ‘Santjoanada’ había fracasado. Pero aquella carta, fechada del 28 de enero de 1930, tuvo un efecto fulminante. Aquel mismo día, Primo de Rivera presentó la dimisión y partió hacia el exilio. Por supuesto, no solo por aquella carta. Pero sí que fue el golpe de gracia para un régimen en desbandada.

Weyler murió no mucho después, el 20 de octubre de aquel 1930, en Madrid, a los 92 años. Había tenido la satisfacción de sobrevivir a la dictadura. Al cabo de solo unos meses, en abril siguiente, cayó también la monarquía. El pronóstico del militar mallorquín se había cumplido: el rey se había jugado la corona... y la había perdido.

Valerià Weyler contra Joan March

Weyler afirmaba que a los militares se les debía “meter a palos en el cuartel”, si pretendían obtener el poder. Otra cosa era participar en el juego político constitucional, como hizo él mismo: fue senador y ministro, en las filas de los liberales.Ahora bien, el partido liberal en Mallorca, como subraya Antoni Marimon, se vio sometido a la influencia del magnate, contrabandista y banquero Joan March Verga. Así que, en 1919, se constituyó una nueva formación, bautizada con el linaje del general: Partit Liberal Weylerista. Tenía unos 700 militantes y sede propia, el casino liberal de Palma.En las elecciones municipales de 1922, los weyleristas se unieron a los mauristas –otros disidentes, los conservadores de Antoni Maura–, en un bloque ‘antiverguista’. Repitieron alianza en las generales de 1923, que se saldaron con un fracaso, ya que su candidato, Ferran Weyler, hijo del general, no obtuvo el escaño. Aquel mismo año, llegaba la dictadura: ya no se convocarían más elecciones hasta 1931.El diario de Joan March, El Día, criticó con firmeza el golpe de Estado de Primo de Rivera. Pero este consiguió atraerse a ‘Verga’, al otorgarle el monopolio del tabaco en Ceuta y Melilla. No era política; solo negocios.

Información elaborada a partir de textos de Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada, Joan Santaner Marí, Hilario Martín Jiménez, Javier Tusell, Susana Sueiro Seoane, Max Aub, Antoni Marimon Riutort y Eladio Baldovín Ruiz

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