Observatorio

Daniil, Daniel y Mahler

Un introspectivo Trifonov hizo gala de una sensibilidad mayúscula, cuidada, donde cada pulsación, cada frase, cada silencio, abrían todo un abanico de emociones y numerosas lecturas

Daniel Harding dirige la Mahler Chamber Orchestra en Pollença.
07/08/2026 - 13:06 h.
2 min

PalmaPistoletazo de salida a la 65ª edición del Festival de Pollença con el Claustro de Santo Domingo lleno hasta la bandera y alguna silla más. Los responsables de esta situación venían con nombre y apellidos de contrastado prestigio, Daniel Harding dirigiendo la Mahler Chamber Orchestra y Daniil Trifonov al piano. Pero por contrastes los que nos ofrecieron en la primera pieza del programa, el Concierto para piano y orquesta nº 1 en re menor op. 15. Un monumental y cuidado combate musical entre el solista y la formación de una sutileza mayúscula y una lectura pudorosa, como queriendo transmitir con absoluta fidelidad todo lo que pasaba por la cabeza y el corazón del compositor. No fue espectacular, por la sencilla razón de que no era este el propósito ni la intención del autor –estuvo cinco años para acabarla–, pero hubo la contenida tensión para hacer llegar todo un seguido de sutiles sensaciones que el piano de Trifonov destiló con tan profundo y gigantesco Maestoso. Un primer movimientoque inicia la orquesta con noventa enérgicos compases, hasta la solemne entrada del solista. Comunión permanente, inmarcescible, entre los protagonistas de un concierto más sinfónico que otra cosa, pero que de alguna manera bebe de las fuentes de la música de cámara y con una duración que supera la del Emperador de Beethoven. Ejemplar fue la concertación entre Trifonov y los Harding, que alcanzó la cima en el emocionante y conmovedor Adagio que tanto agradó a quien iba dirigido, Clara Schumann. Un introspectivo Trifonov hizo gala de una sensibilidad mayúscula, cuidada, donde cada pulsación, cada frase, cada silencio, abrían todo un abanico de emociones y numerosas lecturas. Tampoco el tercer movimiento, Allegro non troppo, aumentó la dosis de vehemencia, y el Rondó sonó con un tono más sosegado de lo habitual. Es una elección que de alguna manera daba aún más solidez al conjunto. Extraño el bis, luctuoso, tétrico, puede ser un poco demasiado para una noche de verano. To Thee we sing, de Pável Chesnokov.

Antonín Dvořák y su Sinfonía núm. 8 en sol mayor op. 88 ocuparon la segunda parte del concierto inaugural donde la elegancia y profundidad de Daniel Harding hicieron surgir de su orquesta todo un surtido de delicadas combinaciones entre los diferentes instrumentos. Transparente, cristalina, limpia. Así sonó la interpretación de tan bucólica composición. Bucólica pero al mismo tiempo sin perder este trasfondo meditativo y trascendente, que coexisten con absoluta naturalidad. Como una declaración de principios, toda una demostración de que el nombre de la formación, aunque ayer eran cerca de cincuenta maestros, no es casual, sino fruto de una concepción expresa, de un talante sólido, que hace que suene diferente, pulcro. Excelente.

stats