Martí Fluxà Sansó, memoria viva del trote manacorí y de una época irrepetible

Menador, criador, dirigente y referente social, Martí Fluxà dedicó toda una vida al mundo del trote y se convirtió en una de las figuras más queridas e influyentes del hipódromo de Manacor durante la época de máximo esplendor de las carreras en Mallorca

Herga y los integrantes de la Peña Perlas Manacor a mediados de los 80.
Joan Caldentey
29/05/2026
6 min

ManacorEl mundo del trot en Mallorca vivió, durante la década de los años setenta, uno de los períodos de más expansión, intensidad y esplendor de su historia reciente. Aquellos años estuvieron marcados por un crecimiento notable de la afición popular, por la consolidación de las carreras de caballos como espectáculo social de primer orden y por la llegada de caballos procedentes del exterior, que contribuyeron a elevar el nivel competitivo de las pistas. Los hipódromos, y muy especialmente el de Manacor, se convirtieron en puntos neurálgicos de una actividad que trascendía el ámbito deportivo para devenir también una expresión cultural, social e identitaria. Durante esta década, y no es exagerado decirlo, el hipódromo de Manacor fue uno de los más activos de Europa.

En aquel contexto de euforia colectiva surgió una generación de jóvenes que se iniciaron con entusiasmo dentro de las cuadras, en el manejo de los caballos y en los primeros pasos de la competición. Muchos de aquellos muchachos, con el paso del tiempo, acabaron alejándose del mundo del trot, condicionados por las dificultades económicas, la falta de una profesionalización estable y la transformación progresiva del sector. Sin embargo, entre aquella generación emergió con fuerza la figura de Martí Fluxà Sansó, un hombre que convirtió el trot no tan solo en una actividad deportiva, sino en una manera de entender la vida.

Martí, Toni ‘el Gallo’ y Ecu de Cottage en Mahón a principios de los 2000.

Nacido en Manacor en 1958, Martí Fluxà creció inmerso en un entorno donde los caballos formaban parte del paisaje cotidiano y de la vida social. La influencia de su padre, gran aficionado al trote, fue determinante en sus primeros contactos con este mundo. Desde muy joven comenzó a frecuentar las cuadras, especialmente las de Ca’n Prim, donde llevó a cabo las primeras tareas de cuidado de los animales.

Aquellos inicios, aparentemente humildes, fueron el punto de partida de una trayectoria larga, intensa y fecunda que, con los años, lo situaría como una de las figuras más completas y respetadas del trote manacorí.

En paralelo a su formación dentro del mundo ecuestre, Fluxà desarrolló la vida laboral en una empresa de perlas, trabajo que compaginó durante años con la pasión por los caballos. Esta doble dedicación definió buena parte de su carácter: disciplinado en el trabajo, pero absolutamente entregado al trote en su tiempo libre. No era extraño que, al acabar la jornada, se dirigiera directamente a sus cuadras del Pla, donde continuaba la tarea con una constancia casi inalterable. Con el tiempo, esta dedicación lo llevó a participar en la creación y el desarrollo, en los años ochenta, de la cuadra Perlas Manacor, un proyecto que unía su entorno profesional con su vocación deportiva. De esta cuadra, muchos perladores y perladoras que fueron pequeños propietarios aún recuerdan con nostalgia los éxitos de Creta y las desventuras de Herga, una potra sobre la cual se habían generado grandes expectativas.

No obstante, sus primeros caballos de competición marcaron el inicio de una carrera que iría creciendo con el paso del tiempo. Rocinante fue el primer caballo que llevó en carrera, seguido de Renaldo B, con los cuales comenzó a ganar experiencia sobre las pistas. Después del servicio militar, su trayectoria tomó un nuevo impulso con la adquisición de caballos como Dani –recordado por la afición por su tamaño gigantesco– y Nirvana, animales que consolidaron su presencia dentro del circuito competitivo.

Con el paso de los años, su cuadra se amplió con ejemplares destacados como Harlem y Faraon R. S. Pero, si hubo un caballo que marcó profundamente su vida, fue Quito des Noels, adquirido por Fluxà cuando ya tenía trece años, después de haber pasado por las cuadras de Es Cabanells y ZK. Con Martí, Quito des Noels aún participó en notables éxitos algunos años más, a pesar de las lesiones crónicas que sufría, y murió en sus cuadras ejerciendo de semental.

Su vinculación con el mundo caballista no se limitó a las pistas. A finales de los años ochenta impulsó la cafetería Triangle, un establecimiento que pronto se transformó en un espacio de encuentro imprescindible para la afición al trote en Manacor. Aquel bar, situado en la rambla del Rey Jaime, esquina con la vía de Portugal, devino un auténtico lugar de culto: un rincón donde se compartían vivencias, estrategias, debates, anécdotas y recuerdos del mundo hípico. Más adelante, continuó su vinculación con el sector desde el Rancho Can Bulla.

Martí Fluxà vivió de los caballos y para los caballos.

Fluxà fue también mercader, conocedor del valor de los animales y de la importancia de saber mirar un caballo más allá de la apariencia. Tenía aquel ojo propio de los hombres que han vivido entre cuadros, que saben leer el carácter de un animal en el gesto, en el paso, en la mirada y en la manera de responder a la mano de quien lo lleva. Martí, por cierto, era zurdo, y él atribuía simpáticamente sus éxitos a este hecho.

A lo largo de la vida, participó de manera constante en carreras populares y oficiales por toda la isla. No había prácticamente ningún pueblo de Mallorca donde no hubiese competido, asistido o estado presente como protagonista de aquel circuito vivo y arraigado al territorio. También formó parte de celebraciones populares profundamente queridas, como la cabalgata de Sant Antoni, donde el caballo no es solo un animal de competición, sino también símbolo de fiesta, tradición e identidad colectiva. Igualmente, durante el mes de agosto siempre organizaba una reunión hípica sin código en la que todo el mundo –desde jóvenes promesas hasta veteranos, pasando por conductores ocasionales– tenía cabida.

Martí también fue activista social. El 31 de octubre de 1987, la reivindicación de un hospital para Manacor llenó las calles de Ciutat con una manifestación histórica que marcó un antes y un después en la conciencia colectiva del Llevant de Mallorca. Entre pancartas, gritos y muestras de apoyo popular, destacaba una imagen que quedó grabada en la memoria de muchos: Fulminant, enganchado a un carruaje conducido por Martí, desfilando con un cartel reivindicativo que exigía un hospital digno para Manacor y su comarca. Aquella escena simbolizaba la fuerza de un pueblo cansado de las carencias sanitarias y decidido a hacer oír la voz ante las instituciones.

Su última carrera como conductor fue en el año 2016, un momento que simbolizó el final de una etapa deportiva extensa, pero no el final de su vinculación con el trote. Porque hombres como Martí Fluxà no se retiran nunca del todo de aquello que aman. Pueden dejar de competir, pueden abandonar la silla y las riendas en una carrera oficial, pero continúu00adn formando parte del mundo que han ayudado a construir. Su presencia, su palabra y su memoria continuaron siendo referentes para muchos. Martí, que nos dejó el año pasado, deja una estirpe de dos hijos, Joan y Jaume, que han heredado su afición y la han evolucionada hacia el profesionalismo.

En el ámbito institucional, su trayectoria también fue significativa. Participó activamente en la Cooperativa Trot, donde llegó a ejercer responsabilidades directivas, y posteriormente asumió la presidencia de la Sociedad Deportiva del Trot. Esta implicación lo situó en el centro de las decisiones organizativas del sector en un momento en que el trote atravesaba transformaciones importantes y necesitaba nuevas estructuras de gestión, más solidez y una visión capaz de conjugar tradición y futuro.

Su mirada sobre el sector fue siempre crítica pero constructiva. Consideraba que determinadas prácticas, como el conocido 'tirar hacia atrás', habían perjudicado la credibilidad de las carreras.

En cuanto a la preparación de los caballos, Fluxà defendía una metodología basada en la constancia, la disciplina y el respeto absoluto por el animal. Los caballos, según su experiencia, necesitaban ejercicio diario, alimentación equilibrada, vitaminas y una atención personalizada de acuerdo con sus características físicas y temperamentales. Esta filosofía de trabajo, aplicada con rigor y paciencia, fue una de las claves de su éxito.

Traté a Martí personalmente. Recuerdo los últimos tiempos, las conversaciones en la plaza de Santa Catalina, liderando las expediciones manacoríes hacia Maó para participar en la festividad de mayo, y haber ido por sus cuadras, donde tuvimos algún caballo. A pesar de que ya fuera anacrónico, a principios de los años 2000 todavía recuerdo los atardeceres de verano paseando por una pista de carreras sobre un carro de arar tirado por Dolça des Nells, con un par de jóvenes encima y media docena de bestias atadas.

Su muerte no significó el olvido. Al contrario: hoy ya tiene un memorial que mantiene presente su nombre y legado dentro del mundo del trote. Este reconocimiento no es solo un homenaje a un hombre, sino también a una manera de entender la afición, el trabajo y la fidelidad a una pasión. El memorial recuerda que hay trayectorias que no se borran, porque han dejado huella en las pistas, en las cuadras, en los pueblos y afectivamente en todos los caballistas. Porque el trote, cuando es vivido con la intensidad con que lo vivió Martí Fluxà, no acaba en una sola persona: continúa en los relatos familiares, en los nombres de los caballos, en las fotografías antiguas –muchas de las cuales hechas por su amigo Bernat Sureda–, en las conversaciones de bar y en los días de carrera.

Martí Fluxà Sansó queda así como una figura imprescindible de la historia reciente del trote manacorí: memoria viva de un tiempo irrepetible, testimonio de una pasión sin reservas y símbolo de aquellos hombres que, sin hacer ruido, construyen una parte esencial de la historia de las carreras en Manacor.

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