La historia lingüística de una ‘i’ en Mallorca

‘Andraitx’, una especie de Frankenstein ortográfico construido con trozos de dos grafías: la ‘i’ del antiguo ‘Andraig’ y la ‘tx’ de ‘Andratx’ es una criatura híbrida que nació en el siglo XIX, cuando el catalán vivía bajo la presión institucional del castellano

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Una señal de tráfico en Andratx.
24/10/2026 - 17:34 h

PalmaAndratx, como todos nuestros pueblos, va bien cargado de anécdotas lingüísticas. La que hoy nos ocupa nace de una confusión entre grafías que el Diccionari català-valencià-balear (DCVB) deshace con fuentes documentales y criterio filológico. En la entrada ‘Andratx’, el diccionario documenta la antigua grafía Andraig desde el siglo XIII hasta el XIX y la moderna Andratx desde comienzos del siglo XIX. Entre medias, un desfilar de variantes gráficas incorrectas, como ‘Andrayig’ y ‘Andrag’, documentadas durante la edad media y moderna. En los siglos XVIII y XIX encontramos ‘Andraix’ y ‘Andrax’, mientras que ‘Andrache’, del siglo XVIII, y ‘Andraxe’, documentada en 1812, son identificadas como adaptaciones castellanas. Pero todavía nos queda otra grafía, aparecida en el siglo XIX, que nos llevará hasta el tuétano de nuestra historia.

Y ahora sí que hemos llegado a donde queríamos: Andraitx, una especie de Frankenstein ortográfico construido con trozos de dos grafías, la ‘i’ del antiguo ‘Andraig’ y la ‘tx’ de ‘Andratx’. Una criatura híbrida que, como la de Mary Shelley, nació en el siglo XIX, pero que, a diferencia de aquella, no necesitó ningún experimento científico para cobrar vida. Le bastó la confusión gráfica de una época en la que el catalán vivía bajo la presión institucional del castellano, aquella lengua que, en nuestro vocabulario familiar, llamábamos forastera y que nos legó expresiones como ‘hablar es foraster’.

Ortográficamente, sabemos que los dígrafos ‘-ig’ y ‘-tx’ pueden representar un mismo sonido, el africado palatal sordo que pronunciamos al final de ‘passeig’ y ‘despatx’. La normativa establece que escribimos ‘-ig’ cuando las palabras de la misma familia presentan ‘g’, ‘j’, ‘tg’ o ‘tj’, como ‘passeig’ y ‘passejar’, y ‘-tx’ cuando este dígrafo se conserva en los derivados, como ‘despatx’ y ‘despatxar’, ‘Andratx’ y ‘andritxol’, ‘Felanitx’ y ‘felanitxer’ y ‘Costitx’ y ‘costitxer’, entre otros.

Cuando comparece ‘Andraitx’

Volvamos al siglo XIX, cuando comparece ‘Andraitx’, con aquel esclata-sang en forma de ‘i’ que se había injertado entre la antigua grafía ‘Andraig’ y la moderna ‘Andratx’. Curiosamente, es en el mismo siglo en el que se publicaba Frankenstein, la historia de una criatura que el imaginario cinematográfico acabaría representando construida con trozos de cadáveres. Nuestro Frankenstein ortográfico tampoco estaba hecho de una sola pieza.

Pero la historia de los topónimos no se puede desligar de los procesos que condicionan la vida de las lenguas. Los decretos de Nueva Planta y las disposiciones posteriores impusieron progresivamente el castellano en los ámbitos oficiales, en detrimento del catalán. Los nombres de los lugares son depósitos de memoria colectiva que conservan las huellas de estos procesos. Felipe V lo sabía bien cuando, el 27 de noviembre de 1707, después de haber ordenado incendiar y destruir Játiva, impuso cambiarle el nombre por el de Colonia Nueva de San Felipe. Pero los nombres, como las lenguas, tienen una capacidad extraordinaria de resistencia. Játiva recuperó el lugar que le correspondía durante el Trienio Liberal, en el siglo XIX.

Nadie recuerda ya el desasosiego de la Colonia Nueva, pero la confusión de nuestro Frankenstein ortográfico todavía pulula, ahora bajo el rótulo de ‘catalán mallorquín’. Si consultamos la Wikipedia en castellano, encontraremos que presenta el municipio como ‘Andrach’ o ‘Andraitx’ y, entre paréntesis, aclara que la denominación oficial en catalán es ‘Andratx’. Pero unas líneas más abajo asegura que ‘Andraitx’ es el nombre tradicional en “catalán mallorquín”. He aquí la sutileza: la grafía híbrida se presenta como tradicional mallorquina.

Pero volvamos a aquella i ochocentista. Después de cuarenta años de franquismo y de exclusión del catalán en la escuela y en los ámbitos formales, esta tierra empezaba a poner orden al nombre de las cosas. Se trataba de recuperar un paisaje lingüístico escrito en la lengua propia y de fijar los topónimos de acuerdo con la normativa. En Andratx, mientras tanto, una parte del pueblo no quería perder aquella, y la cuestión se había convertido en una batalla entre partidarios y detractores de aquella letra. Y aunque nadie del pueblo habría pronunciado nunca ‘Andraítx’, había quienes defendían aquella grafía como si fuera oro.

Era la época en que la televisión comenzaba a hablar catalán, con Panorama balear y, posteriormente, el Informatiu balear. A principios de los ochenta, este último programa salió a seguir la batalla de la ‘i’ por las calles de Andratx. Las opiniones no aportaban gran cosa nueva al debate, hasta que el programa televisivo se topó con un hombre andaluz. Cuando el entrevistador le preguntó si el nombre del pueblo debía llevar o no la i, él respondió muy alegre: “Andrá e Andrá!”. Aquel hombre debía haber oído a los habitantes de Andratx pronunciar el topónimo con el sonido final ‘tx’, como el de ‘despacho’, pero lo reproducía a través del filtro de sus hábitos fonéticos, caracterizados, entre otros rasgos, por el debilitamiento o la pérdida de determinadas consonantes finales.

La ignorancia

La anécdota nos regalaba una lección involuntaria. Las cuestiones lingüísticas, como las médicas, por mucho que nos afecten personalmente, no se resuelven por votación, por deseo ni por ocurrencia. El conocimiento científico no depende del número de manos alzadas. Nadie se embarcaría en un avión si el piloto se tuviera que elegir por votación entre los pasajeros. ¿Por qué, pues, tenemos que aceptar que los hechos lingüísticos se decidan por votación popular o por conveniencia política? La ignorancia lingüística comienza cuando la opinión se otorga la autoridad del conocimiento. Conviene recordarlo cuando oímos discursos que pretenden convertir el catalán, el valenciano y el mallorquín en lenguas diferentes.

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