Manolo García: "Que la gente de Mallorca pueda vivir sin estar ahogada"

El cantante de El Último de la Fila expone diecinueve cuadros en Pollença y defiende una Mallorca donde el negocio turístico deje espacio al paisaje y a la vida de los residentes

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Manolo García inaugura una exposición en Pollença
24/10/2026 - 10:41 h

PalmaAntes de conocer las Islas, Manolo García ya las había mirado muchas veces. Estaban en las fotografías que su padre conservaba del servicio militar en Ibiza, donde había hecho la mili en 1954, y en los paisajes de los pintores que le fascinaban cuando, de adolescente, iba al museo. "Era un paraíso", recuerda de aquella Ibiza de papel. Después llegaría él, primero sin los recuerdos que iría acumulando a base de conciertos, viajes y amistades. Ahora que vuelve a Mallorca para exponer, las imágenes del padre reaparecen entre las explicaciones de sus cuadros y una preocupación muy presente: reconoce que mucha gente vive del turismo, pero advierte que "todo tiene un precio".

García lleva diecinueve obras a la galería Dionís Bennàssar de Pollença, donde La Realidad Subjetiva se podrá visitar del 25 de octubre al 19 de noviembre. Son sobre todo acrílicos de pequeño y mediano formato, algunos hechos expresamente para una muestra que permite acercarse al pintor que ha convivido siempre con el cantante de El Último de la Fila. Cuando explica qué hay detrás de una máscara o un paisaje, sin embargo, pronto aparecen los poderosos, las guerras y los residentes que quieren ir a una cala. Todo ello tiene que ver con los cuadros, aunque a ratos parezca que haya dejado de hablar de ellos. "Lo que pasa es surrealista total", dice.

Un caballete en el escaparate

La obsesión venía de camino a la escuela. En una droguería había un caballete, unos tubos de pintura al óleo y un pincel que le dejaban embobado frente al escaparate. En casa, el sueldo del padre no daba para todos los caprichos, pero él insistió a su madre y llegó a proponer que lo pagaran poco a poco. "La convencí", recuerda, sin dar mucha solemnidad a aquella primera conquista. Tampoco se la da al resultado: "Con trece años empecé a hacer unos cuadros espantosos". Todavía conserva algunos; la ingenuidad les ha concedido una gracia que entonces no buscaba.

La muestra se inaugura este domingo 25 de octubre
El cantante de El Último de la Fila reivindica una Mallorca más allá del turismo

En el museo, en cambio, descubría hasta dónde podía llegar todo aquello que lo tenía cautivado. Menciona a Anglada Camarasa y a Mir, y la impresión que le causaban unos paisajes de Mallorca que todavía no había visto con sus propios ojos. "Esta esencia, eres un chaval jovencito y te marca, te toca", explica. Entre las fotografías familiares y los lienzos de aquellos pintores, las Islas se le habían ido instalando dentro de la cabeza.

Su padre, que trabajaba en una fábrica, quería que aprendiera un oficio con el que ganarse la vida. García estudió diseño gráfico, mientras la pintura y la música iban ocupando un espacio que ya no abandonarían. Ahora, cuando recoge piedras o se detiene ante un paisaje, todavía reconoce algo de aquella fascinación: "Busco una soledad del alma, pero una soledad acompañada de la naturaleza".

Del color a una canción

Esta soledad puede tener una guitarra muy cerca. En su estudio, el caballete y las pinturas ocupan un lado de la habitación, y los instrumentos, el otro; después de horas entre colores, una idea puede hacerle levantar y cambiar de lado. La pintura sugiere una canción, la música le da una pista para continuar un cuadro, y él va pasando de una cosa a la otra sin tener que decidir cuál de las dos profesiones ejerce.

También se ha llevado blocs y lápices a los hoteles durante las giras. Mientras se acercaba la hora del concierto y la producción resolvía sus contratiempos, dibujar le permitía dejar de sufrir por aquello que no estaba en sus manos. Si un camión se había averiado, ¿de qué servía que él también se inquietase? Podía pasar el día sobre el papel hasta que alguien le recordaba que tocaba salir a cantar.

A Pollença llega invitado por Pol Font, de la galería, que ya había expuesto la obra de Diego Vasallo, músico de Duncan Dhu y también pintor. García ha hecho parte de los cuadros pensando en esta cita y explica la preferencia por el acrílico con una razón práctica: se seca pronto, de manera que puede corregir y volver a pintar encima sin esperar mucho. Ponerle el punto final cuesta más. Mientras todavía se lo pase bien, siempre puede añadirle alguna cosa.

Un mundo donde las reglas las pone él

El título de la exposición tiene mucho que ver con esta libertad. García percibe la realidad como un camino demasiado marcado, con unos que deciden por dónde se tiene que pasar y otros que tienen que obedecer, y la pintura le permite fabricarse un mundo propio. Pone agua, piedras, personajes y una naturaleza transformada a su aire, a ratos luminosa, a ratos oscura, según aquello que le pasa por dentro.

Porque las noticias también entran en el estudio. Le angustian las guerras, el sufrimiento y las decisiones de unos poderosos que gobiernan la vida de los demás; se pregunta por qué, si la gente trabaja, paga impuestos y cumple, sigue habiendo tanta injusticia. Cuando habla de las máscaras y de las mentiras que ve por todas partes, deja claro que no considera la desinformación un invento de las redes.

Crear le permite encontrar un sentido más concreto a las cosas: el público que canta y está contento, alguien que mira un cuadro y encuentra algo que le emociona. "Para mí, el sentido de la vida es dar vida a los demás. Quitar vida a los demás no tiene ningún sentido", afirma. De aquí también el respeto que reclama para quien compra una entrada, un disco o una pintura: tener la suerte de vivir de aquello que le gusta le obliga a tomárselo seriamente.

Cuando necesita alejarse de todo, sale de la ciudad sin mucho plan, sigue algún camino y vuelve con piedras, ramas o maderas que el mar ha modelado y que pueden acabar convertidas en esculturas. En Pollença ya se ha fijado en las colinas que rodean el pueblo. Le gusta que detrás de los personajes haya un paisaje, pero le duele ver cómo se transforma lo que tenemos delante. "El paisaje es de todos", reivindica. "Es alimento para el espíritu, es alimento para el alma".

Vivir del turismo, poder vivir en Mallorca

Aquella Ibiza que había descubierto en las fotografías de su padre vuelve a asomar cuando habla de la masificación. García reconoce el trabajo y los ingresos del turismo, pero reclama un límite que permita a los residentes continuar disfrutando del lugar donde viven: "Que la gente pueda vivir, pero no que esté ahogada". Ir a bañarse, pasear por las calles o llegar a un pueblo y poder aparcar forman parte de esta vida que pide preservar. "Piense en su gente", insiste.

Propone regular la afluencia como se hace en espacios naturales donde, cuando se llega al límite, hay que esperar a que salga alguien para dejar entrar a más visitantes. Entiende que hoteles y restaurantes tengan que hacer negocio; lo que cuestiona es hasta cuándo se tiene que continuar creciendo si ya se puede vivir bien. "Si usted ya se gana bien la vida, quiere más", reprocha a esta ambición que, a su entender, acaba haciendo pagar la ganancia de unos con el malestar de los otros. Pide hablar de ello sin violencia, pero también sin taparse los oídos.

Y, por si el razonamiento necesita una imagen, pone vacas. En un prado pueden comer cuarenta, pero alguien decide que, si mete doscientas, sacará más provecho. "Fastidiaréis el prado", advierte. Con cuarenta ya se podía vivir bien; con doscientas se arriesga a perderlo todo: "No habrá vacas ni prado". La conclusión le sale con menos ceremonia que cualquier discurso sobre la sostenibilidad: "Hostia, tío, ya está bien".

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