Las mujeres antifascistas represaliadas de Menorca

El historiador mahonés Miquel López rescata del olvido el escarnio franquista que sufrieron un centenar de menorquines. La población femenina tuvo un papel fundamental en la retaguardia en la única isla que se mantuvo fiel a la República casi hasta el final de la Guerra Civil

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Prisión de mujeres de Can Sales de Palma (24 de septiembre de 1941), donde hubo menorquinas encarceladas.
24/10/2026 - 17:37 h

PalmaEl 21 de julio de 1936, tres días después del golpe de estado, la catalana Marina Ginestà Coloma, una joven comunista de 17 años, se convirtió por accidente en el gran icono de la miliciana antifascista. Se encontraba haciendo de traductora en el hotel Colón de Barcelona, convertido en sede del PSUC, el Partido Socialista Unificado de Cataluña. Su pose decidida no pasó desapercibida para Juan Guzmán, un fotoperiodista mexicano de origen alemán que estaba en la ciudad condal para cubrir para la agencia Efe la Olimpiada Popular, la alternativa a los Juegos Olímpicos del Berlín de Hitler que, por culpa de la insurrección militar, no se celebró. Guzmán pidió a la joven poder hacerle una sesión especial de fotos. La hizo subir a la azotea del edificio y le prestó un fusil. A ella le llamó mucho la atención la propuesta, ya que nunca había tocado ninguno. A raíz de las circunstancias del momento, sin embargo, aceptó hacer de modelo vestida con un uniforme de miliciano. Ante la cámara exhibió una actitud desafiante con el arma colgada a la espalda.

La famosa instantánea no llegó a publicarse durante la guerra. Quedó guardada en los archivos de Efe y no se descubrió hasta el 2002. Al cabo de cuatro años tuvo conocimiento la protagonista, entonces de 87 años. “Dicen –afirmó– que en la foto tengo una mirada cautivadora. Es posible, porque convivíamos con la mística de la revolución del proletariado y las imágenes de Hollywood, de Greta Garbo y Gary Cooper”. La conocida ‘joven del fusil’ murió en 2014, a los 94 años, en París, donde había fijado su residencia después de un largo exilio en América Latina.

El historiador mahonés Miquel López Gual ha tenido muy presente la mítica imagen de Ginestà para escribir su último libro editado por Lleonard Muntaner: Dones en guerra. Mobilització, resistència i repressió a Menorca (1936-1945). “Se trata –dice– de un claro ejemplo de propaganda, porque, en realidad, ella no fue nunca al frente. Un gran símbolo de miliciana heroica fue la catalana Lina Ódena, que en septiembre de 1936, a los 24 años, se suicidó en Granada al verse acorralada por unos falangistas. Sin embargo, pasados los primeros meses de guerra, las mujeres terminaron relegadas a la retaguardia, víctimas del machismo de la época”.

Las menorquinas de la operación Bayo

Antes de ser desterradas de las trincheras, hubo milicianas que participaron en campañas importantes. Una fue la expedición republicana del capitán Bayo, que el 16 de agosto, procedente de Cataluña, desembarcó en el Levante de Mallorca con la intención de restablecer la legitimidad republicana en la isla, como ya había hecho una semana atrás en las Pitiusas otra columna del País Valenciano. De cerca de 5.000 milicianos, 147 eran mujeres –la cifra representa el 3% del total según datos del Museo Virtual de la Mujer Combatiente. “Formaban parte –apunta López– de la Asociación de Mujeres Antifascistas que se había constituido en 1933. Era una iniciativa de un grupo de mujeres comunistas que aquel mismo año, con Dolores Ibárruri al frente, creó el Comité mundial de mujeres contra la guerra y el fascismo para combatir el ascenso en Europa de figuras como Hitler y Mussolini y de partidos como Falange Española”.

El desembarco en Mallorca se preparó desde Menorca, donde el levantamiento militar no triunfó. Una investigación del historiador Gonzalo Berger apunta que en aquella operación debía haber 12 mujeres menorquinas. Una fue la mahonesa Sofia Sintes Rosa, que en 1933, a los 16 años, había cofundado las Juventudes Socialistas Unificadas de Sant Lluís. Se enroló con los hombres de Bayo como enfermera sin saber todavía que estaba embarazada. Lo hizo junto a su pareja, Valentí Orfila Vinent, que caería herido de muerte. La expedición republicana acabó siendo un fracaso. Tuvo que retroceder después de tres semanas.

Trabajadoras de la fábrica de bolsos de plata Casa Gomila.

Al regresar a Menorca, en 1937 Sintes ayudó a crear en la isla la Agrupación de Mujeres Antifascistas. Una vez terminada la guerra, se salvó de la represión gracias a la ayuda de un hombre muy monárquico que los fascistas pusieron como alcalde de San Luis, pero que enseguida destituyeron. Peor suerte tendrían otras expedicionarias de Bayo. En 1940 la mahonesa Anna Pons Nadal fue condenada por ‘auxilio a la rebelión’ a tres años de prisión. A Sara Colero, viuda y madre de siete hijos, le cayó la pena máxima, la muerte. Se le conmutó, sin embargo, por 30 años de prisión y después por 6 años y 1 día. El hecho de ser madre de familia numerosa hizo que finalmente quedara en libertad al cabo de 18 meses.

El ‘dolor’ de la maternidad

Tras el fracaso de la expedición de Bayo y habiendo recuperado los insurrectos las Pitiusas, Menorca se convirtió en el único bastión republicano de las Baleares. En la retaguardia, las menorquinas se ocuparon, entre otras cosas, de atender a enfermos y niños huérfanos y de confeccionar y recoger ropa para enviar al frente. “Las madres –asegura López– se convirtieron en el paradigma de la mujer antifascista por excelencia. Los partidos y los sindicatos de izquierdas las exhortaban a participar en el esfuerzo bélico y a animar a sus hijos a defender la República”. En julio de 1937, la dirigente comunista Dolores Ibárruri ya se encargó de explotar el ‘dolor’ de la maternidad para la causa republicana en un discurso: “Escuchad el grito doloroso de nuestras madres y nuestras mujeres que pasean su aflicción por los caminos sangrientos de España, que lucha por la paz y la libertad en el mundo”.

Prisión de mujeres de Can Sales de Palma (24 de septiembre de 1941), donde hubo menorquinas encarceladas

En abril de 1938, Nostra Paraula, el diario del Partido Comunista en Menorca, instaba a las mujeres a ocupar los puestos de trabajo que los hombres habían dejado vacantes al partir al frente. “Debemos demostrar, las mujeres de Menorca, que estamos dispuestas a luchar, con la manera y clase de trabajo que sea. Así como sabemos pintarnos y lucir en la calle, también nos sabemos lucir en el campo y en el taller y en cualquier otro lugar de trabajo. Nuestra querida isla debe continuar la vida normal, sin que se note que son las mujeres quienes están en los puestos de producción. ¡Unámonos, camaradas, todas, sin excepción!”. Durante la guerra, la implicación de las menorquinas en la política también fue importante. “En diversos pueblos –apunta López–, entraron las primeras mujeres concejalas de la historia. Esto no volvería a pasar hasta la recuperación de la democracia”.

Después de dos años y medio de resistencia, el 9 de febrero de 1939, la Menorca republicana capituló ante las fuerzas insurrectas. Tras la caída de Barcelona el 26 de enero, se habían perdido todas las esperanzas. La rendición de la isla es un caso insólito dentro de la Guerra Civil, ya que fue pactada. Las represalias fueron inmediatas. Según Antoni Pons Melià, autor del libro Víctimes del silenci (2001), los fascistas acabaron dictando 202 ejecuciones. Además, los primeros días fueron encarceladas cerca de 5.000 personas en una isla que entonces tenía unos 43.000 habitantes.

Estigmatizadas

En cuanto a las mujeres, cerca de un centenar pasaron por las prisiones habilitadas en Ciudadela y en Mahón (hoy ocupada por la Casa de la Infancia) y una veintena fueron trasladadas a la de Can Sales de Palma. “La reclusión –apunta López– buscaba la sumisión de las mujeres, la renuncia a la identidad política y, en madres con hijos menores, incidía directamente en la organización doméstica. Muchas mujeres fueron acusadas de haber saqueado las iglesias. Otras fueron delatadas por algún vecino por venganza o para tratar de sacar algún beneficio”.

La violencia ejercida contra la población femenina en Menorca fue la misma que hubo en el resto del Estado. Hubo quienes fueron violadas y que sufrieron castigos ‘purificadores’ como raparles el cabello y hacerles ingerir aceite de ricino. Según el historiador Bartomeu Garí, en el conjunto de las Baleares 32 mujeres perdieron la vida, de las cuales 18 murieron durante la guerra y 14, justo después. “En Menorca –dice López– no hubo ninguna que fuera fusilada. Una veintena sufrió condenas de muerte, que finalmente fueron conmutadas por 30 años de prisión. Tan solo una murió mientras estaba encarcelada. Sin embargo, la represión no tomó solo forma de prisión. Persistió con el hambre, el control social y la estigmatización por ser del bando de los perdedores. No faltaron mujeres con maridos presos que fueron extorsionadas con abusos sexuales, que, en algunos casos, provocaron embarazos no deseados. Otras se vieron abocadas a la prostitución como manera de subsistir”.

También hubo unas cuantas menorquinas condenadas a asumir las sanciones económicas impuestas a los maridos ausentes por el Tribunal de Responsabilidades Políticas. Las que se salvaron de aquel escarnio fueron las que el día de la rendición emprendieron el exilio en barco. Fue el caso de Margalida Vila, de Es Castell, la voz cantante de la Agrupación de Mujeres Antifascistas. En 1946 tuvo un papel destacado en Toulouse (Francia) en el primer congreso de la Unión de Mujeres Españolas. Vila no volvió a Menorca hasta 1977, con Franco ya muerto. “Si bien el caso de Menorca –concluye el historiador– no es excepcional en el territorio republicano, sí que lo es en las Islas Baleares, ya que fue la única isla donde las mujeres ejercieron un papel activo en la resistencia de la población civil”. Hoy el centenar que fueron represaliadas no tienen ninguna calle dedicada ni ningún monumento que las honre”.

Rojas

La historiadora Mary Nash, nacida en Irlanda en 1947, fue la primera persona que a principios de los 70, con Franco todavía vivo, comenzó a estudiar el papel de las mujeres en la Guerra Civil. A finales de los 60 se instaló en Barcelona. En 1974 impartió en la UB la primera asignatura sobre la historia de las mujeres en España y en 1977 se doctoró con la tesis La mujer en las organizaciones políticas de izquierdas en España, 1931-1939. En 1982 fundó en la misma universidad el pionero Centro de Investigación Histórica de la Mujer. En 1999, ya como catedrática de Historia Contemporánea, publicó su gran obra de referencia: Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil española.

Nash rescató del anonimato a muchas mujeres que habían sido eclipsadas por los hombres que habían hecho la guerra. La historiografía androcéntrica de la época solo hablaba de figuras femeninas de la política como la dirigente comunista vasca Dolores Ibárruri, conocida como La Pasionaria, y la anarquista catalana Federica Montseny, que en 1936 fue la primera mujer ministra de España al frente de la cartera de Sanidad y Asistencia Social. Así, no se daba suficiente valor a fotos de milicianas que habían tenido una amplia repercusión internacional. Fue el caso de Miliciana recibiendo instrucción en la playa. La instantánea fue tomada en la Barceloneta por Gerda Taro, pareja de Robert Capa, y se publicó el 29 de agosto de 1936 en la revista francesa Vu.

La República quiso explotar la imagen de las milicianas como símbolo de la lucha antifascista. Su figura apareció en numerosos carteles propagandísticos. Los destinatarios, sin embargo, eran los hombres, que, con el reclamo de una mujer deseable, tenían más motivos para empuñar un fusil. Sin embargo, pronto el mito cayó en desgracia. A las mujeres se las responsabilizó del mal funcionamiento en el frente a causa de su escasa preparación militar. Acabaron siendo acusadas de ejercer la prostitución y de provocar enfermedades venéreas entre los compañeros. A finales de 1936, el ministro de Guerra, Largo Caballero, aprobó una serie de decretos para expulsar a las mujeres del frente.

En sus alocuciones radiofónicas, Queipo de Llano, uno de los principales líderes de la insurrección militar de julio de 1936, no se cansó de animar a los soldados a violar a todas las milicianas que encontrasen. “Ahora –decía– al menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos mariquitas”. En Mallorca, una figura clave en la recuperación de la memoria femenina olvidada durante la guerra es Margalida Capella, hermana de Llorenç Capellà, autor del Diccionari vermell (1989). Entre 2003 y 2007 publicó en el diario Última Hora 170 entrevistas a mujeres represaliadas bajo el título Republicanas del 36. Años más tarde la editorial Lleonard Muntaner las publicó en tres volúmenes. Recientemente sus voces han vuelto a ser reivindicadas por colectivos feministas de Porreres y Felanitx en forma de dos documentales: Más allá de las balas (2024) y Silenciadas (2026).

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