Terraferida avisa de los peligros de los montones de piedras en la Serra

Terraferida denuncia la moda de alterar el entorno; la atalaya de Albercutx concentra cada vez más visitantes y amontonamientos improvisados

Montones de piedras en la Talaia de Albercutx
Biel Perelló
29/03/2026
5 min

PollençaEl 22 de junio de 2015, la asociación Terraferida publicaba un grito de alerta que hoy, en 2026, es más necesario que nunca: “Montículos que matan, enemigos en equilibrio”. Aquel artículo denunciaba una moda que apenas comenzaba. Diez años después, lo que era un aviso se ha convertido en una realidad desoladora: la naturaleza se ha transformado en un simple decorado para actividades banales.

Las hitos de toda la vida no son simples montículos de piedras. Cuando caminamos por la montaña, a menudo nos topamos con un detalle que, aunque discreto, nos acompaña a cada paso: los hitos de piedra. Estos pequeños montículos que alguien, antes que nosotros, ha ido colocando para señalar el buen camino son mucho más que una simple señal. Forman parte de la cultura excursionista y tienen un significado profundo de ayuda mutua, confianza y comunidad. Cada piedra que se coloca es un mensaje silencioso a quienes vendrán detrás: “Tranquilos, vais bien”. Pero esta realidad contrasta con la proliferación actual de montículos improvisados que no tienen nada que ver con esta tradición.

Una moda que causa estragos

Los montones de piedras, hitos improvisados, montículos o montañitas “instagramizadas” han pasado de ser una anécdota a convertirse en un símbolo de la degradación cultural y ecológica de algunos espacios naturales. No se trata solo de un problema ambiental actual, sino de un fenómeno que viene de atrás y que refleja una sociedad que cada vez entiende menos la naturaleza como un sistema vivo y más como un escenario decorativo, consumible y manipulable.

Pasada una década desde las primeras advertencias, el problema no solo persiste, sino que se ha extendido por todas partes, tanto en la montaña como en el litoral. La moda de hacer montones de piedras se ha convertido en un símbolo de la desconexión con la naturaleza. Además, este fenómeno tiene un efecto multiplicador: un montón genera diez, diez generan cien y, en poco tiempo, un paisaje entero puede acabar transformado por esta práctica.

La vida que se esconde debajo de las piedras

La literatura científica es clara: la manipulación de piedras destruye microhábitats y afecta directamente la biodiversidad. De hecho, ya se considera una amenaza emergente asociada al turismo. El gran error es pensar que una piedra en el suelo no tiene ninguna función. Las piedras no están ahí por casualidad. En el litoral, protegen frente a la erosión y la fuerza del mar. En la montaña, estabilizan el suelo y regulan procesos naturales.

Debajo de cada piedra viven reptiles, insectos, caracoles o arañas que necesitan la humedad y la frescura que estos elementos proporcionan. Sin esta protección, muchos de estos animales mueren por la exposición al sol o se convierten en presa fácil de los depredadores. Ademos, las piedras son el soporte de líquenes y musgos, organismos que pueden tardar años en crecer solo unos milímetros y que cumplen una función esencial en la protección del suelo. Cuando se mueve una piedra, también se destruye esta capa viva que contribuye a mantener el equilibrio del terreno.

Así mismo, las piedras ayudan a evitar que la lluvia y el viento se lleven la tierra fértil. Cuando se amontonan, el suelo queda expuesto, se seca y se degrada progresivamente hasta convertirse en un espacio donde es difícil que vuelva a crecer vegetación.

El circo de la talaia d’Albercutx

Uno de los puntos donde el problema se ha hecho más evidente es la atalaya de Albercutx, situada dentro del paraje natural de la sierra de Tramuntana, declarado Patrimonio Mundial. En este espacio, la influencia de las redes sociales ha generado un escenario cada vez más masificado. Muchas personas ya no acuden para disfrutar de la naturaleza, sino para “consumirla”, especialmente durante el verano y al atardecer, cuando se concentran numerosos visitantes y vehículos.

Este fenómeno ha comportado la proliferación de rituales vacíos, como personas que llevan altavoces, bailan o simulan meditaciones con el único objetivo de compartirlo en las redes sociales. También se ha intensificado el efecto llamada, ya que ver un montón incita a hacer otro, generando una reacción en cadena que acaba transformando el paisaje. Todo ello refleja una pérdida progresiva del respeto hacia la naturaleza, que pasa de ser un espacio vivo a convertirse en un simple decorado para experiencias superficiales.

El resultado es la banalización absoluta de los espacios naturales. La conexión con la naturaleza se sustituye por una experiencia colectiva superficial, donde la necesidad de dejar una marca personal pasa por delante de la conservación del paisaje.

¿Dónde está la Administración?

Esta degradación se produce dentro de espacios que, sobre el papel, disponen de figuras de protección. Pero una protección que no se vigila ni se gestiona activamente no sirve de mucho. En un espacio con reconocimiento internacional, permitir esta degradación de manera tan evidente resulta simplemente inaceptable. Aunque el problema es conocido desde hace años, la Administración no actúa con la contundencia necesaria y, cuando no se toman medidas claras, el mensaje que llega a los visitantes es que todo se vale.

Una de las principales carencias es la falta de vigilancia, especialmente en momentos de máxima afluencia como las puestas de sol, cuando se concentran más visitantes en la zona. Esta ausencia de control facilita que continúen proliferando los montones de piedras sin ningún tipo de limitación. A esto se suma la falta de señalización clara y de campañas informativas contundentes, lo que provoca que muchas personas consideren esta práctica como una acción inofensiva, sin ser conscientes del daño ambiental que genera.

También se pone sobre la mesa la necesidad de un desmantelamiento riguroso y sistemático de los montones existentes. Cuando estos se dejan en su lugar, se refuerza el efecto llamada y se transmite la idea de que la práctica es aceptable. Esta falta de actuación evidencia que no hay una gestión activa del problema y contribuye al aumento progresivo de la degradación de estos espacios naturales protegidos.

Conclusión: El mejor rastro es no dejar rastro

Los apilamientos de piedras no son solo piedras. Hacer un apilamiento de piedras no es arte ni es espiritualidad, es ignorancia. Es el reflejo de una sociedad desconectada de la naturaleza, obsesionada con la experiencia superficial e incapaz de comprender los límites. Y también los apilamientos de piedras son el reflejo de una administración que no está a la altura del reto.

Debemos volver a aprender a estar dentro de la naturaleza sin tener que tocarla ni transformarla. El mejor gesto de respeto hacia nuestro paisaje es dejar las piedras allí donde están.

Diez años después de la primera denuncia, ya no valen las excusas. O la Administración empieza a vigilar y a sancionar, o tendremos que aceptar que hemos convertido nuestro patrimonio en un decorado para redes sociales, en un parque temático sin vida. La montaña y el litoral no deben ser esto, merecen respeto.

Todavía estamos a tiempo. Pero solo si dejamos de mirar los apilamientos de piedras como una anécdota y los entendemos como lo que son: un indicador claro de degradación ecológica y cultural, transformadores de paisajes enteros en escenografías artificiales.

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