Me gustaba más cuando mi padre era mi ChatGPT

Una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial está cambiando la relación entre padres e hijos y amenaza la transmisión de conocimientos entre generaciones

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Una inteligencia que haga que ya no nos necesitemos, como en Her. Annapurna Pictures.
08/11/2026 - 17:30 h

PalmaDe pequeña estaba convencida de que mi padre lo sabía todo. Para mí, no había ningún conocimiento en el mundo que no estuviera a su alcance. Me imaginaba que tenía instalada una enorme base de datos en la cabeza, donde –si se esforzaba lo suficiente– podía encontrar las respuestas a todas mis preguntas. Yo sabía muy pocas cosas, como era natural para una niña de seis o siete años. Pero él, en cambio, que debía tener treinta y tantos, ya lo había aprendido todo. Él ya no iba a la escuela como yo, porque ya no le hacía falta. Él no tenía que buscar en ninguna parte si era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra o la Tierra alrededor del Sol, ni tampoco la tabla de multiplicar del 8. Lo tenía todo en el cerebro, inmenso y totalmente equipado a mis ojos.

Y no es que pensara que mi padre era el único. Él era el más listo, pero yo pensaba que si tenía todos aquellos saberes era porque había vivido lo suficiente para acumularlos. Durante un buen puñado de años, creí que saberlo todo era una cuestión de tiempo, un resultado natural y directo de hacerse mayor. Entendía, con sensatez, que los pequeños teníamos el conocimiento justo para resolver nuestras pequeñas necesidades y que llegaría un momento en que tocaríamos techo y que las lecciones nos empezarían a rebosar por los costados, porque estarían repetidos, como los cromos, porque todo el conocimiento del mundo era una cosa alcanzable y finita.

Fotograma de 'Her'.

Me imaginaba que todo lo que se podía saber cabía en unos cuantos libros y que, un día, tendría la respuesta a todas las incógnitas que pudiera imaginar: cuántas nacionalidades hay en el mundo, por qué vuelan los aviones, cuáles son las diferencias entre un leopardo y un guepardo. No saber alguna cosa no me preocupaba. Sabía que lo podría preguntar, aprender o leer. Toda la información estaba disponible. Solo necesitaba hacerme la pregunta correcta, capaz de desbloquearla.

Descubrir que había cosas que yo nunca sabría fue un choque para mí. No sé si mi padre me llegó a verbalizar que no, que él tampoco podía saberlo todo. Pero recuerdo la sensación de desamparo cuando fui consciente de ello. Sentí como si alguien me hiciera zoom out y convirtiera el mundo en una cosa mucho más vasta de lo que había conocido hasta aquel momento. Yo había crecido, pero me sentía más pequeña que nunca. Me habían estafado. ¿De qué se llenaban todos estos confines que ahora se habían abierto ante mí, a los cuales nunca llegaría con mis preguntas?

Ahora, mi mundo se vuelve a replegar, finito, limitado por las preguntas que yo sea capaz de hacer. “¿Qué tienes en la cabeza hoy?”, me pregunta mi ChatGPT. Como si todo lo que necesitase saber partiera de mi mente. “Pídeselo a ChatGPT”. ¿Algún día descubriré que, como mi padre, ChatGPT no lo sabe todo? De momento, la historia se repite, pero con más exigencias y menos curiosidad. “¿Debo esperar a que los galets rellenos se descongelen para hacer la sopa?”, “Quiero firmar un PDF que tengo en el ordenador”, “Talla de pie niño seis años”.

Antes, llamaba a mi padre cuando se encendía alguna luz roja en mi coche. Ahora, sé que será más rápido enviarle una foto a Gemini del cuadro de mandos. Aunque lo tenga guardado como AAPapá, la IA siempre llega más rápido. Me da pena que esto sea lo que prevalece. Y me da pena que él haya dejado de creer que es el único capaz de darme todas las respuestas del mundo.

Mi fe ciega en mis padres ha sido tan grande que, un día, cuando me entró un insecto enorme y desconocido en el piso de Barcelona, llamé a mi madre en Mallorca, para que me ayudara a echarlo fuera. A ella le he preguntado cómo colgar una estantería, qué producto debía emplear para limpiar el fregadero de resina y cómo cargar una pistola de silicona. Ahora, es ella quien me sugiere que, simplemente, haga una foto y lo pregunte en internet.

Alguien que piense mis pensamientos por mí

La IA será la tumba de nuestra transmisión oral. Llegará un momento en que ya no nos pediremos nada, que ya no nos descubriremos nada. Ya no nos necesitaremos. Sin embargo, lo podremos pedir todo a alguna nube artificial de pensamiento, mucho más válida que un humano, incluso si este humano es tu padre o tu madre.

Puede que mi hijo o mi hija ya no necesite pedirme nada, porque esta pantalla es omnipresente y omnipotente: lo puede todo y siempre está ahí, no descansa ni desaparece ocho horas para trabajar. Si acaso, les dirá: “Has llegado al límite de archivos; hazte una cuenta prémium”. Conmigo –eso seguro– mis hijos no podrán tener una cuenta prémium. Yo también me tendré que dosificar, no podré volcarles todo mi contenido. Ya ni siquiera podré ser eso, un recipiente para mis criaturas.

O tal vez sí. Tal vez, para ganar tiempo –para pensar menos y acabar antes– pagaré yo la suscripción prémium: un abono a alguna inteligencia que razone por mí mis pensamientos. Ya no tendré que encontrar, aprender y aplicar la manera de hacer las cosas. Simplemente, me esforzaré en formular un buen prompt. Prescindiré, uno por uno, de todos los conocimientos que adquirí y que un día necesité, hasta volver a tener seis o siete años. Y, si algún día olvido quién soy, le pediré a ChatGPT que me lo recuerde.

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