Sentirse Cordelia o matar al padre después de muerta

La dirección, de Jiménez y Úrsula Martínez, hace que todo fluya con la más imprescindible característica del buen teatro, la naturalidad

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08/11/2026 - 16:40 h

PalmaMezclando en una coctelera a Shakespeare, Lecoq, Mayorga, Brook y una situación personal, remover con intensidad y cuidado, aparece Casting Lear, de Andrea Jiménez, Premio Max al mejor espectáculo y a la mejor adaptación. No es una pieza nada convencional y por eso la autora, directora e intérprete se cura en salud en la primera frase: “Como dijo Peter Brook, para que haya teatro tan solo hace falta un actor caminando sobre un escenario y un espectador que lo mire”. Casting Lear es original hasta decir basta y por diferentes razones. La primera, por ejemplo, es que en cada función, y esta era la que hacía ciento cuarenta y una, comparte escenario con un actor diferente, que no tiene ni idea de lo que tiene que hacer, de modo que va siguiendo las instrucciones y diciendo el texto que le va dictando, desde sobre el escenario, a la vista de todo el mundo, Pablo Gallego, el apuntador. Por otra parte, tampoco se trata de una adaptación al uso del Rey Lear, pero no por eso Shakespeare deja de estar presente y en ningún momento pierde por el camino ni uno de sus ingredientes, nada que no sea fundamental en la historia del rey rechazador y rechazado, que se va entrecruzando y fusionando con la experiencia de la protagonista, sea verdad o no lo sea, que cada cual piense lo que quiera, aunque quien más quien menos pensará lo mismo, porque, en cualquier caso, es no solo probable sino constante y universal, ya que todo el mundo conoce a alguien con una circunstancia muy parecida, si no calcada. También hay un análisis de la obra, del personaje y del punto de vista de quien la escribió desde el de la protagonista y del personaje femenino, Cordelia, como también un grito de denuncia contra los progenitores/dictadores que quieren dirigir la vida de sus hijos, además de una carta de amor al teatro. A todo esto, podemos añadir toda una sobreabundancia de material para debatir que le da peso y consistencia a la historia, que como todas, siempre se repite.

Andrea Jiménez se interpreta a sí misma, pero ni siquiera eso es fácil ni sencillo, como tampoco lo es la del actor invitado, o quizás invitado no sea exactamente eso. Para la ocasión, el reto recayó en Carles Molinet, quien, por primera y última vez, dramatizó todas y cada una de las indicaciones auriculares con una eficacia impresionante, que no es noticia, como si fuera un papel que hubiera estado ensayando semanas y que, naturalmente, hizo que la función alcanzase un vuelo astronómico. Un escenario con tan solo una sencilla tarima, Brook en estado puro, y dos actores y un apuntador, de los cuales brota una complicidad mayúscula. La dirección, de Jiménez y Úrsula Martínez, hace que todo fluya con la más imprescindible característica del buen teatro, la naturalidad. El público en pie, despidió a los protagonistas de esta teatral, original y dramática manera de matar al padre, aunque después de muerto.   

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